Thursday, January 12, 2012

Sultán



El tubo de agua cuelga sobre un costado de la boca de la paciente. Si no fuera por el dolor de la aguja de la anestesia que le clavó el Dr. Garmendia hace cinco minutos para trabajar en la caries que le ha venido molestando desde hace tres semanas, ya se hubiera parado. Esperó una hora y media de más para entrar al consultorio y el Dr. Garmendia se ha portado malísimo con ella. Ha contestado su celular más de cinco veces. Una cuaima, seguramente, porque el Dr. Garmendia lo único que hace es decirle que esto es una emergencia, atender, decir “Ajá, ¿tampoco ahí? ¡Qué vaina!”, pasarse la mano por el pelo grisáceo y trancar con un “Ok, llámame”.

Siete cuadras a la izquierda, la Sra. Garmendia tranca el celular y lo lanza a la silla del copiloto. No sabe ni para que llama a su ex esposo, él es un inútil en horario de oficina, pero por lo menos tiene la decencia de seguir atendiéndole en momentos de crisis. Tiene exactamente una hora y treinta y siete minutos para conseguir lo que ha buscado todo el día antes de ir al colegio a recoger a sus hijos, de lo contrario, todo el plan “hagámosle la vida más fácil a los chamos para que no se den cuenta de que su papá ya no vive en la casa a dos semanas de que venga el Niño Jesús” estará perdido.

Consigue el botín por carambola. Un retweet encarecido de @zapatazos, el único que le prestó atención entre la maraña de desesperados buscando donaciones de sangre y Primperan, la lleva a ponerse en contacto con un señor en Los Naranjos que dice tener exactamente lo que ella pide con tanta urgencia. Veintidós minutos después de haber firmado el cheque más costoso de la quincena, monta en su carro una caja de Equipana con una pelusa negra la cual se recuesta muerta de miedo en una de las esquinas. Al prender el carro, la Señora Garmendia llama a su ex marido y le dice: “Listo, conseguí a Sultán”.

Sultán es el sustituto del primer Sultán a quien la Sra. Garmendia ha encontrado ahogado en la piscina de su casa esta mañana. Un Scottish Terrier de apenas seis meses de nacido que vino a casa de los Garmendia hace tres semanas como regalo para ayudar a disminuir los efectos del divorcio en los dos hijos pequeños de la pareja, Matías y Santiago. El pequeño Sultán ha desviado la atención de los niños a las cajas de mudanza regadas por toda la casa y lo han adoptado como un tercer hermano. Sin embargo, un descuido de una puerta abierta esa misma mañana, ha provocado que Sultán se acerque demasiado al borde de la piscina y no viva para jugar con Matías y Santiago esa misma tarde.

Este segundo Sultán tiene la misma piel y tamaño que el otro y aún cuando la Señora Garmendia sabe que sus hijos no son gafos, no tiene las fuerzas para contarles de la triste noticia. Sin tiempo para aclimatar al nuevo Sultán en la casa se enrumba con el can a bordo para hacer la cola del colegio Los Arcos. A medida que sus hijos caminan hacia el carro, mete la mano dentro de la caja donde está el perrito para ponerle el collar azul con la etiqueta dorada que dice Sultán. Mira el resultado y aún cuando sabe que no se parece mucho, se dice a si misma que algo es algo. Por lo menos el perro es negro.

Mientras retira el cartelón que dice “Hermanos Garmendia” de su tablero, sus hijos se montan en el carro. “¡Sultán!” gritan emocionados, incrédulos de que su mamá lo haya traído a bordo. La Señora Garmendia reza para que no lo vean muy de cerca. Quince segundos después, respira profundo. Matías carga el perrito y se lo pone junto a su cachete mientras Santiago le acaricia la cola. Todo de vuelta a la normalidad.

La señora Garmendia deja que sus hijos entren a la casa y los manda directamente con Nancy, la señora de servicio, a la cocina. Los niños abrazan al perro y ven a su madre con ojos de muchas preguntas pero la señora Garmendia les vuelve a repetir la orden de entrar a la cocina. Una vez que están fuera de vista comienza a subir las escaleras de dos en dos. Abre la puerta de su cuarto, esquiva las tres cajas de mudanza regadas en el piso y se lanza entre la colcha estampada. Coge el teléfono y disca el número de celular mientras emite respiraciones cortas. “Atiende, coño, atiende” piensa. Si no hubiera dejado de fumar, este sería el momento para prender un cigarro tan largo como lo fue el trayecto del colegio a La Boyera.

-Aló
-Martín, la cagué.
-¿Cómo que la cagaste?
-No me di cuenta y compré una perra. ¡Sultán es Sultana!

2 comments:

Kingluis said...

Jajaja, que historia tan buena. Típica situación que le podría pasar a mi mama.

Maria Paula said...

Muy Bueno este cuento. Pobres ninitos, de esos cambios no explicados estan hechos los traumas infantiles.

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