Sunday, July 3, 2011

Con cara de Charlene


En casa de It´s Good to Be siempre lo han dicho: más pavoso que un Kennedy es un Grimaldi. El matrimonio de Charlene Wittstock, la ex nadadora sudafricana con el príncipe Alberto II de Mónaco este sábado pasado contribuyó a mantener viva la llama de la loquera monegasca. Aunque no tan célebre como la boda de Kate –Moss, Middleton ya pasó al archivo de la memoria- la boda prometía. Ver imágenes de la despampanante Carlota Casiraghi siempre vale la pena.

Lo que vimos en televisión fue una tragedia. Una ola de rumores no confirmados sobre un posible tercer hijo de Alberto, amén de otros chismez que habrían asegurado de que la ahora princesa se hubiese fugado del Principado días antes del connubio no ayudaron. La pantalla dividida en dos para mostrar los rostros de los novios fue la confirmación que estos dos o no comparten cama o tienen una peculiar visión sobre el amor.

La cara de Charlene durante toda la ceremonia fue lo que nos marcó. Cierto, hay algo de nervios en casarse frente a millones de personas. Pero evocar a la reina Catalina de Aragón cuando se enteró de que Ana Bolena andaba rizándole la pluma a su marido ya no pega en este siglo. O te quieres casar o no te casas. Charlene estaba al borde del llanto hasta que no pudo contener más cuando fue a depositar su ramo en la iglesia de la Santa Devota. Poco ayudó Alberto para calmarla. Ni siquiera un abracito, nada. Solamente un secreto en donde probablemente le dijo: «No seas niche. Las princesas no lloran en cámara».

Charlene (futuras madres de Venezuela: Charlin no es un nombre digno) no la tenía fácil. Acabar con los 53 años de soltería de un calvo a quien se le ha dicho desde homosexual hasta mujeriego no es precisamente una unión hecha en el Cielo. Pero sea por amor o sea por contrato, hay que alegrarse manquesea un poquito. ¡Andrea Boccelli cantó en tu matrimonio, por Dios! No pega la cara de Amish cuando te mandan a brindar con champaña de 900 Euros o te montan en un Lexus que le dice "pendejo" a las carrozas británicas. Cierto, el dinero no compra la felicidad. Pero una sonrisita por tu futuro sí.

Yo me anoto al replay de la boda. Llamamos a todos los invitados, incluyendo a un muy sudado Giorgio Armani, a que se reúnan de nuevo para hacer la segunda toma del sarao. Por lo menos para el recuerdo. Por lo menos para creernos el cuentico de la felicidad. Pues lo que quedó de la boda en Mónaco es que toda cara de tragedia que se ponga ante una noticia fatal, una cola en el banco o en una elección política será disipada con «Quita esa cara de Charlene».-

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