Tuesday, March 12, 2013

El Señor de los Apellidos


Yo estudié en primaria con un niño llamado Tom Gray. Totalmente imperialista su nombre, lo sé. Pero la mamá de Tom hacía pasta con salsa rosada así que por lo menos el intento de aparentar ser una familia adaptada a lo criollo existía. Odié a Tom dos veces en mi vida. La primera fue cuando perdió la espada de plástico de mi muñeco He-Man que le presté en el recreo mientras yo era Skeletor. La segunda fue cuando nos enseñaron a escribir nuestros nombres.
Aprender a escribir tiene que ser el momento más Helen Keller de la vida pero a esa edad uno no lo sabe. A esa edad uno está más preocupado por la espada de Grayskull que por los trazos de un lápiz Mongol. Por eso pocas cosas han podido picarme más que darme cuenta que mientras Tom Gray es T-O-M  G-R-A-Y yo soy Juan José Aguerrevere. ¿Ustedes saben lo que le tarda a un niño de cinco años escribir ‘Juan José Aguerrevere’?
En Kínder me di cuenta que mis antepasados me desgraciaron la vida. Once letras en un apellido son más excesivas que otra dosis de silicona para Hilda Abrahamz. En cambio, Tom Gray era feliz. Mientras él podía escribir cuatro letras y concentrarse en su dibujo de un pterodáctilo, yo tenía que fajarme  con el poco de “erres” que tiene mi nombre. Todos mis pterodáctilos fueron más chiquitos y menos coloreados que los de Tom Gray por culpa de mi apellido.
Años después a mi hermana le dio por casarse con un señor Iribarren. Tuvieron una hija la cual he decidido va a ser la persona más amargada del Planeta Tierra por la sola razón de llamarse Iribarren Aguerrevere. Si no sabe pronunciar las erres se jodió. Cuando aprenda a escribir en el Kínder terminará de firmar su nombre cuando ya la estén llamando para su graduación a Preparatorio. Será la única persona con una cédula de identidad que diga: “hale aquí”.
Pero los apellidos se asumen con dignidad. A menos que tu apellido sea Hitler, pues. Ahí sí como que conviene un cambio en la Jefatura. Salvo nuestros hermanos indígenas no existe nadie en este país cuyo antepasado no se montó en un barquito y se vino para las costas venezolanas con el apellido que su Madre Patria le dio. Ese es el nombre que nos dio el destino y aunque los apellidos solo sirven para canjear un cheque y para el pasaporte, lo que hagamos con nuestra vida y la diferencia que marquemos en la de otros es lo que le imprime importancia a un nombre. El apellido Smith no puede ser más común en el mundo y ahí está Maggie y ahí está Will.
El Presidente Encargado pero No Elegido pero Dicho Que Sí Puede Hacer Todo Lo Que Quiera Porque el TSJ Es Así, ha afirmado en reiteradas ocasiones que “el señor de los apellidos no volverá”. Ok, Nicolás, es una carrera presidencial. No un cónclave de Hobbits para ver quién destruye el anillo. Si nos vamos a poner excluyentes, vámonos por lo seguro y lo sencillo: los Pérez. Juan Bautista y Marcos y Carlos Andrés andan como las cuñas de Red Bull. Esos sí están garantizados que no volverán.*
Si la estrategia oficialista va a ser una arremetida sobre apellidos, démosle gracias entonces que no se lanzó la actriz Patricia Schwarzgruber. Entre otras cosas porque ese nombre es dificilísimo de escribir y seguro Patricia fue una enrollada en el Kínder como yo. De haberse lanzado, Patricia Schwarzgruber hubiera sido la Quvenzhané Wallis de la carrera.
Con el Capríles y el Maduro nos va bien, son nombres propios de una Venezuela que ha sido el hogar tanto de los Rodríguez como de los Wong; tanto de los García como de los Levy. A fin de cuentas el verdadero señor de los apellidos, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco jamás renegó de su nombre para trabajar por una Nación. Y esa siempre debe ser la meta.-
*Mis excusas a algún Pérez que tenga aspiraciones presidenciales en un futuro. Pero si le sirve de consuelo, usted no volverá. Usted ya está aquí.-

Wednesday, March 6, 2013

No te Odio (Pero No te Extrañaré)

 
Esta es la foto de la Promoción del Colegio Jefferson en 1997. Un año después Hugo Chávez llegó al poder. De 31 personas solo 7, los circulados en amarillo, vivimos en el país en el 2013. (Yo soy el primer circulito amarillo en la fila de arriba si hay una "yo te leo" que me quiera ver con pelo).
Hay una pregunta famosa que se hacen los baby boomers en los Estados Unidos: ¿dónde estabas tú el día que mataron a Kennedy? Yo no había nacido, pero sí estuve el día que murió Hugo Chávez. Y aunque tuve desde 1992 para pensar en este momento cada vez que me enervaba por alguno de sus cantos, anécdotas y cuentos de camino, al final Hugo Chávez me jugó una última burla. En el momento en que Nicolás Maduro anunció que el Presidente había fallecido en la tarde del 5 de marzo de 2013 yo me encontraba sentado en el trono.
¿Cómo odiarte Hugo Rafael? ¿Cómo?
No me enseñó absolutamente nada que ya no supiera en Kinder. Los columpios son para todos, el dibujo tiene que ser hecho con el mayor esfuerzo y que hay que prestarle atención a lo que diga la profesora porque ella es la que sabe sobre educación. Lo que sí me enseñó es que hay personas que ignoran que los columpios son propiedad compartida, el dibujo es trabajo y la profesora es el Estado. Yo siempre juré que la gente sabía lo que yo sabía.
Me equivoqué.
Se acercan tiempos más difíciles de los que viví con él durante los catorce años que estuvo en la Presidencia de Venezuela. Las cañerías están demasiado tapadas como para pretender que voy a recibir una repentina lluvia de eficacia. Pero me alegra que ya no esté. Yo no sé si he sido escritor, columnista, comentarista o payaso en todo este tiempo pero debo reconocer que él me dio mi mejor material. Y aún así me alegro que ya no esté.
No extrañaré que por sus políticas mis más cercanos amigos se fueran del país. De una clase de 31 personas en el colegio solo 7 vivimos en el país actualmente. No extrañaré que me secuestraran. Que para pedir un libro en inglés yo debo pedirle permiso a CADIVI para que me dé dólares para adquirirlo. No extrañaré que con cada año que pasa yo gane menos. No extrañaré que nunca pudiera concretar mi sueño de hacer mi postgrado en el Instituto Pedro Gual o trabajar en Cancillería. O de repente ese en verdad no era mi llamado en cuyo caso se lo agradezco pero igual me hubiera gustado intentar.
No extrañaré que yo cada día traduzca más cartas de aceptación de universidades y aprobación de residencias en el exterior y menos contratos de inmuebles o acuerdos para la ciudad. No extrañaré que del hampa se ocupara tarde, y que hiciera de la televisión un hervidero de rabias. No me harán falta sus insultos, ni sus gritos, pitos o mandamientos. Sus cursilerías como el Salón Néstor Kirchner, la tápara para ahorrar agua al bañarse o el cuento de la morrocoya y Rosinés.
No extrañaré que por él me lanzaron bombas lacrimógenas, me impidieran el paso o me hicieran retroceder. No me hará falta que las putas mal llamadas pre-pago se sienten sin tapujos en los restaurantes  mientras las señoras recorran mercados en busqueda de Harina Pan. No extrañaré que mi familia llore por falta de futuro o que las promesas que él hizo las vieran algunos, aquellos que de verdad lo amaron y los que no volverán.
No lo odio. Pero no lo extrañaré.-
Adiós, Hugo. Para siempre. (A menos que resucites porque eso es típica vaina que harías tú y te lo juro que si lo haces me inscribo en el PSUV ).

Tuesday, March 5, 2013

Bond, Inoculación Bond

 
Lo bueno del “madurismo” es que me pone a pensar. Lo malo es que debo hacerlo porque cada vez que el Vice-Presidente Nicolás Maduro sale a dar declaraciones me siento como cuando la serie de televisión estadounidense comenzaba el programa diciendo: “Previously on Lost”.
La noticia confirmada esta mañana que el Alto Mando Militar estaba reunido con el Ejecutivo Nacional en el Palacio Miraflores parecía que iba a ofrecer una luz en la confusión que ha imperado cuando ya se está a punto de cumplir 90 días sin que el enfermo Presidente Chávez aparezca en público. Maduro, se suponía, iba a anunciar la incapacidad de ejercicio del Presidente y convocar a elecciones presidenciales. Al menos eso hubiera sido lo sensato.
¿Pero de cuándo acá hemos sido sensatos?
Luego de pasar una lista que recordó menos al intento de cohesión gubernamental que se quería lograr y más al sketch “El Maestro de Escuela” del popular Mr. Bean, el Vice-Presidente de la República Bolivariana de Venezuela admitió, con toda la distinción y elocuencia que le puede brindar su cargo, que existían pruebas suficientes para concluir que los Estados Unidos le había inoculado el cáncer al Presidente Chávez.



Sí, hasta el director amigo de la Nación, Oliver Stone dijo: “¿how is la vaina?”
Asumamos que Nicolás Maduro jamás ha visto la emisión en Cine Millonario de Misión Imposible II la cual incidentalmente trata sobre un imperio farmaceuta que inocula enfermedades para incentivar la venta de sus antibióticos. ¿Qué beneficio le puede traer semejante teoría a Venezuela en estos momentos cuando solo un puñado de personas sabe realmente dónde y cómo está el Presidente Chávez?
Peor aún, ¿a quién de nuestros responsables dirigentes se le ocurrió que la mejor solución para traer estabilidad al país era “(…) conformar una comisión científica que demuestre que el comandante Chávez fue atacado con esta enfermedad”, como si aquí lo que faltara fuera emplear los servicios de un séquito de James Bond tropicales con experticia en inoculaciones cancerígenas?
En la alocución, Maduro comparó esta teoría conspirativa con la del líder palestino Yasser Arafat, fallecido en 2004, cuyos restos fueron exhumados en noviembre del 2012 para investigar si su cuerpo contiene trazos de polonio 210, una sustancia radiactiva. Dijo en la alocución: “(…) Yasser Arafat, tras una investigación realizada acerca de su muerte, ya se ha conocido que en su caso que le fue inoculada una enfermedad”.

Pero las conclusiones de ese estudio no se han revelado por lo que mal puede venir un Jefe de Gobierno, encargado o no, a dar conclusiones precipitadas sobre hechos de otro Estado que no han sido confirmados de manera oficial. Mucho menos basarse en ello para decir que eso ocurrió en nuestro país lo cual, sin pruebas, no genera odio hacia los Estados Unidos sino una necesidad subliminal de alquilar una película sobre espías soviéticos.
El chavismo ha estado obsesionado con la tesis del magnicidio desde que un muy sano Hugo Chávez advertía en cadena y sin pruebas que el mundo lo quería matar. Cuando eso no caló, llamó a una comisión para que abriera los restos fúnebres del Libertador a ver si a él también lo habían querido asesinar. Y ahora que no está ni el uno ni el otro, todavía se insiste que aquí el mundo quiere un muerto cuando la realidad es que la Revolución Bolivariana no puede darse el lujo de ganarse un muerto más.
Nos queda bajo hablarle al país de inoculaciones malévolas, sobre todo en una semana cuando la Ciencia se alegra de que la cura del SIDA podría venir en camino. Para ello hay dos posibilidades a seguir. La primera posibilidad es extenderle todos los cuidados que se merece Hugo Chávez como cualquier otro paciente que lamentablemente sufre de cáncer y llamar a elecciones presidenciales para que Venezuela, quien insistimos no es la que padece la enfermedad, pueda ver la luz que tanta falta le hace.
La segunda posibilidad es llamar urgentemente a Jason Bourne, a James Bond, a los Ángeles de Charlie y las Chicas Superpoderosas a una reunión con el Alto Mando Militar para ver cómo carrizos es eso de que salió un gringo a inyectarle una aguja llena de cáncer a un ser tan pacifico y benevolente como Hugo Chávez Frías.
La primera posibilidad parece ser la más sensata. Pero es Nicolás Maduro quien gobierna en Lost.-  

Monday, March 4, 2013

Rumba en Llamas


Durante los días de diciembre de 2002, los ojos del mundo estuvieron puestos sobre Venezuela por una razón muy distinta a la que egocéntricamente se ha adjudicado el gobierno del Presidente que no aparece.  No era el llamado “sabotaje petrolero” lo que ocupaba los titulares de los periódicos extranjeros sino un incendio en una discoteca llamada “La Guajira” en la Avenida Baralt. 47 personas fallecidas y más de 500 habitantes alrededor del local desalojados para evitar mayores fatalidades fue el saldo que dejó una rumba que terminó prendida en llamas.  
Este caso vuelve a ganar notoriedad al estar incluido dentro de la lista de los peores accidentes fatales por incendios en discotecas a lo largo del continente americano. El de más reciente data, y el más mortífero en más de una década, fue el que ocurrió en enero de este año en la discoteca “Kiss” en la ciudad brasileña de Santa María el cual dejó un balance fatal de 231 personas y 112 heridos.
Según los informes, una banda que se presentaba en la discoteca prendió un artefacto pirotécnico cuyas chispas alcanzaron el anime utilizado como aislante acústico en el techo del local. El pánico se desató y entre el humo muchos corrieron hacia el baño, creyendo que esa era la puerta del local. No vivieron para contar su historia. Luego se descubrió que la puerta de emergencia estaba cerrada con candado y que el local estaba sobre capacitado de asistentes.
Las cifras en Caracas y Santa María están muy lejos de las 492 fatalidades que dejó el incendio del club bostoniano “Coconaut Grove” en 1942 y el cual obligó a la costumbre de implementar un sistema automatizado de riegos y salidas accesibles con luces de emergencias. Pero, al igual que accidentes en sitios de placer –recuérdese el crucero Costa Concordia o cualquier colapso de montaña rusa– siempre se está más cerca del próximo accidente, sin importar la localidad donde éste ocurra.
Como asiduo a locales nocturnos en Caracas, estoy expuesto a la cruda realidad de que muy pocos bares le prestan atención a la capacidad establecida. La norma es más un “entren que caben cien” donde pasas a unirte a una gran masa humana la cual decide entre empujones donde te vas a ubicar dentro del recinto. Rara vez se entra a un local pensando: “Ok, ahí está la puerta de emergencia.” Somos rumberos, no un micro radial de Martha Rodríguez Miranda.
Pero si el sentido común no mezcla del todo con el alcohol y el hedonismo de la última canción de Pitbull, la máxima responsabilidad debe caer en la gerencia de la discoteca de asegurar que un conjunto de normas sean acatadas todas las noches. Sobre todo en una Caracas desatada por la violencia donde un cartelón de no fumar es respetado hasta por el hombre Marlboro pero el de prohibición de armas se lo pasan los bandidos por el forro. Prueba de ello, el saldo de dos personas fallecidas en “BarraBar” de Mata de Coco a culpa de un tiroteo y otras dos más con ocho heridos en “Nikki Beach” de Las Mercedes a finales del año pasado.
El caso de la discoteca en Brasil es suficientemente dantesco como para que las lecciones aprendidas tras el accidente no sean aplicadas en otras latitudes. Un conteo de personas justas, así se queden mil afuera; revisión de luces de señalización y extintores; prohibición de pirotecnia y el aseguramiento de que todas las puertas de emergencia del recinto no solamente estén visibles sino que estén en la capacidad de abrirse, son necesarias para una noche de juerga sin más lamentos que el ratón a la mañana siguiente.
Nadie festeja con paranoicos, eso es cierto. Pero de vez en cuando a la Fatalidad le encanta salir a prender la rumba por ahí y es mejor dejarla afuera porque el local ya está full.-
Revista Clímax - marzo 2013.

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