Wednesday, May 14, 2014

El Ponche Ya No Lo Toma Tu Abuela

 
 
La última moda en Londres es tomar ponche. Cierto, suena totalmente a algo con lo cual tu abuela se intoxicó para bailar el pasodoble con quien, espero, llegaría a ser tu abuelo. Un trago que varió de generación en generación y el cual vio su muerte en la mía cuando mi mamá solía poner en un recipiente de cristal comunal lo mismo que yo conseguía embotellado en el Bar Miami en Macuto yendo hacia la playa: la guarapita.
 
Ahora bien, el ponche ya no es el de tu abuela. Esto lo vi en mi tour Buchanans donde me quedé en el recién restaurado Hotel Edition en la ciudad de los sombreros chistosos. Ahí comprobé que la modernización de viejas tendencias son completamente adaptables y no tenemos excusa para sentirnos como si fuéramos del ayer. Lo que en otra circunstancia parecería un lobby sacado de la pre-guerra, había sido completamente modernizado con muebles que quiero para mi casa y un impresionante huevo colgado desde el techo del lobby donde puedes ver sin mirar directamente a cualquiera que entra. Viéndome ahí donde sentía que no pegaba (porque nadie con jet lag pega), el huevo me dio una advertencia: o me volvía cool instantáneamente o me mudaba a una pensión donde leen Brontë durante el té y comentan sobre el clima.
 
 
 
 
Optando por aparentar ser cool, le di un saludo militar al huevo y me dirigí hacia la recepción. Eran las siete de la mañana y estaba cansado, algo normal  luego  de un vuelo trasatlántico donde lo único que quería era empiernarme con una almohada y un tapa ojos. Pero es imposible dormir en un hotel donde quieres agregar a los recepcionistas en Facebook. Nunca antes, salvo en Panamá, había experimentado yo tan amable recepción. Llegué mucho antes del check-in lo cual le amargaría la experiencia londinense a cualquiera. Y aunque no podían darme un cuarto porque estaban a casa llena, el Hotel Edition me dio hasta café venezolano para que no extrañara mi casa y me llevó a Berner’s Tavern, su restaurante, para que me desayunara como si fuera el Duque de Windsor.
 
Berner’s Tavern es un restaurante que me impresionó. Parece un salón de bailes y sus paredes están forradas de cuadros desde el techo hasta el piso. Está tan forrado que la pobre señora que limpia seguramente pasó tres meses buscando el interruptor para apagar la luz de noche. Parece una sala escondida del Metropolitan Museum, lo cual me fascinó porque a mí me encanta el Metropolitan. Que me dejen comer adentro de él, pues es un plus.
 

 
Desayunando fue que me di cuenta que el hotel o es muy nuevo o la gente es más atenta que una galla en clase de Química. Como yo no soy muy de desayunar en grande, dejé una de mis panquecas sin tocar. Para el mesonero, eso fue como si hubiera fallado en hacerle una reverencia a la Reina. "¿Por qué no le gustó la panqueca?" “¿Cómo podemos mejorarla?” “¿Cree que tiene demasiado sirop encima?” Jamás me había sentido tan connoisseur del mundo de las panquecas. IHOP me debería dar una medalla.
 
Una amable argentina se acercó a mi mesa y me dijo que mi cuarto estaba listo. Con 24 horas sin dormir, mi reacción fue casi como la foto de Eisenstaedt en Times Square con el marinero y la enfermera. Mi habitación parecía lo que cualquier soltero quiere en un bachelor pad. Lo único que no me gustó fue un cuadro de una mujer parecida a Lady Gaga, con un turbante hecho de papel higiénico y en una pose digna de un cuadro de Vermeer. No solo porque parecía verme cada vez que abría los ojos, como si me preguntara: “¿Estás en Londres y tú vas a dormir?” También me inquietó porque en Venezuela, ella sería el nuevo icono religioso: Nuestra Señora del Papel Toilette.
 
 
 
Dormí 22 horas. Sin ninguna vergüenza. Lo suficiente como despertarme al día siguiente para volver a desayunar la mejor omelette de mi vida (no quería comer panquecas para no pasar de nuevo por el cuestionario). Aprovechando la mañana me fui caminando por Soho y me metí en el British Museum para ver la Piedra de Rosetta que nunca la había visto. Luego me perdí por ahí viendo el hospital Ormond al cual J.M. Barrie le donó todos los derechos de su libro Peter Pan y me senté en un parquecito a ver gente. La vida de un europeo es tan plácida. Como si la única preocupación en su vida fuera si sus pantalones tubitos deben ser lilas o violetas esta temporada. O si su iPhone tiene pila, pero eso ya es una preocupación mundial.
 
Al regresar al hotel conocí a la gente de Diageo y a los periodistas que haríamos el tour de Buchanans por Gran Bretaña. Gente más simpática no me he podido encontrar. Éramos 19 personas de Argentina, México, Ecuador, Jamaica, República Dominicana y Jamaica. La amistad fue instantánea, lo cual es natural cuando reúnes a gente para tomar. Y fue ahí, con ellos, donde descubrí el arte del ponche.
 
 
 
El Hotel Edition tiene un salón llamado apropiadamente The Punch Room. Es un cuarto pequeño con paneles lisos de madera relleno de mesitas. Se puede reservar para dos personas o hasta ocho y es una manera espléndida para brindar con amigos o con un interés romántico. Esto me pareció chévere porque las poncheras donde sirven los ponches son todas distintas. Si vas con otra persona te lo pueden servir en un pote de helado de pewter o una copa de trofeo de plata, mientras que si vas con más te sale algo que un día esperas heredar de tu abuela.
 
La nota del ponche es que como es un trago comunitario, todos beben de la misma ponchera. Eso crea un aire de intimidad (porque tampoco es que vas a salir tú con gente cuyos gérmenes desconoces) donde metes tu vaso y te vas sirviendo. Ellos ofrecen ocho opciones en su menú, uno de los cuales es a base de leche el cual en letras suena asqueroso y en vivo sabe exquisito. Otro original es con la misma receta del ponche que sirvieron en el Titanic, lo cual me pareció decadente probar.
 
 
Los bartenders son como yo quisiera que fueran aquí en Caracas. Gente joven con ganas de satisfacer y sorprender al cliente. Alguien que no te dé pena preguntarle de qué está hecho un determinado trago o si recomienda que pruebes otro. Mi ponche fue hecho con whisky, canela y piña lo cual fue una sorpresa. Acostumbrado a tomarlo siempre con agua, la mezcla de sabores con canela y frutas fue algo que me tuvo dándole a esa ponchera hasta que recordé que el ponche engaña.


Esto es una buena sugerencia para una próxima reunión en la casa. No sé cómo se tomen mis amigos acostumbrados al ron o al whisky con soda la idea de compartir un bowl pero ya que estamos en tiempos socialistas me parece la perfecta y moderna idea para brindar.
 
 
Dejo aquí una receta que se la vi hacer a David Ríos, ganador del World Class Bartender of the Year, hace un tiempo la cual me pareció sencilla de hacer y divina para probar:
 
Ponche de Oro Vasco
 
  • 60ml de whisky Buchanan’s
  • 30ml de Amer Picon Bitter o Aperol (se puede usar el Amargo de Angostura que es el que se consigue en Venezuela)
  • 30ml de Jugo de Piña
  • 10ml de Granadina
  • 30ml de Soda 
Todos los ingredientes se mezclan en un bowl con un bloque grande de hielo en el medio y luego se cuela en una copa de vino (se le puede poner un hielito también). Como aderezo se le pone un twist de naranja y listo. Un ponche que definitivamente no se lo tomó tu abuela.

Fotos: Salvo la foto de la doña con el papel toilette en la cabeza y la del ponche de oro vasco, todas las fotos las tomó Tim Bishop/Diageo PLC TimBisMedia

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