Wednesday, April 23, 2014

La Vida Póstuma de un Libro Despedido Por Su Autor



“Anoche soñé que volvía a Manderley”. Me intrigan las razones por las cuales se escriben los libros. Lewis Carroll mandó un conejo por un hueco para entretener a Alicia, Isabel Allende comenzó una carta para su padre que terminó siendo La Casa de Los Espiritus y J.K. Rowling, desesperada y sin real, anotó los primeros trazos de Harry Potter y la Piedra Filosofal en una servilleta.


Yo creo que atreverse a escribir un libro es darse el tupé de jugar a ser Dios. El autor hace que amanezca y oscurezca en su novela. “La botella de Black Label parecía normal y fuera de lugar, como el único hombre de esmoquin en un baile de disfraces” es una frase de Graham Greene que te pone en contexto; el protagonista de Viajes Con Mi Tía detesta los disfraces. Solo un autor puede hacer eso. Es él quien emprende la aventura de conectar acciones para que la protagonista se asome al balcón, el pirata ensanche la espada o el marciano ataque la Tierra.


En la mente del escritor se desarrolla una gran obra de teatro que une memorias con secretos no confesados y realidades con inventos. Lentamente se teje una trama en la cual pareciera que los protagonistas simplemente le dictan las palabras a tal punto que el escritor no puede distinguir si algún diálogo se le ocurrió a él o si lo oyó en otra parte. “Cuando estás enamorado a veces no es necesario hacer nada para saber que sí lo estás”, escribe Boris Izaguirre en Villa Diamante. ¿Dónde escuchó algo parecido la primera vez?


Así va el autor, crea un mundo inexistente hasta que llega el terrible o necesario momento donde, entre lágrimas o en venganza, se despide de su libro con “Amaba al Gran Hermano” como termina Orwell su 1984 o lo deja como un tal vez volveré. Con Gatsby ya ahogado en la piscina, Fitzgerald termina su novela escribiendo: “Y así seguimos, adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado”.


De ahí en adelante ya ese libro no es del autor. Le pertenece a aquel lector que tenga la audacia de abrirlo. Sobre su mejor novela El Padrino, Mario Puzo dijo una vez: “Desearía haberla escrito mejor”. Eso es la desgracia de crear un mundo ficticio, tarde o temprano querrá el escritor volver a ser Dios para arreglarlo. Pero no tiene arreglo porque vive en las mentes de otros.


Es el público quien juzga a los personajes, los condena o los vanagloria. Holly Golightly es una puta y aun así sentimos pena por ella. Hércules Poirot es un sabiondo que termina siendo el asesino y todavía queremos una aventura más con él. En eso nada tiene que jugar el autor. Puede traer nuevas descripciones como lo hizo J.K. Rowling cuando años después sacó a Albus Dumbledore del closet y confesó que su gran amor fue Gellert Grindewald. Pero hay historias que terminan porque deben. Margaret Mitchell siempre dijo que jamás supo si Scarlett volvía con Rhett. La audiencia piensa de otra manera.


Lo que sí comienza para un libro ya publicado es su propia aventura. Una en la cual se posa sobre estanterías, se deja olvidado en bancos o pasa de mano en mano. Cada ejemplar tiene una vida propia y un destino  que puede ser el rayado, el manoseo o el casto pecado de nunca ser sacado de su envoltura. El libro viaja con su compañero, duerme en mesas de noche, recibe a regañadientes un doblez sobre sus hojas y con gusto un fino marca libros. Es disfrutado, detestado, bostezado o criticado. Y una vez terminado comienza una nueva aventura, esperando que otro, o quizás su dueño original, vuelvan a escaparse entre sus letras.


Para un escritor las aventuras de sus libros son inimaginables. El cómo, dónde, cuándo y por qué, alguien abrió ese libro en especifico es algo incontestable. ¿Fue ese el último libro que le leyó un hijo a su padre antes de morir? ¿Fue el primero que se leyó una madre en estado? ¿En qué barco navegaba el productor de la película cuando se decidió por fin abrir el libro del cual todos hablan? Peor aún, ¿dónde murió el libro? ¿En cual basurero, poceta o caja mohosa fueron a parar esos trozos de papel con letras impresas que un día fue tan solo una idea para alguien que se sentó a unir oraciones y que hoy constituyen su legado?


¿Cómo mueren los libros? Si acaso mueren del todo.-

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