Yo fui uno de esos chamos que en
la mesa de su casa lo regañaban con la frase: “¿Y tú vas a comer así? ¿Imagínate
si te invitan a casa del Presidente de la República?” Por eso uno de mis paseos
escolares favoritos era ir a La Casona. Mi sueño era encontrarme con el
Presidente de la República por alguno de los corredores de la casa presidencial
para decirle que mientras no me sirviera pasta, yo comía mejor que Carreño el
del manual.
La solemnidad con la que nos
anunciaban en el colegio que íbamos a visitar La Casona era de rigor y la
primera vez que fui no fueron menos taxativas las instrucciones de
comportamiento. “Vamos a estar en casa
del Jefe del Estado”, nos dijo la profesora, “y se deben portar igualito cómo
si estuviéramos en una iglesia”. Yo, comunista como todo infante, levanté la
mano: “Profe, pero mi papá dice que La Casona es la casa de todos los
venezolanos”. “Tiene razón tu papá,” me respondió ella, “pero tu mamá te regañaría si saltaras
en los muebles, ¿verdad?”
Recuerdo que había roto un huevo de avestruz en casa de mi abuela esa semana por lo cual no estaba de buenas con mi mamá, así que le di la razón a la profesora.
Recuerdo que había roto un huevo de avestruz en casa de mi abuela esa semana por lo cual no estaba de buenas con mi mamá, así que le di la razón a la profesora.
Con las manos detrás de la
espalda por si acaso habían huevos de avestruces en las mesas de La Casona, crucé con deleite por el corredor en forma de dominó, entré al Salón de los Relojes
donde ninguno estaba sincronizado con mi reloj Casio de muñeca y finalmente mi
asombro total cuando pasé a mi salón favorito de la casa: el salón de Diana La Cazadora.
Para alguien que medía 1.24 cm en
ese entonces, ver un cuadro tan grande como el Diana La Cazadora de Arturo Michelena es una cuestión de impresión.
Yo había visto a Miranda en La Carraca
en la Galería de Arte Nacional y lo consideraba enorme pero el de la diosa de
la caza era lo más grande que había visto después de la molécula en el Museo de
los Niños.
Una imponente mujer con una media
luna sobre su cabeza veía como nueve sabuesos se devoraban a un venado. Como
todo niño que consideró que la muerte de la mamá de Bambi fue una tragedia,
quería sobar al venado para decirle que todo estaría bien. Pero recordé mi
promesa de no tocar nada en La Casona. Además, la señora Diana era alta y tenía
flechas. Eso ya es demasiado mamá con correa para andar a sobar causas
inútiles.
Sin embargo me fascinó la
historia del cuadro contada por el guía y hoy, veinticinco años después, me impresiona
como sus palabras retumban sobre mis oídos. Arturo Michelena rellenó el cuadro
con un producto que compró rapidito en una farmacia cuando se enteró que el
General Crespo quería verlo antes de que estuviera terminado… la hermana de
Tito Salas posó como la modelo… el cuadro es tan grande que para meterlo en el
salón en La Casona hubo que romper la pared del corredor… Trivialidades que le quedan a uno por el resto
de la vida cuando siente orgullo sobre sus cosas.
Cuando se acabó el recorrido, recuerdo
que fui el último de mis compañeros en salir del salón. Quería tener el cuadro
solo para mí. Y ahí decidí dos cosas: Diana
La Cazadora sería mi cuadro favorito de todos los tiempos y que yo quería
ser amigo de todos los Presidentes de la República para tener la oportunidad de
verlo cuando quisiera.
Ninguna de las dos profecías se
cumplió. El Louvre me introdujo a La
Coronación de Napoleón de Jacques Louis David y el MOMA a Christina’s World de Andrew Wyeth y la
Presidencia la ocupó alguien más interesado en el toque de diana que en la Diana
de Michelena.
La Casona se ha vuelto una muralla
impenetrable en estos últimos catorce años. Es la Manderley de Rebecca sin el incendio y la Señora
Danvers. Siempre la he querido volver a visitar pero si hay paseos guiados de
eso nadie informa. Si hay libros o folletos ya no existen. El libro La Casona firmado por Menca de Leoni (1969)
y Pintura Venezolana en la Colección de
La Casona con prefacio de Blanca de Pérez (1991), ambos en mi posesión, son
los únicos testimonios que tengo de la casa donde vive Diana. De la mítica
cazadora jamás he vuelto a saber. Uno de esos recuerdos que son del siglo
pasado cuando La Casona era de todos.
Hasta ahora.
Esta mañana he visto con
desprecio –más a la fechoría que al personaje en cuestión- la publicación que
la cuenta @analisis24hs ha hecho de las fotos supuestamente hackeadas del
celular de una de las hijas del Presidente Chávez. Entre las fotos hay
momentos familiares de sus viajes, con amigos y del Presidente en momentos íntimos
con sus nietos. Cosas que en verdad nadie tiene que ver porque la Ley de
Delitos Informáticos prohíbe la violación de la privacidad de la data o
información de carácter personal. Por más que gente como Mario Silva y el Grupo
N33 recurran a la violación de la privacidad, yo insisto que esto es un delito
venga de donde venga.
Sin embargo, la foto que me ha
llamado la atención es una donde sale una mujer joven desprovista de ropa,
recostada sobre un sofá de época. De quién sea hija o sobrina como afirma la
foto leyenda no es de mi interés. Mi tristeza es que detrás de ella aparece la
imagen de un cuadro de dimensiones grandes. La cola erguida de un enorme sabueso
a la izquierda indica que caza algo que no aparece en la fotografía. Pero suficientes
veces vi yo ese cuadro en mi infancia para saber que más allá del insolente
desnudo de una joven ignorante, yace un venado muerto.
Para eso quedó Diana La Cazadora de Arturo Michelena.
Atrás quedaron los días donde jóvenes impresionables como yo se maravillaban ante
su imponencia. La belleza en La Casona ahora pasó a manos de la vulgaridad de
quien jamás le enseñaron la importancia de estar en la casa de un Presidente y
eso lamento. La triste realidad es que la joven ignora que en ese salón –que es
de todos los venezolanos- solamente hay espacio y respeto para una gran belleza.
Algún día volveré a verte Diana.
Algún día.-



















