Saturday, February 2, 2013

2: Ser detector profesional de mentiras es medio cursi


El segundo día del Concurso 1 Foto Por Día Por 28 días de Roberto Mata, me toca fotografiar un detector de mentiras. Decido que los soldados que fueron anoche a la fiesta disfrazados de intestino largo gozaron una pelota porque los gallos cuando están bien disfrazados siempre gozan.

Pero alguien no gozó.

Llegué a la conclusión de que el tótem que sale en la primera foto no puede ocultar su cara de que la fiesta de disfraces quedó malaza y que yo soy un idiota. Por lo tanto he decidido que mi nueva misión en la vida es fastidiarle la paciencia hasta que seamos amigos. Así soy yo con la gente que le caigo mal, los jodo hasta que me quieren. No lo logro pero un inseguro con necesidad de aceptación hace ese tipo de cosas.

Así que mi primera tarea es llevarme al tótem que me odia en mi aventura para averiguar qué significa detectar una mentira.

Las mentiras… Hay un estudio por ahí que dice que la gente suele decir dos a tres mentiras cada diez minutos. Cosa que me parece lógica. Las recepcionistas por ejemplo son expertas mentirosas. Llegas al consultorio y la recepcionista te dice: “qué bueno verlo”. Mentira. Luego te dicen: “tome asiento que el doctor lo va a atender en unos minutos”. Mentira.  Y diez minutos después te dicen como para ser panas: “ya vas a pasar, tú tranquilo”. Mentira, mentira, mentira.

¿Por qué decimos mentiras? Recuerdo que fui a un psiquiatra al cual le caí a mojones hasta que me di cuenta de que yo estaba pagando para ser aun más loco. Ahí hice lo más cobarde del mundo: no volví más al psiquiatra. Lo que he debido hacer es sentarme a contarle mis verdades para que me recetara una pepa pero no lo hice. Como Pinocho, preferí vivir en un mundo de narices largas.  Y ahora me pregunto si valió la pena ser un disfraz de intestino por tanto tiempo, cuando he podido ir a la fiesta vestido de mí e igual gozarme la vida.

Decido consultar el libro de Pinocho para ver qué decía la Hada Madrina sobre las mentiras.

“Una mentira crece y crece hasta que es tan clara como la nariz en tu cara”.

Mientras pienso que yo tengo la nariz burda de grande pero que ya no digo mentiras, miro los ojos del tótem que agarro con la mano.

“Eso no se lo cree ni tu mamá” –pienso que me dice. En mi cabeza, el tótem es súper irónico.

Una hoja cae por accidente dentro del libro y decido tomar una instantánea del momento. No puedo pensar en nada que fastidie más a un sabiondo detector de mentiras que tomarle una foto cliché con filtros Instagram producidos por la accidentalidad de la naturaleza.
 

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