Fueron amigos hasta que no tuvieron nada que decirse. Fueron amantes
hasta que ya no les provocó besar. Fueron hermanos hasta que la sangre se hizo
espesa.
Berlín, Berlín que amuralló la verdad.
La vida no
está llena de Bob Sagets que sentaban a Donna Joe en su cama para explicarle el
porqué había estado mal lo que había hecho en ese determinado capitulo. Esto se
puede deber a que nadie la cagó tanto como las tres hermanas del show Full House (Tres por Tres) o que nadie en su sano juicio oiría consejos de un
hombre con peinado de casco de medio lado y un sweater forrado de renos
elaborado en crochet.
La vida está
llena de gente que no tiene tiempo de oírte, de miserables personalidades que interrumpen
cuando les cuentas que te vas a suicidar diciéndote que tienen una llamada en
espera. Gente que te pregunta “¿y que hiciste ayer?” y tú los miras incrédulo
porque no se acuerdan que anoche salieron contigo. Personas a las que no les
importa tu cumpleaños porque se han calado treinta y cinco de ellos; que un
problema romántico tuyo equivale a una rodada de ojos de ellos. Gente que te
dice “inestable”, “no da pie con bola” y que si pudiesen sugerir un single que
definiese tu vida, sería Borderline
de Madonna, porque para ellos, así es tu vida. Y tú los amas y los adoras.
Porque ellos te quieren a ti. Esos, son tus amigos.
Es mentira
que están ahí en todo momento. No lo están. Eso se llama esposa cuaima, pero no
amigo. Los amigos estuvieron y están en los momentos que importan. Estuvieron
en la debacle de campamento infantil al que graciosamente te mandaron tus
papás, el cual no terminó siendo más que un campo de concentración de trabajo
forzado. Estuvieron contigo en la dirección cuando les llamaron la atención por
halarle el velo a la monja. Estuvieron ahí para decirte qué poner en la
planilla de inscripción de la universidad porque tú estabas siendo lo
suficientemente cobarde como para poner exactamente lo que te había dicho tu
papá. Estuvieron de pingüino en la misa de tu matrimonio, de corbata en el
entierro de tu abuela y de cholas en tu excusa de luau para celebrar el bautizo
de tu chamo. Pero cada vez más frecuente son pocas las veces en las que están
todos los días. Porque ellos están viviendo su vida propia.
Aún así, eso
no quiere decir que no están cuando más los necesitas. Tu amistad no se basa en
cuantas veces lo ves de forma tridimensional sino en si son lo suficientemente
inteligentes como para distinguir una llamada triste de una llamada borracha a
las dos de la mañana. La primera amerita encendida de la lámpara de la mesita
de noche. Siempre es sabroso hablar contigo. La segunda, una trancada olímpica.
Hay gente que es padre. El problema es cuando tú dejas de hacer llamadas. Cuando
sientes que la presión del mundo contra ti es tan grande, que ni el más grande
de tus amigos te va a comprender. Cuando sientes que es más fácil llamar a tu
cerebro porque tú todo lo puedes. El problema es cuando tú te construyes tu
propio Muro de Berlín.
Tu problema
no es tan grave como piensas. Compártelo. Tarde en la vida te darás cuenta que
por haber labrado una telaraña de mentiras para promocionar la perfección de tu
vida, tus amigos asumieron que estabas mejor que ellos y cambiaron de número
celular sin que te enteraras. Si algo sabemos es que la voz que alerta:
“Disculpe. El teléfono que Usted marcó, está suspendido” no es la más amistosa
de todas. Para ese momento, ya para ti, será demasiado tarde. Ya tú ahí serás Berlín.-


1 comments:
como si me lo hubieses escrito a mi
gracias
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