Wednesday, May 22, 2013

Los Años Después: Mi Historia


Esta mañana me dediqué a leer Los Años Después (2013) de mi amigo Jonathan Reverón. Es un libro corto de seis historias cuyo único punto en común es que tienen a la tragedia del deslave que ocurrió en el Estado Vargas en 1999. “Todos ellos vivieron el deslave –dice la contraportada- pero algo más importante ocurrió mientras la vida pasaba en la tormenta”.
Una infidelidad escondida por más de 50 años sale a flote; alguien recuerda su primera experiencia con la muerte; una quinceañera lee su primer libro acampando sola en un malecón; una anciana regresa a la vida; un extranjero vuelve a la tierra de su padre; y un marido y su hija entierran la memoria de una madre cuyo cuerpo nadie sabe dónde quedó, son las historias que utilizan el trasfondo de Vargas para contar su historia.
Durante todo el libro en lo único que pensé fue ¿en dónde estaba yo cuando Vargas? Esa es una pregunta a la que todos los que estábamos vivos durante esos días de diciembre tenemos una respuesta, y en consecuencia, una historia. Eso es lo bonito de este libro. Te lleva a una fecha ciertamente desgraciada –más de 30,000 muertos y cerca de 200,000 damnificados según los cálculos- la cual es imposible de olvidar.
Llovió demasiado. Todavía recuerdo estar sentado en la terraza de mi casa viendo las gotas caer y pensar: “tiene tres días seguidos lloviendo, esto tiene que parar ya o va a pasar algo”. Así fue. Nunca antes a mis entonces veinte años había visto yo un torrencial tan fuerte. La luz no existía, fue de noche durante setenta y dos horas seguidas. El Sol simplemente había hecho sus maletas. Impresiónate saber que detrás de una montaña la tragedia causaba estragos de los cuales sabíamos por las noticias pero que en su mayor parte ignorábamos.
Mi tragedia, sin embargo, sucedió encima de esa montaña, allá arriba en Galipán.
Cuatro años antes mi papá se había enamorado de un ranchito arriba en el Cerro Ávila. Eran cuatro paredes blancas y un techo de zinc y para él eso era el paraíso. Decía que no había visto cosa más bella que esa casa y su vista. Con el esfuerzo del mundo se la compró y poco a poco se puso a arreglarla con José Ramón, el que cuidaba el terreno. A ellos se les unió una tía mía que le compró una parte porque no podía de la envidia, y juntos se pusieron a jugar casita y a convertir el ranchito en la casa más fuerte de los Tres Cochinitos.
Más de un año estuvimos con nuestros amigos galipaneros arreglando la casa para darle un techo de ladrillos y construirle una chimenea para pasar mejor las noches frías. Todos opinaban sobre qué tipo de piedras deberían ponérsele, qué matica había que sembrar, y que si se podaba un poquitico este árbol se le podía meter una pajarera cheverísima pero qué lastima con el árbol, entonces mejor como que no. José Ramón era el director de la gran obra. Sin hacer uso de su Jeep azul, todas las mañanas subía a pie desde su casita que quedaba en una colina justo debajo de la de mi papá a supervisar que todo marchase como queríamos.
La casa estuvo lista en diciembre. El 15 organizamos una gran fiesta en familia para celebrar que la casita soñada estaba terminada. Pero a último minuto la suspendimos cuando las grandes nubes taparon al Cerro desde Caracas, indicativo de que arriba seguro había mal tiempo.
Todavía recuerdo como bajaban a los heridos mientras prestaba ayuda en el centro de acopio instalado en el Teleférico. No llegaban en los funiculares de siempre sino en simples cajitas rojas guindadas por guayas. Arriba, nos contaban, todo se había perdido. Piscinas completas de lodo habían creado torrenciales olas, llevándose todo lo que a la Naturaleza no había pertenecido. El terreno de mi casa desplomado. La casa de José Ramón, él, y toda su familia… desaparecida.
 
 
No llegaría a subir a la casa sino hasta febrero del año después. Cuando ya las carreteras de la montaña habían sido lo suficientemente barridas como para permitir el paso de los carros y poder abrazar a quienes solamente por alguna milagrosa señal de teléfono su dolor habíamos compartido. El ranchito convertido en casa que mi papá había querido no se cayó. Pero todo lo demás estaba destruido. Todo, menos la comunidad de galipaneros que con tesón y aplomo se volvieron, y ahí me incluyo, a reconstruir. Porque eso es lo que hace el Hombre, como bien lo hacen Daniel y Matilde, los personajes en el último cuento de Jonathan, "Los Derroteros del Tiempo" en Los Años Después. Cuando una tragedia nos azota, no queda más que aprender, comprender, recoger y comenzar de nuevo.
Las flores salieron de nuevo en Galipán tiempo después, las violetas, rosas, girasoles y azucenas. Los eucaliptos colmaron la montaña de olores, mientras que los turistas volvieron a comprar las fresas y duraznos que allá se ofrecen. El Mar Caribe volvió a mostrarse tranquilo y la vida adquirió cierta normalidad. Y como el resto de los hogares galipaneros, la casita de mi papá cobró vida.  Celebré mis mejores tardes con amigos en esa casa, ahí se anunciaron compromisos, nacimientos, amores y desamores. Y cuando se casó mi hermana allá, no hubo nadie en el pueblo de Galipán que no se acercara a pegar una florecita, mover una pimpina, barrer un caminito o simplemente dar las buenas nuevas. La tierra crece. La vida sigue. Nadie olvida.
Aún hoy, cuando ya la casa es de otros, vendida ante el temor de expropiaciones, todavía recuerdo lo que  era sentarse sobre la baranda y ver los años que se tardó el Ávila en reforestarse. Había baches en sus paredes que parecían pistas de esquí desiertas. En la colina debajo de la casa, el terreno nivelado, como si la casita de José Ramón el capataz jamás hubiera existido. La punta del capó de un Jeep azul sin dueño, lentamente saliendo de la tierra pidiendo luz, queriendo sol, como una flor de no me olvides. ¿Pero cómo olvidar?
La tierra crece. La vida sigue. Nadie olvida. Ni siquiera en Los Años Después.-
 
Años Después

3 comments:

Tinker said...

Que recuerdos los de Galip!!!!
Todavía sueño con volver aunque se que ya no es de ustedes.

La verdad que lo de Vargas fue horrible, yo estaba aquí en esa fecha pero recuerdo que viajé para pasar el 24 allá y me tocó llegar por Valencia ya que Maiquetia seguía cerrado. Desde aquí ayudamos recopilando, ropa, comida, medicinas y demás. La realidad es que esa tragedia fue muy fuerte, qué tragedia no lo es, no?

Besos Scoobs!

La Negra said...
This comment has been removed by the author.
La Negra said...

Dios mío! Leerte es vivir a mi Venezuela querida. Besos.

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