Monday, March 4, 2013

Rumba en Llamas


Durante los días de diciembre de 2002, los ojos del mundo estuvieron puestos sobre Venezuela por una razón muy distinta a la que egocéntricamente se ha adjudicado el gobierno del Presidente que no aparece.  No era el llamado “sabotaje petrolero” lo que ocupaba los titulares de los periódicos extranjeros sino un incendio en una discoteca llamada “La Guajira” en la Avenida Baralt. 47 personas fallecidas y más de 500 habitantes alrededor del local desalojados para evitar mayores fatalidades fue el saldo que dejó una rumba que terminó prendida en llamas.  
Este caso vuelve a ganar notoriedad al estar incluido dentro de la lista de los peores accidentes fatales por incendios en discotecas a lo largo del continente americano. El de más reciente data, y el más mortífero en más de una década, fue el que ocurrió en enero de este año en la discoteca “Kiss” en la ciudad brasileña de Santa María el cual dejó un balance fatal de 231 personas y 112 heridos.
Según los informes, una banda que se presentaba en la discoteca prendió un artefacto pirotécnico cuyas chispas alcanzaron el anime utilizado como aislante acústico en el techo del local. El pánico se desató y entre el humo muchos corrieron hacia el baño, creyendo que esa era la puerta del local. No vivieron para contar su historia. Luego se descubrió que la puerta de emergencia estaba cerrada con candado y que el local estaba sobre capacitado de asistentes.
Las cifras en Caracas y Santa María están muy lejos de las 492 fatalidades que dejó el incendio del club bostoniano “Coconaut Grove” en 1942 y el cual obligó a la costumbre de implementar un sistema automatizado de riegos y salidas accesibles con luces de emergencias. Pero, al igual que accidentes en sitios de placer –recuérdese el crucero Costa Concordia o cualquier colapso de montaña rusa– siempre se está más cerca del próximo accidente, sin importar la localidad donde éste ocurra.
Como asiduo a locales nocturnos en Caracas, estoy expuesto a la cruda realidad de que muy pocos bares le prestan atención a la capacidad establecida. La norma es más un “entren que caben cien” donde pasas a unirte a una gran masa humana la cual decide entre empujones donde te vas a ubicar dentro del recinto. Rara vez se entra a un local pensando: “Ok, ahí está la puerta de emergencia.” Somos rumberos, no un micro radial de Martha Rodríguez Miranda.
Pero si el sentido común no mezcla del todo con el alcohol y el hedonismo de la última canción de Pitbull, la máxima responsabilidad debe caer en la gerencia de la discoteca de asegurar que un conjunto de normas sean acatadas todas las noches. Sobre todo en una Caracas desatada por la violencia donde un cartelón de no fumar es respetado hasta por el hombre Marlboro pero el de prohibición de armas se lo pasan los bandidos por el forro. Prueba de ello, el saldo de dos personas fallecidas en “BarraBar” de Mata de Coco a culpa de un tiroteo y otras dos más con ocho heridos en “Nikki Beach” de Las Mercedes a finales del año pasado.
El caso de la discoteca en Brasil es suficientemente dantesco como para que las lecciones aprendidas tras el accidente no sean aplicadas en otras latitudes. Un conteo de personas justas, así se queden mil afuera; revisión de luces de señalización y extintores; prohibición de pirotecnia y el aseguramiento de que todas las puertas de emergencia del recinto no solamente estén visibles sino que estén en la capacidad de abrirse, son necesarias para una noche de juerga sin más lamentos que el ratón a la mañana siguiente.
Nadie festeja con paranoicos, eso es cierto. Pero de vez en cuando a la Fatalidad le encanta salir a prender la rumba por ahí y es mejor dejarla afuera porque el local ya está full.-
Revista Clímax - marzo 2013.

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