Es inaudito que una
sociedad que responde a la pregunta deportiva en Quien Quiere Ser Millonario pero raspe la de historia se interese
por eventos de nuestro pasado inmediato. Cierto, Diego Rísquez nos ha traído a
Miranda y a Reverón al cine pero nadie aquí se había atrevido a llevar la
gestión del gobierno de Marcos Pérez Jiménez a la gran pantalla. Quizás sea su
legado de obras o de repente es porque muchos lo vivieron, pero lo cierto es
que sesenta años después, todavía podemos catalogar a Pérez Jiménez de alguien
moderno. Por lo menos no es Manuelita Sáenz.
Yo me inclino a pensar que
la asistencia al cine para ver un documental -¿de cuándo acá?- tiene mucho que
ver con ese tufo a régimen militarista cercano a nosotros. Sobresaturados de un
gobierno unipersonal, amparado en la figura de Bolívar y que ha banalizado el
proceso electoral para justificar su permanencia en el poder, nos vemos
obligados a sentarnos para saber cómo terminó otro que estuvo dotado de las
mismas características. Quizás esa entrada al cine sea la confirmación de que
en dictadura no queremos vivir. O de repente es que no había otra función en
cartelera.
Me voy por lo primero. En
una “democracia” que se ha encargado de censurarnos cuarenta años del siglo XX pero
no los otros sesenta, es un fresquito sentarse a ver algo en lo que todos
estamos de acuerdo: Marcos Pérez Jiménez no es santo de devoción de nadie. Los
testimonios de héroes comunes recopilados por Oteyza, en lo que podría ser el
más completo registro fílmico de la Venezuela de los años cincuenta, así lo
confirman.
Mientras Laureano Márquez, narrador del documental, fluctúa la voz entre la alegría de las carrozas de Carnaval y las fechorías de Pedro Estrada, me pongo a pensar en los elementos de una dictadura. ¿Están en Tiempos de Dictadura? Sin duda. Lo que pasa es que los venezolanos de la época pagaron un precio: calidad de vida a cambio de silencio.
Para mí eso es difícil de
comprender en estos tiempos de otros silencios. Los inmigrantes que llegaron
con Pérez Jiménez hace mucho se devolvieron. Las reinas que vestían de Dior
ahora usan Traki y los ingenieros y arquitectos con sueños de autopistas,
puentes y teleféricos, tienen que ver con horror que el único legado de Chávez
es la construcción –inacabada- de un mausoleo.
Nosotros no recibimos calidad de vida a cambio de un silencio. Y ahí está la diferencia con nuestra “democracia”. De nosotros se encargó el hampa que nos dejó callados sobre calles hechas durante Pérez Jiménez y ahora vueltas mierda. Y cuando no, de nuestro silencio se ocuparon las cadenas. Oposición o no al Gobierno.
Por eso me conmueve el final de Tiempos de Dictadura el cual termina de
una manera muy sencilla. Simón Alberto Consalvi, Teodoro Petkoff, Yolanda
Moreno, Isabel Carmona y otros dicen su número de cédula. Luego silencio. Ante
ese mutismo, la gente de este siglo, que no sabemos lo que es un nuevo
teleférico ni lo que ha podido significar la inauguración de una ciudad
universitaria, aplaudimos. Los que nunca pegamos la pregunta de historia en Quien Quiere Ser Millonaria gritamos
consignas de “¡qué viva la democracia!”, “¡bravo la libertad de expresión!” a
una pantalla gris que ya ni imágenes enseña.
Aplaudir es una cosa de
niches. Pero también lo es de gente que no tiene razón alguna para vivir en
silencio. A fin de cuentas, los errores y aciertos del pasado también son
nuestros.-
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