Monday, December 2, 2013

Perder un Celular Da Liberación



El lunes pasado perdí mi celular. Estaba en el bar de Favola en una fiesta, me dio calor y me pareció lógico quitarme la chaqueta y dejarla sobre un piano. En mi casa no hay piano así que esa movida me pareció novelera. El problema es que mi celular estaba en el bolsillo de la chaqueta. A otra persona también le pareció novelero sacar el celular y llevárselo a su casa.

Al día siguiente volví al bar para reportar el hurto (no lo llamo robo porque después de catorce años de inseguridad, dejar tus pertenencias rueda libre es de amateur) y me atendieron de maravilla, pero igual di el aparato por perdido. Lo mejor es que no me importó. Perder el celular en ese momento fue lo mejor que me habría podido pasar.

Recuerdo que sentí un absoluto estado de liberación y rebeldía. Ese día yo tenía siete entregas, tres reuniones, dos entrevistas, un interés romántico que atender y un agente de cobranzas persiguiéndome. El no poder ser contactado por nadie porque vivimos en una era en la que si te sabes el celular de tu mamá debes considerarte afortunado, fue como quedarte solo en la isla de Tom Hanks. A Tom Hanks le pareció una ñoña quedarse Cast Away. A mí me pareció lo máximo quedarme Cell-Phone Away.

De todas maneras debía perder el celular. Lo mío era un BlackBerry cuya rueda dejó de funcionar hace tres meses. Para escribir en Twitter debía meter el pulgar adentro de mi camisa y sobar las teclas para poder tuitear. Solo podía hablar por cuatro minutos cuarenta y tres segundos porque el celular se reseteaba y la cámara ya me decía: “No es que te falte memoria, es que en serio me da flojera tomarle una foto a una paloma persiguiendo un Cheez-Tris”.

Y es cierto, por un lado me puse a pensar que ya no tenía el teléfono de tal persona que en su vida me lo iba a volver a dar, o el pin de tal modelo que cambiaba de foto cada cinco minutos y eso era como un calendario Polar. Por otro, estaba la foto aquella donde estoy montado encima de la estatua esa, y de esa donde salgo abrazado en esa fiesta que fue lo máximo. Pero como yo lo veo, no he ido a imprimir una foto desde el año 2009. El que se quedó con mi celular que se goce mis selfies y mis momentos estrella. Si es que puede dominar la técnica de meter el dedo pulgar adentro de la camisa para hacer rodar las ruedas.

Al superar mi momento de liberación, decidí que debía embarcarme como Pi en su bote e ir hacia la civilización. Me fui a comprar un celular. Nuevamente soy el esclavo de un aparato el cual está condenado a vivir en el bolsillo trasero de mi pantalón. No me siento triste por su condena. A fin de cuentas, éste se venga sonando cada cinco segundos con piticos, timbrecitos y cohetones para decirme que tengo un nuevo mensaje. Con los contactos, llegan los que de verdad importan y uno que otro random. Los mensajes anónimos tipo: “¡Toto! ¿Qué más? Salgamos esta noche!”, siempre se responden con: “De bolas, sí qué buen plan. Por cierto, ¿quién es?”

Pero tener un nuevo celular también conlleva a  la crítica. Perder un teléfono es una tragedia, pero comprarse el celular que NO es, es peor. No importa que por fin me haya divorciado de la compañía BlackBerry (que por cierto, amé y fui fan. LQQJ siempre pero en mi país no te hay blasberies). Tampoco que por primera vez tengo Instagram en mi celular. La crítica viene porque mi teléfono es más chiquito y me lo he debido comprar estándar, que no tiene flash y eso es como de Pedro Picapiedra, que no tiene para activar no sé qué aplicación en no sé dónde porque aparentemente eso es importantísimo y no soy nadie sin eso.

Total es que no la pegué con el aparato pero no me importa. Por lo menos no fui el insoportable ese que puso en todas sus redes sociales: “ME ROBARON EL CELULAR. POR FAVOR ELIMINARME… RECUPERÉ EL CELULAR… NO MÁS PIN, SOLO WHATSAPP FAVOR AGREGARME”. Lo mío no fue un robo, fue un hurto que me dio liberación. Muchas gracias al que se lo llevó encima del piano. Eres un cursi porque hurtar un celular de esa forma es de Raúl Amundaray. Pero te quiero.  Estoy en los contactos bajo "Toto" (porque nunca me acuerdo de cuál es mi número telefónico). Cuando te provoque, nos tomamos un whisky.

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