Monday, March 31, 2014

Sophie's Choice


 
Ayer se escaparon mis dos perras de la casa. No las culpo, casi un mes completo de encierro debido al celo puede volver loco a cualquiera. Cuando tu función en la vida es despertarte, husmear el jardín, revisar si al loro se le cayó un pedazo de patilla, ladrar y echarte al piso a dormir, la posibilidad de fugarte es deliciosamente tentadora. Que se presente la oportunidad para hacerlo, adiós mano que me diste de comer.


Al enterarme de que una puerta abierta había ocasionado la huida de los canes fugitivos, me monté en mi carro y cual ratero contratado por Cruella de Vil para localizar dálmatas me puse a pensar hacia dónde iría si yo fuese un animal de cuatro patas con hambre. En el supermercado encontré a la primera. “Te me montas ya en el carro”, le grité. Aunque obediente, su cara era la de una adolescente cuyo padre la sacó de su primer concierto.


Manejando en búsqueda de la segunda perra me vino un sentimiento horrible a la cabeza. Las dos tienen personalidades diferentes. La que estaba en el carro es inteligente, echada pa’lante, metiche sobre todos los asuntos que involucran al vecino y absolutamente consciente de donde está su cama. La segunda, le ha apostado a sus dones de la belleza para ser una absoluta gorda del consentimiento. El otro día le tuve que sacar un cinnamon roll del hocico para prevenir que se ahogara.


Si esto fuera Sophie’s Choice, ya tenía a mi perra elegida en el carro.


 
Por un momento decidí suspender la búsqueda, pero después me pareció demasiado Aerolíneas de Malasia de mi parte. Ahí fue cuando decidí que me moría por encontrar a la segunda para saber en qué andaba cuando la hallara. Cual padre me la imaginé acostada con un perro mayor que ella, o metida en un basurero comiéndose los restos de un sushi dominical. Quería entrarle a patadas, regañarla, desatar mi furia humana contra ella cuando la encontrara.
 

No hice nada de eso. Una mujer había encontrado a mi perra caminando sola, buscando su camino a casa. Le vio el collar y llamó al número para decir que la tenía. Cuando llegué, ahí estaba mi perra, sentada en la acera como quien espera que su papá la busque en el colegio, o luego de una clase de tenis. ¿Qué pasa con las bellas que es imposible regañarlas?
 

Ahora tengo a ambas dormidas a mis pies. Dos moles de carne que sueñan con la excitación de haber tenido ayer lo que probablemente para ellas fue un fin de semana completo de descarga Belmont. Y aquí es donde me doy cuenta que todo en la vida tiene dos decisiones. Escaparte es una, quedarte es otra.
 

Escaparte implica dejar atrás una rutina carcelaria. Puede ser una relación que te agobia, un trabajo que te estanca o una cama que se acomoda a tu flojera. Quedarte significa resignarte a lo cotidiano bajo la esperanza de que algún día cambie o bajo la plegaria que permanezca así para siempre. Todos los días nos escapamos o nos quedamos.
 

El que sale por la puerta del aeropuerto en Maiquetía no se escapa más que el que decide quedarse en su casa para no enfrentar la protesta. El que se queda en Altamira no se queda menos que el que se pasa toda una mañana leyendo el libro de Gene Sharp. Lo importante es saber que va a haber un día donde la puerta esté abierta. Y ahí tendremos que decidir cual acción (si cruzarla o quedarse detrás de ella) constituye la mayor aventura para el logro de nuestra felicidad.
 

Miro debajo de la mesa donde escribo. Dormida, mi perra más inteligente le cae a pataditas a la otra. En sus sueños corre. Se ve feliz. La otra, holgazana ella, se aparta un poquito. Emite un ronquido. En sus sueños,  solo duerme. Se ve cómoda. ¿Estará feliz?

1 comment:

Fabi said...

Toto!! Menos mal aparecieron las piponas! Que susto que se hayan perdido. Cuentas la historia como si estuvieses buscando calmadito...deja de darte el que no estaba asustado jaja me encantó como terminaste el relato. Un abrazo tots!

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