Saturday, January 7, 2012

Relajo en el Crucero (cuando no se hundían)



Viajar con la familia es lo máximo porque te pagan todo consienten. Como consecuencia de ese plan papi paga consentimiento, tienes que estar dispuesto a anotarte en el plan familiar, sin quejas ni arrepentimientos. Esto no es fácil cuando se es parte de una familia cuya idea de viaje es meterse en un mercado en una isla caribeña a comprar queso de bola y después colearse en la playa de un hotel que “ay es que es una maravilla” con todas las bolsas del mercado (que el queso de bola no es lo único) para echarse un chapuzón.

He aprendido con el tiempo a no pararle a eso. Con el tiempo quiero decir tres días metido dentro del viaje. Viajar con mi familia es como estar con los Fockers, con la única adición que meterse conmigo también forma parte de sus grandes placeres. 

Comencemos por el principio. En junio del año pasado comenzamos a discutir posibilidades de viaje para diciembre. Hartos de la peregrinación anual a Margarita con sus apagones y la sempiterna cola en el Sambil, Playa el Agua y Donde Alfredo, decidimos irnos a pasar el año nuevo en un crucero por el Caribe. Teníamos tiempo sin hacerlo. La última vez nos pasamos de pichirres y nos montamos en uno que estoy seguro anda en el fondo del mar con la Sirenita saqueándolo de lo chimbo que era. Luego mi papá vino con otro plan de barco que según él era lo máximo, el cual gracias a Dios nos negamos pues no tuvo un feliz desenlace.

Esta vez nos fuimos por lo seguro, un barquito de la Royal Caribbean donde te sirven el trago del día y te arreglan el paño en el cuarto en forma de mono, elefante u hormiga egocéntrica. Donde eres consentido desde el mismo momento en que te montas en el barco hasta media hora antes de que te bajes cuando te entregan la cuenta y concluyes que te gastaste el CADIVI del 2012, 2013 y posiblemente el 2014 en tragos con paragüitas pegados. Es uno de esos planes en donde cada quien hace lo que le dé la gana, teniendo que ser absolutamente Von Trapp a la hora de la cena pero por lo demás absolutamente independiente dentro del barco.

Por supuesto lo que hicimos fue comer, tomar y fumar como unos cosacos. Eso ya lo sabíamos desde Caracas. Tanto, que desinvitamos a mi hermana quien es vegetariana, dejó de fumar y solo toma ron si los planetas están alineados, porque sabíamos que nos íbamos a portar mal y la señorita Rottenmayer seguro nos castigaba. Aquí cada quien se iba de masajes, o de Bingo (punto importante, nosotros somos medio niches), tomarse fotos nefastas (ver abajo) o de estrecharse en cuanta tumbona encontrara. Pendiente de nada salvo de no estar pendiente.

El problema de la independencia es que uno puede llegar a perderse. El barco es tan grande que a veces sentía que pasaba la mitad del día metido en un ascensor. Por eso agradecía el punto de encuentro. Toda familia tiene un punto de encuentro. Cuando íbamos a Disney y alguien se perdía, siempre sabíamos que debíamos irnos a la fuente de bronce de la Cenicienta para ser rescatados con un “¡Pero tú estás loco chico, pensábamos que te habían secuestrado!” (en Disney sobre todo).

En el crucero, el punto de encuentro se dio de manera espontánea. Mientras otros veían a sus familiares sudando la gota gorda dándole tres vueltas al barco en trote, a los míos bastaba con bajar al casino para encontrarlos en el bar de las traganíqueles con trago, cenicero y chips de jugar. A veces pienso que de darse la oportunidad mi familia corrompería a toda la población Amish en un dos por tres.

En las islas sí era distinto porque íbamos pegados cual familia Brady en una de que nos amábamos. Código según mi hermano para “vamos a sacarle plata a estos yahoos para que nos compren ropa”. El problema con los cruceros es que llega un momento en que no tienes idea de qué día es. La manera en cómo te lo indican es que cambian la alfombra de los ascensores para que diga “lunes”, etc. cada 24 horas. De resto estás perdido. Eso afecta en las islas cuando ya no puedes más. Y como adentro del barco hay comida como si fueras primo de Calígula, sentarse en un restaurante local y que se tarden con la comida es como para que te pongas malcriado.

Eso me pasó en Curazao. Esperando por un almuerzo que no llegaba y ya un poco harto de la conchupancia familiar del día, salí a fumarme un cigarro para acortar la espera. A la tercera bocanada de humo se me acercaron dos muchachas y me dijeron “Toto”. Joder, me secuestraron por no estar pegado a la familia. Ellas muy simpáticamente me explicaron que eran venezolanas y que se habían leído mi libro y me seguían en Twitter. Y yo solamente les decía: “amigas un honor pero estamos en Curazao. Ustedes tienen idea del momento seudo rock star que yo estoy teniendo en este momento, ¿no? ¡Esto no pasa en Curazao!”.

Obviamente el chalequeo familiar cuando lo conté fue de pronostico. Luego de eso, no hubo momento en el cual yo no bajara al casino que no me pararan ellos tipo fans “¡wao tú eres Toto!” lo cual prueba de que hay momentos que son chéveres pero cuando se está en una familia cuyo sentido del humor lo tienen más acrecentado que la inflación, no hay crucero de relajación que valga.-


Estas son las clásicas fotos que te toman en el barco antes de entrar a comer. A todas nos negamos menos a esta porque no podemos entender a quién demonios se le ocurre poner en un crucero el telón de fondo del foyer del Titanic. Un momento demasiado MAKE IT COUNT!

1 comment:

MARIANELLA ANGULO CAPRILES said...

Jajajajajaj!! No he parado de reir!!!Buenisimo!!

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