“Siempre he dependido en la amabilidad de los extraños”. Esta poderosa frase la dice la loca de Blanche DuBois en Un Tranvía Llamado Deseo antes de ser llevada a un sanatorio. Nunca pensé que escribiría esto pero de todas las frases del mundo, es la que mejor pega para describir la demencia de mi familia. En mi casa, aparentemente, estamos tan agradecidos con la amabilidad de los extraños que le abrimos la puerta. Incluso, los invitamos a tomarse un trago en el bar...
Sábado, 3:45 de la mañana. Sueño plácidamente que estoy en una fiesta sensacional donde está todo el mundo que conozco. Y cuando digo todo el mundo es que se encuentra hasta Waldo. El único problema es que estoy un poco molesto porque no me gusta la música que pone el DJ. Hace un remix del sonido de mi celular el cual odio porque me recuerda a mi despertador. Pero el DJ continúa hasta hacerme entender que la letra de la música dice: “Despierta idiota que te está sonando el celular en la vida real”.
Me estrujo los ojos y veo que es mi hermano. “Toto, estoy perfecto pero me coleé en la autopista Prados del Este. Tengo los cuatro cauchos espichados. ¿Qué hago?”. Joder. Quiero que me devuelvan mi sueño DJ Alarma es mejor que Hermano Accidentado any time.
Le digo a mi hermano que tiene que llamar a tránsito para que lo auxilien mientras yo le busco el número de una grúa. Al trancar me pongo a pensar que no existe un manual de “Choqué ¿y ahora qué?”. En serio, nos beneficiaríamos tanto con una carpetica donde uno pueda acudir para que le den el paso a paso de lo que tiene que hacer.
Vuelvo a hablar con mi hermano quien me responde que el número de emergencias le dice que debe llamar a una grúa privada porque no tienen dispositivos. Excelente. Consigo tres números en Twitter y se los mando. Busco mi cartera para ir reuniendo dinero para pagar la grúa. Otra cosa ilógica a estas horas de la mañana. Vuelvo a llamar a mi hermano para ver como va la situación. En el fondo hay unas voces, y él me dice: “Ya estoy yendo para la casa. Estoy con unos ángeles”. Lo que me temía desde un principio, lo asaltaron en plena calle y le metieron una pepa feliz.
Bajo en pijama a la cocina para esperarlo, rezando que Los Ángeles sea el nombre de la grúa el cual, seamos francos, pega perfecto. Veinte minutos y un cigarro después, oigo que suena la reja abriéndose. Agarro mi cartera para salir a negociar con el gruero. Pero la puerta se abre antes de tiempo. Allí lo que comienza a entrar es gente y gente. ¡Maldita sea me volvieron a asaltar como un idiota! Y lo peor de todo, con una camisa de Bugs Bunny puesta.
Muerto del miedo y sin que me vean, decido esconderme detrás de una cortina. A los tres nanosegundos me doy cuenta de lo bolsa que soy. En ninguna película o circunstancia de vida el esconderse detrás de una cortina ha servido para algo. Lo que sé es que me van a encañonar en cualquier momento y que “Murió detrás de una cortina” sea el titular a la mañana siguiente es patético.
Cuatro hombres, una mujer y mi hermano llegan hacia mí. Aquí fue. Me rodean y antes de que pueda abrir la boca para decir algo, uno de ellos dice “Hooola compadre” en tono dicharachero mientras que mi hermano, mi maduro, inteligente, sabio y consciente hermano dice con una sonrisa de oreja a oreja: “estos son mis ángeles que me rescataron. Se vienen a tomar un whisky conmigo.”
Mientras se abren las puertas de la terraza, prenden las luces y comienzan a sonar los hielos yo sigo en donde me quedé, estupefacto. Ya va, ya va ¿cómo es la vaina? Salgo hacia el bar y veo a las personas sentándose como lo hace cualquiera de mis amigos. Mi hermano comienza a repartir tragos, prende un cigarro y continúa una conversación que viene desde la autopista donde se coleó: “entonces, Roberto cuéntame, ¿tú eres cajero en cual auto mercado?”
Al acercarme a ellos, esperando por una pistola, cuchillo o golpe, comienzan a darme la mano y presentarse. Cada uno es más disímil que el otro, desde uno sin dos dientes, otro con el nombre “Nahomí” tatuado en el brazo, y otro con una camisa de taller mecánico. Pero no es hasta que la mujer, gordita, morena, con el pelo rizado corto me dice: “Mi nombre es Diana. Como Lady Di pero antes de la quemazón” que comienzo a ver que no hay gotas que derramen el vaso en este cuento. Mi hermano se volvió loco y tumbó él solito el bebedero.
Viven, me cuentan, en el barrio Santa Cruz. Estaban de rumba cuando decidieron salir a dar una vuelta. Allí en la autopista se encontraron con mi hermano. Uno de ellos, mecánico, le tocó la ventana para decirle que tenía que mover el carro rápido porque se lo iban a llevar por delante o lo iban a asaltar. Comprobando que no había ningún caucho espichado sino que había perdido el parachoques y dañado la correa, se ofrecieron para acompañar a mi hermano hasta la casa. Sin pago alguno más que la bondad porque, como me cuentan “hay que probar que existe gente amable en esta vida porque el día de mañana su hermano nos ayudaría en la misma situación”. Sí como nie. Yo pregunto "¿y Tránsito?" Uno de ellos responde: "ah sí ellos vinieron pero dijeron que si el carro no arrancaba iban a multar a tu hermano. Y mira ¡arrancó!"
Mientras campanean los vasos, todos hablan menos yo. En mi cabeza ando mentándole madre a mi hermano por idiota comeflor quien no para de dar las gracias y rezando porque mis papás, quienes duermen plácidamente arriba en su cuarto, no se les ocurra despertarse. ¿Cómo se le explica a alguien que entra a esta escena por carambola que la frase “Heyyyy!!!! ¡Choqué y estos son mis panas del barrio que me salvaron! ¿Quieres ron?" se dice con toda honestidad”? Es inexplicable.
Cada vez que uno de ellos mete la mano en su koala pienso que van a sacar la pistola. Cada vez que le enseño a alguien la puerta del baño, pienso que de allá dentro van a salir con un bate. Pero nada de eso pasa. La conversación gira siempre en torno a la amabilidad y el porqué fue necesario ayudar a mi hermano. Luego el cajero me dice que lo tengo que llamar cuando necesite aceite. A la hora de la conversa y el ron, por fin logro intercambiar ojos con mi hermano y hacerlo darse cuenta de que todo es una belleza pero está loco.
A las siete de la mañana deciden irse. Van a La Guaira a pasar un día en la playa. Nos invitan para que vayamos con ellos cuando queramos. Gracias a Dios la sensatez le ha pegado a mi hermano y se ha dado cuenta de que esto es posiblemente lo más bizarro que ha hecho en su vida. Les da un número de celular equivocado, se despide de abrazos con todos y los ve zarpar con el amanecer. Al cerrar la puerta, colapsa de los nervios.
Le doy una pepa para dormir, lo meto en su cama, cierro la puerta y bajo a la cocina para escribirle una nota a mi mamá contándole lo que pasó. Duro veinte minutos pensando en qué puedo decir. ¿Cómo le explica uno a alguien que cinco extraños vinieron a tomar a su casa porque les provocó salvarle la vida a un hermano? Opto por contar sobre la coleada y que el niño está bien, drogado con un somnífero para que no lo regañen tan temprano. El cuento de los cinco extraños esperará hasta la hora del almuerzo.
Tarde en la noche, cuando ya el cuento pasa de ser una tragedia a un hazmerreir en la sobremesa, me pongo a pensar en la amabilidad de los extraños. Vivimos muertos de miedo, donde la palabra barrio suena a asalto, donde todo el mundo se detiene para ver un choque solamente para decir “bestia que coñazo”. Cinco Batmans criollos decidieron salir a dar una vuelta y les pareció lógico ayudar a un necesitado. Cosa curiosa, la bondad ajena y desinteresada existe. Y a veces viene del lugar menos esperado.-

4 comments:
¡No todos los que vivimos en un barrio somos malandros ni nos llamamos "yuleisy"!
Temerario, por no decir inconsciente el Junips! Pero a Dios gracias se encontró con 5 de de pocas personas amables y bondadosas que uno podría encontrarse por ahí. Suerte que tuvo el Little Turkey.
Espontáneo e imprudente, como las mejores cosas en la vida.
Con todo y eso... nunca más.
Asombroso y esa es la parte triste de la cosa, que sea asombrosa
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