Thursday, November 1, 2012

Aplausos desde el Silencio

Ni las amenazas al Circuito Gran Cine, ni el hackeo a la página Web del Trasnocho Cultural pudieron hacerle frente a un pequeño documental que llevó tres años en hacerse y se convirtió luego de su estreno en el fenómeno cultural más comentado y taquillero de Venezuela. La obra Tiempos de Dictadura, del cineasta Carlos Oteyza, ha llevado a la gente al cine nacional en oleadas, algo que solo se ha visto recientemente con la película Er Conde Jones de Benjamín Rausseo.

Es inaudito que una sociedad que responde a la pregunta deportiva en Quien Quiere Ser Millonario pero raspe la de historia se interese por eventos de nuestro pasado inmediato. Cierto, Diego Rísquez nos ha traído a Miranda y a Reverón al cine pero nadie aquí se había atrevido a llevar la gestión del gobierno de Marcos Pérez Jiménez a la gran pantalla. Quizás sea su legado de obras o de repente es porque muchos lo vivieron, pero lo cierto es que sesenta años después, todavía podemos catalogar a Pérez Jiménez de alguien moderno. Por lo menos no es Manuelita Sáenz.
Yo me inclino a pensar que la asistencia al cine para ver un documental -¿de cuándo acá?- tiene mucho que ver con ese tufo a régimen militarista cercano a nosotros. Sobresaturados de un gobierno unipersonal, amparado en la figura de Bolívar y que ha banalizado el proceso electoral para justificar su permanencia en el poder, nos vemos obligados a sentarnos para saber cómo terminó otro que estuvo dotado de las mismas características. Quizás esa entrada al cine sea la confirmación de que en dictadura no queremos vivir. O de repente es que no había otra función en cartelera.

Me voy por lo primero. En una “democracia” que se ha encargado de censurarnos cuarenta años del siglo XX pero no los otros sesenta, es un fresquito sentarse a ver algo en lo que todos estamos de acuerdo: Marcos Pérez Jiménez no es santo de devoción de nadie. Los testimonios de héroes comunes recopilados por Oteyza, en lo que podría ser el más completo registro fílmico de la Venezuela de los años cincuenta, así lo confirman.

Mientras Laureano Márquez, narrador del documental, fluctúa la voz entre la alegría de las carrozas de Carnaval y las fechorías de Pedro Estrada, me pongo a pensar en los elementos de una dictadura. ¿Están en Tiempos de Dictadura? Sin duda. Lo que pasa es que los venezolanos de la época pagaron un precio: calidad de vida a cambio de silencio.
Para mí eso es difícil de comprender en estos tiempos de otros silencios. Los inmigrantes que llegaron con Pérez Jiménez hace mucho se devolvieron. Las reinas que vestían de Dior ahora usan Traki y los ingenieros y arquitectos con sueños de autopistas, puentes y teleféricos, tienen que ver con horror que el único legado de Chávez es la construcción –inacabada- de un mausoleo.

Nosotros no recibimos calidad de vida a cambio de un silencio. Y ahí está la diferencia con nuestra “democracia”. De nosotros se encargó el hampa que nos dejó callados sobre calles hechas durante Pérez Jiménez y ahora vueltas mierda. Y cuando no, de nuestro silencio se ocuparon las cadenas. Oposición o no al Gobierno.
Por eso me conmueve el final de Tiempos de Dictadura el cual termina de una manera muy sencilla. Simón Alberto Consalvi, Teodoro Petkoff, Yolanda Moreno, Isabel Carmona y otros dicen su número de cédula. Luego silencio. Ante ese mutismo, la gente de este siglo, que no sabemos lo que es un nuevo teleférico ni lo que ha podido significar la inauguración de una ciudad universitaria, aplaudimos. Los que nunca pegamos la pregunta de historia en Quien Quiere Ser Millonaria gritamos consignas de “¡qué viva la democracia!”, “¡bravo la libertad de expresión!” a una pantalla gris que ya ni imágenes enseña.

Aplaudir es una cosa de niches. Pero también lo es de gente que no tiene razón alguna para vivir en silencio. A fin de cuentas, los errores y aciertos del pasado también son nuestros.-

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