Wednesday, May 2, 2012

La Paciencia


Esto es una traducción al español de un texto que leí en inglés y me pareció fenomenal compartirlo. Toda una lección sobre la paciencia, tan necesaria en estos tiempos.

Un taxista, Nueva York, 2:30 a.m.

Llegué a la dirección y toqué la corneta. Luego de esperar unos minutos, la toqué otra vez. Dado a que este sería el último servicio de mi turno, pensé en irme pero en cambio apagué el carro, caminé hacia la puerta y toqué… “Un momento,” me contestó una voz frágil y añeja. Podía oír como algo estaba siendo arrastrado por el piso.

Luego de una larga pausa, la puerta se abrió. Una mujer pequeña de unos noventa años se postró frente a mí. Llevaba un vestido estampado y un sombrero pastillero con un velo sobre él, parecía alguien sacado de una película de los años cuarenta.

A su lado tenía una pequeña maleta de nylon. El apartamento parecía como si nadie hubiera vivido ahí por años. Todos los muebles estaban cubiertos por sabanas.

No había relojes en las paredes, ni adornos o utensilios en los estantes. En la esquina había una caja de cartón repleta con fotos y cristalería.

“¿Me podría llevar la maleta hacia el carro?” dijo ella. Tomé la maleta, la llevé al taxi y me devolví para asistir a la mujer.

Ella me tomó del brazo y caminamos lentamente hacia la curva.

Seguía dándome las gracias por mi amabilidad. “No es nada”, le dije… “Yo trato a mis pasajeros de la misma forma en la que quisiera que trataran a mi madre.”

“Oh, eres tan buen chico,” me dijo. Cuando nos montamos en el taxi me dio una dirección y luego me preguntó, “¿Le importaría manejar por el centro de la ciudad?”

“No es la vía más rápida,” le respondí rápidamente.

“Oh, no me importa”, dijo ella. “No estoy en ningún apuro. Estoy en camino a un hospicio”.

Miré por el espejo retrovisor. Sus ojos estaban brillantes. “No me quedan más familiares,” continuó en una voz suave. “El doctor dice que no tengo mucho tiempo más.” En silencio, apagué el taxímetro.

“¿Por cuál ruta le gustaría que la llevara?”, le pregunté.

Durante las próximas dos horas manejamos por la ciudad. Ella me mostró el edificio donde alguna vez trabajó como ascensorista.

Manejamos por la urbanización donde ella y su esposo habían vivido como recién casados. Hizo que me detuviera en frente de un almacén de muebles el cual había sido un salón de bailes donde ella había bailado de joven.

A veces me pedía que redujera la velocidad frente a un edificio en particular o una esquina y se quedaba mirando hacia la oscuridad, en silencio.

Con el primer rayo de sol apareciendo sobre el horizonte, de pronto me dijo, “Estoy cansada. Vámonos ya.”

Manejamos en silencio hacia la dirección que me había dado. Era un edificio chato, como un hogar pequeño de convalecientes, con un camino de entrada que pasaba por un pórtico.

Al llegar, dos enfermeros salieron hacia el taxi. Eran atentos y amables, observando cada paso que ella tomaba. Estoy seguro que la habían estado esperando.

Abrí la maleta y llevé la pequeña maleta hacia la puerta. La mujer ya estaba sentada en una silla de ruedas.

“¿Cuánto le debo?” me preguntó, mientras metía la mano en su cartera.

“Nada,” le dije.

“Usted debe ganarse el pan,” me contestó.

“Hay otros pasajeros,” le respondí.

Casi sin pensarlo, me agaché y le di un abrazo. Ella se aferró a mí con fuerza.

“Usted le dio a una vieja mujer un momento de alegría,” me dijo. “Gracias.”

Apreté su mano y luego caminé hacia la tenue luz de la mañana… Una puerta se cerró detrás de mí. Era el sonido del cierre de una vida.

No recogí a más pasajeros en ese turno. Manejé sin rumbo, perdido entre mis pensamientos. Casi no pude hablar durante el resto del día. ¿Qué hubiera pasado si a esa mujer le hubiera tocado un conductor malhumorado, o uno que estaba impaciente al final de su jornada? ¿Si yo hubiera rechazado tomar la carrera, o tocado la corneta una sola vez e irme?

En resumidas cuentas, no creo que haya hecho nada más importante en mi vida que esto.

Estamos condicionados a creer que nuestras vidas giran en torno a grandes momentos.

Pero muchas veces los grandes momentos nos agarran de sorpresa, bellamente envueltos en lo que otros podrían considerar un momento trivial.-

4 comments:

Ira Vergani said...

fuck you made me cry...

Kingluis said...

Toto, tambien lo lei hoy.. Muy buena traduccion.. saludos

Anonymous said...

Tuve un momento como este una vez en una tienda en Miami, yo comprando ropa para mi bebé y una señora blanca comprando ropa para sus "foster children" de color, dos bebés de 3 y 5 meses. Por mi curiosidad del mismatch racial cruzamos conversaciones y cuando ella me contó que su trabajo era alojar bebés ajenos en su casa hasta conseguirles hogar ya que sus padres eran incapaces de cuidarlos, me puse a llorar en plena tienda. Me sentí tan insignificante y tan conmovida ante un ser tan generoso! Luego de una larga conversación con la señora donde ella me consolaba, terminé ayudándola a darle tetero a uno de los bebés. Fue un momento que jamás olvidaré. Pocas veces nos detenemos a observar los detalles para abrirnos a instantes como estos donde le hacemos el día a un extraño (creo que ella se debió sentir importante al saber que alguien apreció lo grande de su obra) y nos hacemos a nosotros mismos el favor de recordar que la vida es mucho mas que una diligencia!

Anonymous said...

Muy bonita historia estoy de acuerdo " si pasa el tren y no lo agarras..." siempre mirar a quien se
Le puede ayudar y el mundo otro seria, decía mi abuela
Un abrazo

También te puede interesar:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...