Sunday, September 4, 2011

Terror en el Centro de Caracas


Extensión del artículo en Revista Climax (septiembre)
Foto: Irene Pizzolante

Es mi turno de contar la anécdota. Antes de mí, las Mary Shelley y los Lord Byron han divertido a los comensales de la Villa Diodati con pícaras experiencias sobre las historias fantasmagóricas del Siglo XXI, es decir, sobre los asaltos. Es lo que se hace en las sobremesas de la capital. Si uno no tiene un cuento sensacional sobre un asalto, es mejor quedarse en casa.

La expectativa hacia mis cuentos es monumental. Desprovisto en el pasado de un reloj, tres celulares, un secuestro y una intoxicación de burundanga de la cual desperté desnudo en un hotel en Plaza Venezuela, mis desgracias frente al hampa son suficientes como para decretar que soy una persona pavosísima. ¿Cuál cuento, pienso, puede ser el mejor para dejar a este grupo pasmado de miedo? Decido que ha llegado la hora de contarles sobre mi mañana de paseo por el centro de Caracas.

He sentido aprehensión por visitar espacios públicos de la capital por años. Me ha costado acercarme con las imágenes en noticieros sobre mareas rojas, esquinas calientes, marchas y decretos de territorios revolucionarios. Amén de la opinión general sobre el mal estado de las calles, proliferación de buhoneros y, como siempre, atracos en cada esquina. Como consecuencia, he creado un gueto mental y geográfico que no he cruzado hasta que por cuestiones de cercanía a la puerta de un Metro un lunes a las diez de la mañana me digo a mi mismo: «móntate y vete para Capitolio a ver qué pasa».

Salgo en la Esquina de La Bolsa y miro a mi alrededor. En frente mío, donde solía haber marañas de buhoneros vendiendo miriñaques se erige como siempre la Asamblea Nacional, diagonal a ella el Palacio de las Academias. Ambos edificios pintados de blanco impoluto, divididos por la Ceiba de San Francisco. En las aceras recién lavadas con manguera hay una calcomanía en forma de flecha que indica «Ruta Nocturna» y desde los árboles ondean telas del tricolor. El Bicentenario y el 444 aniversario de Caracas se ha celebrado no menos de dos meses atrás. Alguien limpió Caracas.

Camino hacia la Plaza Caracas, donde se erige la estatua de Simón Bolívar en todo su esplendor. Noto con curiosidad la pulcritud de la misma. Como si las palomas entendiesen quien es y porque sienta sobre un caballo en la mitad de esta plaza. Dos barrenderos cumplen la faena de barrer la plaza, mientras otros observan con curiosidad un acto indígena que se lleva a cabo dentro de un toldo. En las escaleras frente a la Catedral de Caracas, un guardia de verde oliva les explica a dos señoritas las diferencias del uniforme militar, mientras que tres turistas alemanes con cámaras en el pecho tratan de darle sentido a un mapa.

Al lado de la Catedral encuentro un centro de información y difusión. Sus paredes son de vidrio lo cual me permite ver hacia dentro. Fotografías enormes cuelgan de sus paredes, mostrando los espacios rescatados, la Plaza Ibarra, la Venezuela, el Teatro Nacional, el Correo de Carmelitas entre otros. Escrito debajo de las fotos dice: «Pa’lante Comandante». Me río. Es mi primer contacto con la Revolución. Decido entrar para preguntar.

Ahí me espera Tibisay. Una señora que lee un libro sobre las memorias de la Negra Matea. Según ella, Matea dice que la mamá de Bolívar dio a luz en la parte alta de la Casa Natal por lo cual está segura que ha tenido que existir otro piso. Le pregunto a Tibisay si tiene un mapa para caminar mejor por la zona. «Ay papá, no quedan. Es que tú sabes cómo es la gente, se los llevan de a veinte».

Tibisay me sugiere la ruta “como si la hiciera yo con usted” lo cual le agradezco. Antes de salir, le sugiero que ponga el mapa de las zonas rescatadas en Internet a lo cual me dice que se lo va a comentar al Alcalde Rodríguez quien siempre pasa por ahí. En mi mente trato al Alcalde Rodríguez como alguien que siempre pasa por ahí y echa cuentos con Tibisay. En frente del centro de información comienza mi primera parada. Es la Casa del Vínculo donde murió la primera esposa de Bolívar. Dos guardias me entregan un panfleto y me indican que los pisos fueron excavados y se consiguió un centavo del año 1862. Está expuesto ahí como si del busto de Nefertiti se tratase pero no se le puede pedir peras al olmo a una ciudad que no se encargó de guardar más historia.

A su lado, está el Café Venezuela. Tibisay me ha dicho que me tome un negrito en el segundo piso para que pueda ver la plaza en todo su esplendor. Lo único que lamento es que el balcón esté cerrado con candado para poder asomarme. Bajo de nuevo y hago una cola de quince personas para tomarme un chocolate caliente. Hace un calor somalí pero el señor que arregla relojes frente a la Iglesia de San Francisco, me dice que eso es la gloria. Lo es. Me gusta esta calle. La gente se sienta en mesitas de café como si fuese Lucerna. Incluso tiene una librería, la Librería del Sur a su lado. El Che y el 11 de abril se llevan la mayoría de los títulos pero recojo una copia de Blanco Nocturno de Ricardo Piglia, ganador del Premio Rómulo Gallegos. En Los Palos Grandes su libro se vende en 200 Bs.F. Aquí, unos meros 10.

La calle termina con la primera de las veinte tiendas de piñatería con las cuales me encuentro. Si las sifrinas supieran, los combos de cotillón se venden a Bs. 116, las pelucas y sombreros por menos de la mitad. La gente entra y sale de estos locales como si fuera Carnavales. El centro aparentemente siempre está de fiesta. Termino mi día en la Casa Natal del Libertador la cual no visitaba desde niño. Me coleo entre dos grupos de campamento quienes escuchan atentamente a los guías contar donde dormía la madre de Bolívar y regañar a un gordito por tocar un mueble de caoba. No me resisto, lo toco yo también.

Salgo y siento el Sol nuevamente a mis espaldas mientras camino en dirección hacia la estación de Metro de La Hoyada. Me siento en el vagón hasta llegar a Chacaíto donde vuelvo nuevamente a la frontera del límite del gueto mental y geográfico que me he creado. La gente aquí es distinta. Yo soy distinto. Aprieto el bolsillo trasero de mi celular con fuerza. He vuelto.

Mary Shelley y Lord Byron interrumpen mi cuento. «Pero eso no tiene nada de miedo» me dicen, y yo les contesto: «¡exacto!».

5 comments:

Toto said...

Antes de que comente la Queen Zubi, sí efectivamente fue conmigo pero explicar su participación hacía más larga la trama. Solamente digamos que fue la mejor compañera quien ese día se puso unos zapatos de tennis con lentejuelas "porque hoy es el cumpleaños del Tio Simón y hay que manifestar nuestro júbilo". El libro de la historia fue comprado para su mamá.

Ira Vergani said...

Las sifrinas te conocemos las piñaterías y una de ellas "Comercial Toro" (valga la cuña gratis!) está hecha para nosotras!

H. said...

Me gustó mucho este post... Yo trabajo en el centro de Caracas y disfruto recorrerlo cuando puedo. Lamentablemente hay muchas personas que temen visitarlo o tienen una visión errada de su estado y siguen repitiendo lo mismo "hay buhoneros" "la basura abunda" "no se puede caminar" "nos van a robar", en fin... la única manera de acabar con ese mito es visitándolo y compartiendo la experiencia, nuestro casco histórico es muy lindo y vale la pena hacerle propaganda...

Anonymous said...

Toto,
Me gusto mucho este post- me da un recorrido visual de flashbacks que tenia almacenadas en mi memoria, tatuados pero cuasi-olvidados.
Greetings from a small island in Europe ;)

Anonymous said...

toto; como asi q la primera esposa de Bolivar???? solo tuvo una¡¡¡ por lo menos eso me enseñaron¡¡¡

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