Sunday, July 10, 2011

No eres tú, es tu urbanización


Hace tiempo pedí en Twitter que me dijeran las peores excusas para terminar. En su honor, este artículo que salió en UB en mayo.

Hace tres semanas que conozco a Verónica. Es periodista, flaquita, baila como las diosas, toma a la par que yo y lo mejor de todo es que se lleva bien con mis panas. Desde que nos presentaron en una fiesta, la química entre nosotros fue instantánea y cada vez que estamos juntos, le pongo más soda a mi vida. El único problema es que Verónica vive lejos de mi casa. Mentira, eso es subestimar la distancia. ¿Saben dónde queda Mordor en El Señor de los Anillos? Ok, crucen a la izquierda.

Buscar a Vero para salir a rumbear significa montarme por dos autopistas, cruzar tres túneles y pasar urbanizaciones completas donde las casas no tienen ni rejas. Ya va, que falta. Luego, tengo que subir dos colinas, toparme con un Bambi descarriado, prender las luces altas de mi carro, pasar por una especie de campo guerrillero y ahí, en la última de las casas –por supuesto- vive Verónica.

Ella sale regia por la puerta y se monta en mi carro. Ignorante de que mi pie derecho está completamente dormido de tanto pisar el acelerador. Las primeras semanas me quejaba en tono de burla y ella me hacía cariñitos en el pelo diciéndome «¿Viste, que no es tan lejos?». Pero a medida que pasa el tiempo ya se me ha ido escapando alguno que otro comentario pesado. Sobre todo cuando llego y no está lista. El hashtag en mi Twitter mental cuando eso pasa es #sumadre.

Con ella a bordo, repito todo el proceso de regreso hacia mi casa. Yo vivo a un escupitajo de todos los bares que valen la pena en esta ciudad. Los de moda, los de antaño, los de mala muerte y los que están abiertos así haya golpe de estado. Con mis palenques encima llego a mi casa por osmosis. Ahora, con Vero es otra historia. Estoy de alcoholímetro, de estampitas y de sleeping bag en la maleta del carro por si no me deja dormir en su casa. No quedarme dormido al manejar de vuelta a mi casa es un calvario. En la madrugada, la radio es tan patética que lo único que ponen es ¿Por qué se fue y por qué murió? ¿Por qué el Señor me la quitó? ¡Guillo!

Con el dolor de mi alma, he decidido que tengo que terminar con Verónica. Aunque siento que ella es la mujer para mí, no estamos en un momento en que podamos cambiar las cosas. No tengo tanto tiempo saliendo con ella para pedirle que se arrejunte conmigo, por ejemplo. Ponerle un chófer es efímero. Primero, porque ya me veo yendo al matrimonio de Verónica con el chófer. Segundo, porque eso es el equivalente a darle real para un por puesto. ¿Cómo hago para que me entienda que entre ella y yo lo que hay es tráfico?

He pensado en decirle la verdad. Pero hacerlo me va a costar meses de sexo. Es cuestión de tiempo para que se riegue por todas las peluquerías de la ciudad de que yo fui el hombre que le dijo a una mujer en su cara: «No eres tú, es tu urbanización». Prefiero decirle que me fui a Yemen con Chandler Bing. Eso de «te adoro pero la distancia puede más que nosotros» sólo le ha funcionado a Jean Carlos Simancas en la novela de las nueve. En 1985.

¿Por qué somos tan malos a la hora de terminar una relación? Entiendo a los que recurren necesariamente a la mentira cuando la tipa es burda de fea. «Es que mírate» es la manera más fácil de mandar a una mujer por la borda. Pero parece que no hay una fórmula correcta para salir liso de este paquetón sin que nadie salga herido. Las mujeres prefieren una mentira bien fabricada antes de tener que oír el muy verdadero «no eres tú, soy yo». Ni siquiera sus variaciones. Pancho mi pana, acorralado por terminar, le salió a su jeva con un «No eres tú, es el tsunami». Ninguna mujer se le ha acercado desde hace dos meses.

He pensado huirle a Verónica por la izquierda y hacerme el loco. No llamarla más. Si me la encuentro por la vida y me dice algo, puedo jugar a ser el abogado del Diablo y responderle: «Disculpa pero no recuerdo haberte pedido el empate». Pero eso es de adolescente con frenillos. Si voy a quedar como hombre prefiero volverla loca diciéndole «No eres tú, es mi ex».

Todas las demás excusas que me he jugado en la vida no me sirven en estos momentos. No conozco formalmente a mi suegra así que tampoco puedo decirle «No soporto a tu mamá». No quiero tener a Verónica como amiga; no me siento confundido sino que me siento autobusero; no necesito enfocarme en mi carrera y no creo que se merezca algo mejor que yo. Ninguna de estas tácticas me ha servido en mis relaciones anteriores pero las he dicho en un momento u otro para salir del paso. Suficientes «tenemos que hablar» me he pegado yo como para no tener mis armas de defensa.

No necesito un tiempo, necesito una Verónica que viva más cerca. Así tenga que decirle a la Vero «de repente en cinco años veremos». Esa tampoco sirve pero por lo menos crea expectativa. Lo cierto es que si termino con ella, estoy decidido a no tener que perder mujeres en el futuro por cuestiones de distancia. Luego de las presentaciones iré directamente al grano con un «¿dónde vives?». La que me responda que vive en una urbanización aledaña a la mía será mi nueva Verónica. Por lo menos esta vez los potenciales problemas serán de ella y no de su urbanización.-

4 comments:

Anonymous said...

yo vivo en los palos grandes!

Anonymous said...

Upaaaa, sin mucho esfuerzo llego la 1ra!

Anonymous said...

jajaja pana esto es totalmente cierto! yo lo primero que hago es averiguar donde vive, mi caso es al contrario, yo vivo del otro lado del rio, y si me dice que vive de ese otro lado de la ciudad ya me voy decepcionando, pero tienen un rango aceptable ir del otro ladio del rio, por ejemplo, entre la castellana y los sta eduvigis esta bien, mas alla de los chorros ya incomoda, y si es por el marques o la urbina me da alergia. ni hablar de plaza venezuela pal otro lado eso ya es sospechoso, y si me dicen san antonio, me doy la media vuelta y me voy! jajajaja

Morgana Le Fay said...

Querido Toto.

Yo hubiera calificado para ser tu Verónica. Vivo en Lomas de San Román. But... necesitaría unos cuantos años menos!

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