Tuesday, January 22, 2013

Soy una Doña Fatalista


Soy extremadamente fatalista. Cuando me meto en un ascensor miro a los extraños y pienso en el fastidio que implicaría el quedarme encerrado con ellos. No le tengo miedo a los aviones pero siempre pienso que me voy a caer; en las barandas del Nivel Acuario del Sambil me provoca suicidarme porque eso da vértigo y podrán ser las seis de la mañana en una calle de un canal y yo todavía veré factible que me lleve un camión de basura por delante. Soy lo que se dice una doña. Eso sí, agarro cucarachas por la antena y las boto en la poceta sin rechistar. Así que por lo menos soy una doña fascista.

No sé el porqué me da por pensar en esas cosas, pues la verdad jamás me he quedado atracado en un ascensor y la última vez que choqué fue contra un cono anaranjado llegando a un restaurante. Pero si creía ser una persona ansiosa, se me quitaron todos mis miedos. Solo bastó hacerme una resonancia magnética cerebral para saber que la claustrofobia en un ascensor o en un avión es de gente que no sabe estar quieta.

La resonancia magnética cerebral es un proceso que he decidido hacerme (por doña nuevamente) cada diez años. Mi papá casi se despacha por una aneurisma en la cabeza ayer hace cuatro años y mi plan es morirme tranquilamente a los 83 años en mi cama viendo una repetición de Anchor Man. Así que si puedo prolongar mi vida estando tranquilo que en mi cabeza solo cunde la herencia de la exageración y el vivapepismo y no el legado de una aneurisma, pues que así sea.

El problema es que hacerse una resonancia es una tortura china. Primero porque todo lo que implique quitarse la ropa y ponerse una bata médica es de por si una tortura. Yo nunca cumplo esa frase que dicen las doñas fatalistas: “mi amor siempre ponte ropa interior decente para que el médico no vaya a pensar mal de ti”. Cada vez que voy al médico y me obligan a desnudarme me encuentro con que la banda elástica de mis calzoncillos está más vencida que una pulserita de Lance Armstrong. Y si saberse mal vestido aun en cueros es una tortura, acostarme en una mesa deslizante para hacerme la resonancia es peor.

Mientras me tapa con una cobija tipo campamento, la enfermera me dice que voy a sentir unos leves ruidos durante el procedimiento y que debo permanecer absolutamente quieto. No he estado quieto desde mi Primera Comunión pero eso la enfermera no lo sabe. Y aunque tengo miles de preguntas ("¿y si me pica la nariz?" siendo la más importante de ellas) la enfermera no me hace caso. Justo cuando le pregunto que cuanto dura el procedimiento, me rueda lo que imagino es un casco tipo Darth Vader por encima de la cara, aprieta un botón que me desliza hacia un sarcófago tubo y me dice: “aproximadamente veinticinco – treinta minutos”. No  hace caso de mis gritos “say whaaaaaaaaa?” mientras soy introducido al sarcófago tubo.

No abro los ojos dentro del sarcófago tubo. Suficiente con ser doña fatalista para sentir que el techo está a diez centímetros de mi cara y ahí sí me va a dar el telele de la claustrofobia. Además, me pongo a pensar que en el techo seguramente hay rayones de otros pacientes tipo: “CAP estuvo aquí” o palitos entrecruzados de otros que contaron los minutos. Yo no abro los ojos ni que me digan que hay un afiche de Halle Berry colgado para entretenerme.

Decido allá adentro con los ojos cerrados que es el perfecto momento para lograr el zen y conversar conmigo mismo. Uno nunca se echa cuentos tipo “¿qué más, qué es de tu vida?” Y casi lo logro pero en ese momento comienzan a sonar los “ruidos leves” de los cuales me ha advertido la enfermera.  Al oir el primero de ellos pienso que ella es una insensible o está sorda porque los ruidos son unos taladros que vienen con señal tipo MEN AT WORK. Eso es una construcción intergaláctica que no me deja pensar sino en torturas tipo Zero Dark Thirty. Sobrevivo la primera ráfaga de ruidos pensando precisamente eso: soy un espía soviético en Guantánamo Bay.

El ruido cesa y ahí siento paz. Pero sé que la paz no es duradera. Es como cuando no hay cadena en Venezuela. Sabes que tienes paz pero en cualquier momento viene otra “esto es una transmisión en cade….” PING! PING! PING! El segundo ruido tortuoso dentro del sarcófago tubo  llega como una guerra de pines de una novia arrecha. Me paso la segunda sesión de rayos magnéticos pensando que la mejor manera de terminarle a una persona y que le duela es mandarla a hacerse una resonancia magnética cerebral.

Cinco minutos después el ruido termina y se oye lo que me parece el ciclo de una lavadora. Bien, he sobrevivido las dos primeras torturas. Me muevo un poquito -más en desafío a la enfermera que a la comodidad- y me pongo a pensar en mis fatalismos. Quedarme encerrado en un ascensor es peanuts al lado de esto. El solo pensar que viene otra serie de ruidos es como esa tortura china donde ponían al enemigo debajo de una gota de agua que caía cada tres segundos. Parece inofensivo pero una hora después el enemigo se volvía loco a sabiendas de que faltaba solo un segundo para que esa gota cayera. Esto es similar. Con la diferencia de que en este país no hay agua así que ese tipo de torturas no sirven porque aquí la gente sacaría la lengua y gritaría "¡llegó er aguaaaa!"

Pasan veintinueve minutos y ya yo he pensado en cómo invadir una estación espacial, en un escapismo estilo Harry Houdini y en un helado de macademia nut brittle porque eso nunca está de más. He hecho listas cronológicas de los Mejores Actores del Oscar desde 1992, de las sedes de las Olimpiadas, de países que han ganado el Mundial y el Miss Universo y de cuantos nombres salen en la canción We Didn’t Start the Fire de Billy Joel. Para el minuto treinta cuando comienzo a deslizarme fuera del sarcófago tubo pienso que yo sería excelente bajo tortura. Pasaba cinco minutos más ahí dentro y prendía un cigarro.

Mañana busco los resultados y aunque ya me chismearon que todo está normal, me encantaría que también saliera una nota al margen tipo: “cortisona del pensamiento inútil inusualmente elevado”, “diez puntos menos por moverse dentro del sarcófago tubo”.  Algo así como una boleta del Fatalismo Imaginario la cual me confirme de que no hay nada de que preocuparse salvo el pensar tipo doña en cosas que espero jamás me lleguen a pasar.-

1 comment:

Gcvalero said...

Para la próxima, agregaremos la nota! Besos

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