No sé si sea suicidio social escribir esto pero me he pasado la
tarde borrando amistades en Facebook. No creo que sea una venganza, mucho menos
un juego de “esta no me saludó anoche”. Es simplemente que llegué a un punto en
donde me gusta meterme para ver en que andan mis amigos y resulta que tengo que
lidiar con las fotos, comentarios y ecos de los bebés de 2000 amistades. No es imposible
que yo, o cualquiera, tenga 2000 amigos. Lo improbable es que nos interese la
vida de 2000 personas por igual.
Darle a ese botón
ha implicado someterme -de una manera más retro-vintage-filtro-kelvin claro
está- a lo mismo que me pasa en Facebook: qué bello tu matrimonio, tu
bicicleta, tu bebé, tus manos recién hechas y los huevos benedictinos que te
comiste esta mañana. Pero, amigo una pregunta: ¿dónde coño estás tú en la vida real
que yo jamás te volví a ver?
Se siente bien
desprenderse del pasado debo decir. Y de mi abuela porque no ponía nada y para eso la llamo por teléfono a contarle sobre mi vida. La verdad es que no puedo seguir por la vida arrastrando
gente cuya única cosa en común conmigo es que aprendimos a recortar juntos en Kinder, o que
hicimos un trabajo de Química en cuarto año, nos calamos el mismo tráfico hacia la
Católica o es el papá, el amigo o la novia de
tal y tal y no los puedo eliminar por aquello del “compromiso”. Yo eso no lo
hago en Twitter. Ahí sigo, como todos, a la gente que quiero porque soy de los
que creo que si tú no me enamoras con los primeros cinco tweets de tu TimeLine,
¿entonces para qué seguirte? Y eso me parece justo, porque no hay nada peor que
seguir a alguien por obligación y ver como te llena el TimeLine de retweets
egocéntricos tipo: “¡Eres lo máximo!” No eres lo máximo, amigo retwittero, eres
una ladilla.
Lo que me intriga
del Facebook, en cambio, es que la gente se molesta si no aceptamos su solicitud de querer agregarnos como amigo. Como
si esa fuera la verdadera y única medición de la amistad. A mi alguien me dijo
una vez: “ella te dejó de seguir en Twitter porque tú no la aceptaste en Facebook”.
¡Soberana ridiculez! No la acepté porque no tengo idea de quien es. De hecho,
como yo lo veo: un “rechazar amistad” en la vida real es cuando te dicen “mucho
gusto, encantado” y hasta ahí quedó todo. En cambio un “aceptar amistad” es
cuando encima de eso, terminan hablando los dos en el único lugar donde
verdaderamente se forja la camaradería: al fondo de una barra.
Esto de hacer spring cleaning de amistades virtuales
me parece que es algo que todos debemos hacer. Por un lado da la oportunidad
para conocer más gente y por otro, la posibilidad de reencontrarse con otros a
quien fue un error dejar. A mi me encantaría decirle a alguien a quien estimo:
“epa, me eliminaste del Facebook chamo, ¿qué pasó?” Solo pienso en la
posibilidad de que eso amerita una conversación con whisky en mano y me
emociona. Pues no vale la pena coleccionar amistades virtuales si nunca nos
vamos a ver. O de repente estoy equivocado y de eso se trata la vida: quien
tenga más amigos y más seguidores es el que más feliz es. Pero eso se lo
aceptaré al que me venga con un trago a decirme que así es.-
P.D. Si por
casualidades de la vida te eliminé en Facebook, lees esto y piensas que estoy siendo
injusto porque en verdad tú y yo nos vimos la semana pasada y yo te dije que te
amaba y que nos íbamos a pasar el resto de la vida juntos paseando en un motor
home mientras le tomábamos fotos tipo Polaroid a un velón de José Gregorio
Hernández en todas las plazas de América Latina tipo el gnomo de Amelie, pues
POR SUPUESTO que me tienes que volver a agregar en Facebook. Claramente tú eres
una amistad que yo no puedo perder.-

1 comments:
Mas te vale que yo forme parte de esos 345 ;)
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