Wednesday, May 30, 2012

Mi momento Zoolander


Estoy en el desfile para conmemorar los veinticinco años de carrera de Ángel Sánchez. La mamá de la Chica Bond, artífice de este evento y a quien he ido a apoyar especialmente, se ha fajado con la convocatoria y ahí no cabe ni un alfiler. De lado a lado a la pasarela están las sillas numeradas. A mí me toca el 211 A, junto a It’s Good to Be. La verdad es que es un tremendo puesto. Justo en frente de Sofía Imber… o es Osmel, no sé.

Daniela Kosán sale a la pasarela para hablar sobre la trayectoria de Sánchez y su alianza con Acción Solidaria, una institución sin fines de lucro que trabaja por la lucha en contra del VIH/SIDA. A continuación llama a dos niñas para que la ayuden a rifar unos premios. El primer premio anunciado es un pasaje para Chile. “Seguro me lo gano yo”, pienso. Yo pienso en esas cosas… como el resto de la gente aunque yo crea que no.

“El número ganador es el 211 B”. ¡Gané! Mientras It’s Good to Be voltea el persicopio para buscar quien es el afortunado, le enseño mi tarjeta y le digo que soy yo. La gente alrededor mio comienza a aplaudir a rabiar, "¡eso Toto!" Yo no sé si tengo que montarme en la pasarela para buscar algo o si un saludo tipo jurado de concurso basta. Pero me parece una nota, algo cómico haré en el camino.

Comienzo a bajar las escaleras con aire triunfal. “Toto que sortario eres!” me dice alguien. Yo volteo para dar las gracias cuando veo que It’s Good to Be me hace señas. “Siéntate Toto, por lo que más quieras siéntate”. Yo no entiendo nada y me dice: “Ganó el 211 B, tú eres el 211 A”. #fuckmylife

Es todo un momento Derek Zoolander. La ganadora desfila por la pasarela y recoge su premio mientras que yo hago mi walk of shame hacia mi silla, de donde más nunca me levanto. Todo el mundo me ve con cara de “este tipo si es idiota”. Sofía Imber me mira con cara de desaprobación... o es Osmel no sé. Lo único que hago es rezar por que ninguno de los otros premios rifados me toque. Volteo hacia It’s Good to Be para conseguir apoyo moral. Me ve con cara de #yonoteconozco.

El desfile comienza, el momento de pena ha pasado. Pronto olvido mi desgracia. Pero la gente no olvida. De las 27 conversaciones que tengo, todas comienzan con “¿Toto por qué te paraste?” Mi excusa “es que me estaba reventando por ir al baño” no convence a nadie. Decido asumir mi barranco y ser el calvito de anoche que se paró porque juraba que se había ganado algo. Así es la vida, te regala el estrellato y luego te quita el premio.-

Los 25 años de Ángel Sánchez

La Cala Films muy amablemente me envió el video que se proyectó ayer en el desfile que conmemora los 25 años de carrera de Ángel Sánchez. En mi casa, Ángel ha sido una figura emblemática principalmente porque mi Tía Terrorista –la de mi libro- fue una de sus primeras descubridoras y juntos se lanzaron en esta aventura que lo llevó a él a ser quien es hoy. El video está sensacionalmente bien hecho porque muestra cándidamente todos sus mejores momentos. La mejor parte es la Tía Chita, tía de nuestra Chica Bond, quien dice en el video: “yo antes me vestía de Balmain. Pero Balmain se murió, así que me conseguí a Ángel.” ¡Me encanta la gente así! Enjoy.  




Monday, May 28, 2012

Twittear como los grandes

(y no ser unfollowed en el intento)


Cada mañana cuando me levanto, reviso las menciones que la gente me ha hecho en Twitter. #Yoconfieso que la que más me ha gustado es esta: “¿quién coño es @totoaguerrevere y porque lo retwittean tanto?” A esa persona le respondí en su momento: “Toto es campeón intervecinal de Badminton.” #Yaenserio, creo que la razón del retwitteo es porque yo decidí abrirme un Twitter para decir lo que pienso. Sobre cadenas presidenciales, Quién Quiere Ser Millonario y sobre Gaby Espino. Resulta que más de uno piensa como yo.

Esa es la nota del Twitter. Por fin encontramos una herramienta que nos acerca a gente que han debido ser amigos de nosotros desde chamos. Compartir chistes o pensamientos sobre un evento en televisión que estamos viendo es perfecto. También sirve para odiar a @ricardoarjona. Aparentemente hay que detestar a Arjona para que no te insulten en Twitter.

Hay gente que se muere por tener miles de seguidores. Yo daría todo por tener diez. ¿Saben lo difícil que es caerle a una mujer y no poder twittear que me molesta que me deje esperando en la puerta del edificio cuando la voy a buscar de noche? A mí me sigue @soymalandro. Yo twitteo eso y me espera en la entrada para tumbarme el carro.

No existe una gran fórmula para twittear salvo la de ser uno mismo. Una fórmula #masiaomarico pero es la pura verdad. Es muy poco probable que alguno de nosotros llegue a tener los dos millones de seguidores que tiene @montanertwitter (que por cierto #WTF?) pero yo creo que lo mejor es twittear lo que pensamos y ver cómo nos va. Si todo eso falla, quizás no sea malo considerar las siguientes reglas básicas:

1) Tu biografía será de rock star: Está perfecto que seas graduado universitario, defensor acérrimo de un partido político y amante de tu perro. Tu abuela está orgullosísima de ti. Pero yo no te conozco y además ya tengo un perro. Piensa creativamente a la hora de crearte una biografía. Darth Vader no necesita presentación y mira la suya en la cuenta @darkside: “Community Manager para el Lord Sith pero los tweets son míos. Asmático. Papá de dos Jedis revoltosos. Amo personalizar álbumes de fotos, a Beyoncé y la dominación galáctica.” Follow de una.

2) No pondrás tu pin en tu biografía: Porque ni @canalesdiosa es tan desesperada como darle su pin a todo una nación. Tú eres un twittero serio. Tampoco dirás “sígueme y te sigo”. Si algo hemos aprendido del sexo oral es que esa negociación previa no funciona.

3) Considerarás la foto de tu avatar: Es #masiaotuky tomarse una foto frente al espejo enseñando tus abdominales. Es de #foreveralone la foto de nada-es-más-natural-que-yo-riendo-mientras-no-me-doy-cuenta-de-que-me-toman-una-foto. Y es #WTF la foto estándar del huevo morado de Twitter. Pon una foto como eres tú. Lo que twittees se encarga del resto.

4) Twittearás pensando en otros: Hay gente que twittea “Enrollado en la cama con mi gordita bella viendo tele”. A menos de que tu gorda bella sea Natalia Streignard (o Adele), los demás pensaremos que eres un idiota. Si vas a estar en la cama twittea algo como “los techos no son más que paredes con ambición”. Es de #foreverpelabola pero mira, lo somos todos.

5) No le darás #Follow Friday a @luischataing: Chataing tiene más de un millón de seguidores. La única persona que falta por seguirlo vive debajo de la Piedra del Cocuy. Allá no hay señal.

6) Retwittearás a @urbebikini cuando mencione a @carlaangola: Porque es el deseo de todos los lectores que Carlita se destape y nos haga el favor de salir en la portada. Mientras más nos unamos a la campaña #tedeseamos, más cerca estamos de lograrlo.

7) Cambiarás tu contraseña con regularidad: Si algo aprendimos de @PadronLeonardo es que “mariaca1” y “lamujerperfecta” no son contraseñas. En este mundo cibernético donde el hacker impera, es bueno estar precavido. ¿Nadie tiene como contraseña la palabra: “inhackeable”?

8) No le dirás a nadie que lo vas a dejar de seguir: No hagas un show de eso, deja de seguirlo y ya. A menos de que dejes de seguir a tu novia, pues. Ahí sí como que le tienes que decir.

9) No plagiarás los tweets de otras personas: Copiarse un tweet de otra persona es plagio, copiarse de varias es investigación. #Enserio no plagies (#yoconfieso que me plagié esta última cita).

10) Si estás medio #quienestáborracho como dice @eliahwood, adelante twittea: Te dará una vergüenza máxima a la mañana siguiente pero también te darás cuenta de que eres un tripeo cuando no te preocupas tanto por lo que la gente piensa de ti.

Goza el Twitter, no te lo tomes tan en serio. Así no llegues a ser un “tweet-celebrity” o te retwitteen cada vez que des los buenos días con entusiasmo como @maickelmelamed, lo mejor que vas a conseguir es gente pana para esos días en que odias al mundo en 3D. Por sobre todas las cosas sé tú mismo. Ese es el tipo de gente que vale la pena seguir. Y bueno que si a @cnnenespanol.-

Revista UB - mayo.

Wednesday, May 2, 2012

La Paciencia


Esto es una traducción al español de un texto que leí en inglés y me pareció fenomenal compartirlo. Toda una lección sobre la paciencia, tan necesaria en estos tiempos.

Un taxista, Nueva York, 2:30 a.m.

Llegué a la dirección y toqué la corneta. Luego de esperar unos minutos, la toqué otra vez. Dado a que este sería el último servicio de mi turno, pensé en irme pero en cambio apagué el carro, caminé hacia la puerta y toqué… “Un momento,” me contestó una voz frágil y añeja. Podía oír como algo estaba siendo arrastrado por el piso.

Luego de una larga pausa, la puerta se abrió. Una mujer pequeña de unos noventa años se postró frente a mí. Llevaba un vestido estampado y un sombrero pastillero con un velo sobre él, parecía alguien sacado de una película de los años cuarenta.

A su lado tenía una pequeña maleta de nylon. El apartamento parecía como si nadie hubiera vivido ahí por años. Todos los muebles estaban cubiertos por sabanas.

No había relojes en las paredes, ni adornos o utensilios en los estantes. En la esquina había una caja de cartón repleta con fotos y cristalería.

“¿Me podría llevar la maleta hacia el carro?” dijo ella. Tomé la maleta, la llevé al taxi y me devolví para asistir a la mujer.

Ella me tomó del brazo y caminamos lentamente hacia la curva.

Seguía dándome las gracias por mi amabilidad. “No es nada”, le dije… “Yo trato a mis pasajeros de la misma forma en la que quisiera que trataran a mi madre.”

“Oh, eres tan buen chico,” me dijo. Cuando nos montamos en el taxi me dio una dirección y luego me preguntó, “¿Le importaría manejar por el centro de la ciudad?”

“No es la vía más rápida,” le respondí rápidamente.

“Oh, no me importa”, dijo ella. “No estoy en ningún apuro. Estoy en camino a un hospicio”.

Miré por el espejo retrovisor. Sus ojos estaban brillantes. “No me quedan más familiares,” continuó en una voz suave. “El doctor dice que no tengo mucho tiempo más.” En silencio, apagué el taxímetro.

“¿Por cuál ruta le gustaría que la llevara?”, le pregunté.

Durante las próximas dos horas manejamos por la ciudad. Ella me mostró el edificio donde alguna vez trabajó como ascensorista.

Manejamos por la urbanización donde ella y su esposo habían vivido como recién casados. Hizo que me detuviera en frente de un almacén de muebles el cual había sido un salón de bailes donde ella había bailado de joven.

A veces me pedía que redujera la velocidad frente a un edificio en particular o una esquina y se quedaba mirando hacia la oscuridad, en silencio.

Con el primer rayo de sol apareciendo sobre el horizonte, de pronto me dijo, “Estoy cansada. Vámonos ya.”

Manejamos en silencio hacia la dirección que me había dado. Era un edificio chato, como un hogar pequeño de convalecientes, con un camino de entrada que pasaba por un pórtico.

Al llegar, dos enfermeros salieron hacia el taxi. Eran atentos y amables, observando cada paso que ella tomaba. Estoy seguro que la habían estado esperando.

Abrí la maleta y llevé la pequeña maleta hacia la puerta. La mujer ya estaba sentada en una silla de ruedas.

“¿Cuánto le debo?” me preguntó, mientras metía la mano en su cartera.

“Nada,” le dije.

“Usted debe ganarse el pan,” me contestó.

“Hay otros pasajeros,” le respondí.

Casi sin pensarlo, me agaché y le di un abrazo. Ella se aferró a mí con fuerza.

“Usted le dio a una vieja mujer un momento de alegría,” me dijo. “Gracias.”

Apreté su mano y luego caminé hacia la tenue luz de la mañana… Una puerta se cerró detrás de mí. Era el sonido del cierre de una vida.

No recogí a más pasajeros en ese turno. Manejé sin rumbo, perdido entre mis pensamientos. Casi no pude hablar durante el resto del día. ¿Qué hubiera pasado si a esa mujer le hubiera tocado un conductor malhumorado, o uno que estaba impaciente al final de su jornada? ¿Si yo hubiera rechazado tomar la carrera, o tocado la corneta una sola vez e irme?

En resumidas cuentas, no creo que haya hecho nada más importante en mi vida que esto.

Estamos condicionados a creer que nuestras vidas giran en torno a grandes momentos.

Pero muchas veces los grandes momentos nos agarran de sorpresa, bellamente envueltos en lo que otros podrían considerar un momento trivial.-
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