Wednesday, January 15, 2014

Me Niego a Ser Estafado


De regreso a Caracas compré en el aeropuerto un libro llamado La Ladrona de Libros de Markus Zusak. Uno de esos libros tan pero tan buenos que cuando las aeromozas en el avión me preguntaron qué quería beber ya iba por el capítulo siete. Y cuando me inquirieron si quería pollo o pasta las mandé a callar porque me habían interrumpido el clímax del capítulo veintitrés.

El libro se remonta a la Alemania Nazi donde La Muerte es la encargada de narrar la historia de Liesel Meminger. Dada en adopción, pasa a manos de unos padres no afectos al Nazismo quienes la enseñan a leer y a guardar secretos (el más grande de ellos un judío escondido en el sótano). Su gusto por la lectura la lleva a robar libros desde las hogueras de libros quemados erigidas para conmemorar el cumpleaños de Adolfo Hitler hasta la biblioteca de la esposa del Alcalde de la ciudad.

Me encantan los libros así, sobre todo porque la Muerte prueba ser un personaje delicioso. Alguien que advierta al principio de un texto: “He aquí un hecho, vas a morir” no puede ser lo contrario. La Muerte sencillamente hace su trabajo (admite en el libro que en la Alemania Nazi estuvo más ocupada que nunca) pero ofrece reflexiones importantes:

“Quise decirle muchas cosas a la ladrona de libros (…) Quise preguntarle cómo un mismo hecho puede ser espléndido y terrible a la vez, y una misma palabra, dura y sublime. Sin embargo, no abrí la boca. Solo conseguí hablar para confiarle a Liesel Meminger la única verdad que hago mía. Se lo dije a la ladrona de libros y ahora te lo digo a ti. Los humanos me acechan.

Al llegar a mi casa y ya con el libro terminado reposando sobre mi biblioteca me dispuse a hacer lo que hago cuando me gusta algo en demasía: recomendárselo a mis amigos. Uno de ellos me dijo que el libro acababa de ser llevado al cine y naturalmente no descansé hasta ver la película desde mi computadora (cosa que detesto pero estoy consciente de que esa película no va a llegar al cine venezolano sino en tres años).

La película es buena y los personajes y la puesta en escena son tal cual me los imaginé, pero me pasó un poco como Annie Wilkes en la película Misery. Hay una escena allí donde ella le cuenta a Paul Sheldon (su autor favorito a quien tiene secuestrado en su casa lo siguiente):


Eso fue lo que me pasó con La Ladrona de Libros. No es que voy a ir a secuestrar al director y meterle en mi casa como hizo Annie Wilkes con Paul Sheldon, pero detesté leerme el libro y luego ver la película porque me sentí estafado. Hay tantas cosas maravillosas en el texto que no aparecen en la película o que las resumen en aras de la brevedad que lo que me provocaba era rebobinar el tiempo, irme al set de grabación y gritar: “¡Ese no es el libro que se robó ahí! ¡No nos engañen!”

Tengo un problemita lo sé.

Ese es el asunto con las estafas. Te ofrecen un producto bueno pero tú sabes que hay algo mejor. Es como poner mostaza Heinz en un recipiente de mostaza Grey Poupon, como lo hizo Sylvia Drescher en un episodio de The Nanny. Crees que engañas pero en realidad no estás dando la enchilada completa. Por eso he pensado que a veces es mejor ver la película y después leer el libro. Yo todavía no supero El Conde de Montecristo en película. Un impacto visual, una blasfemia de edición de historia.

El barco en el que me monté durante las vacaciones me llevó a Jamaica. Y yo me imaginaba Jamaica como una isla de Margarita espectacular pero hardcore. Lo máximo que me llevaron fue a un downtown lleno de tiendas con los mismos llaveros y banderas de Bob Marley que se pueden comprar en Paseo Las Américas.

No me pasó en las islas Caimán. Como yo no sé nada sobre las islas Caimán salvo que siempre mandan a una pobre al Miss Universo que no clasifica y que cualquier documento de empresa que se respete se constituye bajo las leyes de esa isla, me quedé sorprendido y me gustó bastante. De repente es eso, lo que no conoces no te estafa, hasta que lo conoces demasiado y te puedes dar el lujo de decidir si te gusta o no.

Es lo mismo con las potenciales amistades. Cuando te dicen, por ejemplo, “lo tienes que conocer porque él tiene todos los reales del mundo”. Eso es una estafa directa. A menos que esa persona me firme un cheque al darme la mano, no tengo ningún interés en saber si es millonario o no. La gente se auto-estafa con los reales y lo peor es que venden a personas con brochure cuando la verdad la única descripción válida es si el millonario (o el pobre) es chévere o no.

Quizás sea cuestión de tomarse las estafas con soda pero cuando hay algo bueno uno no puede conformarse. En el país hay ladrones de todo tipo menos de libros y la estafa es que nos dicen: “Pero hay patria”. Pero yo sé, tú sabes y Annie Wilkes sabe, lo que es patria y esto no es. Insólitamente una de las noticias del día de hoy es: “Recomiendan no transitar ni accidentarse por autopistas de noche”. Ya va, ya va, ya va… ¡nadie escoge accidentarse en una autopista! Nadie dice: “¡Oh, que hombrillo más oscuro y tenebroso, déjame fundir el carro aquí!”

No me conformo con estafas. Las acepto porque a veces no hay nada que hacer pero me inquietan. Esto lo aprendí de La Zubi. Hace tiempo conté un cuento de ella en público una vez que me pareció comiquísimo. Ella tuvo un novio que la dejó por otra y al verlos en una fiesta se acercó y les derramó un whisky encima. Cuando terminé de contarlo, a todo el mundo le pareció lo máximo pero La Zubi no lo encontró divertido. “Vamos”, le dije, “es tremendo cuento y pasó hace mil años. Por lo menos ríete”. “Es que no me da risa”, me contestó, “porque tú estás diciendo que yo tomo whisky, cosa que detesto. Yo no les derramé un whisky encima, les lancé un ron”.

1 comment:

Ora said...

A mí me pasó con Desayuno en tiffany's. Leí primero el libro, uno de mis favoritos, y cuando vi la película el final me decepcionó. Dejó tan mal a nuestra Holly(y a Capote).

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