Thursday, June 5, 2014

La Princesa Que Le Dio Flojera Vivir (Parte II)

 
 
Esta es la segunda parte del cuento. Para acceder a la primera parte hacer click donde dice aquí: aquí.

Dieciséis años después de un bautizo sobre el cual jamás le habían contado, Kerlys Aurora paseaba por un lejano bosque del reino. Tras el conjuro de la malvada hada Maléfica, sus padres los reyes habían decidido que lo mejor del mundo era apartarla de objetos afilados que pudiesen provocar el cumplimiento de la profecía. Como tal, la mandaron a vivir con las hadas, disfrazadas de tres tías ineptas, a un bosque.

Por dieciséis años Maléfica no había olvidado su hechizo. Buscó por todos lados a la princesa con una rueca debajo del brazo para obligarla a que se pinchara, pero jamás la encontró. Creyó haberla hallado hasta que se dio cuenta que era Teresita disfrazada de Princesa Disney(c). La pinchó igual. En agradecimiento, sus padres, hartos de las malcriadeces de la niña, se alistaron junto a las fuerzas de Maléfica para encontrar a la princesa Kerlys.

Pero nunca dieron con su paradero, hasta que en la mañana del decimosexto cumpleaños de Kerlys, el fiel pajarraco de Maléfica se encontraba volando por los bosques del reino, cuando divisó a una joven adolescente. Hermosa era, con labios rojos cual carmín, y piel tan blanca como un trapo de cocina de un manco. El pájaro decidió seguirla en su camino, oyéndola cantar unas melodiosas notas.

“Asco Ricardo Arjonium”, pensó.

No fue sino hasta que la vio llegar a una pequeña cabaña en el corazón del bosque que se dio cuenta de quién era en realidad. Frente a la casa había un cartelón que decía con letras escarchadas: “¡FELIZ CUMPLEAÑOS KERLYS AURORA! TE MENTIMOS, ERES UNA PRINCESA!”

El pájaro vio como la mujercita entraba a la cabaña y se posó sobre una ventana para investigar mejor.

“Tan bellas mis tías”, le oyó decir a la mujer mientras abrazaba a tres gorditas. “Claro que soy princesa. ¡Pero les he dicho mil veces que no me llamen Kerlys! ¡Solo díganme Aurora!”

“No, no mi corazón, mi Kerlys, mi… perdón mi Aurora”, le dijo una de sus tías. “Tú eres una princesa de verdad. Eres hija del Rey Estéfano y de la Reina Gluten. Se divorciaron hace un tiempo porque ella era medio arribista, pero ¡sorpresa! ¡Eres una princesa de verdad, verdad!”

“¿Y qué hago yo aquí entonces?”, preguntó Kerlys con curiosidad.

“Un hada malvada te puso un hechizo el día de tu bautizo y nosotras te trajimos aquí para protegerte bajo órdenes tu padre. ¡En realidad no somos tus tías, somos unas hadas también! Pero buenas, pues”, le contestó una de sus cuidadoras emocionada.

Kerlys se mostró confusa. Las miró por bastante tiempo hasta que contestó: “¿O sea que yo tengo dieciseises años cosiendo, barriendo, fregando, cocinando y desplumando gallinas porque ustedes son unas imberbes que no pueden hacer nada, cuando toda la vida he podido vivir echada en una laguna con una limonada frappe puesta en una mesita al lado?”

“Exacto”, le contestaron las hadas al unísono.

“¿Y mi papá no me ha podido mandar en un crucero por los mares? Tipo algo relax?”

“Ah, bueno a nadie se le ocurrió eso”.

Kerlys se puso a llorar. “¡O sea este es el peor cumpleaños EVER!”

Las tías no tenían tiempo de consolar a Kerlys. Le entregaron un vestido que habían hecho con magia, con mangas abombadas y lazos de todos los colores en la falda. Pero a Kerlys no le gustó. Mientras sus tías hacían maletas y ordenaban la cabaña, decidió irse al establo para tratar de remendar el vestido.

“Si soy princesa, quiero estar buena”, dijo mientras sacaba unas tijeras  y le daba retazos a la parte frontal del vestido. Se decantó por un corte minifalda con un escote pronunciado, pero se dio cuenta que debía coserle los ruedos para que la tela no se desintegrara.

“Oye”, pensó, “ojalá existiera una máquina que cosiera esto o algo. ¡Qué hueso hacer esto a mano!” Por arte de magia, apareció junto a ella un artefacto que jamás había visto. Tenía una rueda y un pedestal con una protuberante y afilada aguja.

“Ay pero qué idiota es la magia”, se quejó Kerlys. “Ni que yo fuera a hilar. O sea lo que quiero es coger un ruedo, por Dios”.

La rueca mágicamente se convirtió en una engrapadora.

Kerlys la vio y la cogió entre sus manos. No entendía como servía hasta que se dio cuenta que si la apretaba, aparecía lo que hoy conocemos como grapas. Con deleite, descubrió que podía engrapar los ruedos de su vestido y así fue, cada vez más rápido hasta que no se dio cuenta y se engrapó un dedo.

Tres gotas de sangre le salieron del dedo y el mundo comenzó a girar a su alrededor. Como jamás había visto su sangre, comenzó a sentir un desmayo. Antes de perder la conciencia vio como la engrapadora se convertía en una misteriosa mujer con cuernos de ébano sobre la cabeza. Una risa estruendosa salía de su garganta.

“Dios, qué voz tan chimba, nada como la mía”, pensó Kerlys antes de caer sobre el piso desmayada.

Las tres hadas oyeron el ruido y corrieron hacia el establo de la cabaña. Ahí se encontraron con el ogro que habían esperado no ver por dieciséis años.

“Aquí tened a vuestra bella princesa, jeteada como un borracho en Año Nuevo”, gritó Maléfica.

“No, no,  Maléfica”, protestó una de las hadas, “eso es una engrapadora y tu conjuro dijo que con rueca, Kerlys se pinchaba con una rueca. ¡La vaina era con rueca!”

Maléfica calló. En eso vio como la princesa abría los ojos y se levantaba del suelo.

“¡Demonios! Verdad que lo cambié”. Rápidamente se convirtió en rueca.

Las hadas, desesperadas, comenzaron a gritar: “¡No la toques Kerlys, no vayas a tocar el huso de esa rue….”

Lo último que le oyeron decir, entre un bostezo y antes de caer al suelo, fue: “¿Cuántas veces les tengo que decir que no me gusta que me llamen Kerlys?”. Fiel a la profecía, Kerlys Aurora se había pinchado con el huso de una rueca, y ahora dormía en un impenetrable sueño.

El hada menor vio a la princesa en el suelo y se dirigió hacia la mayor. "¿Cuando le concediste tu regalo, no pudiste darle el don de no tocar lo ajeno?", preguntó. "Bella, pero bruta". El hada mayor no tuvo tiempo de contestar. En ese momento, Maléfica volvió a aparecer, le hizo un guiño a las hadas y les dijo: “Avísenme cuando sea el próximo bautizo. Dulces sueños Kerly-Kerl”.

Con un pesar sobre los hombros, las hadas cargaron a la bella durmiente hacia el castillo de su padre. Allí el Rey las mandó a azotar por ineptas, muriendo ejecutadas sin posibilidad de defenderse con magia. Luego hizo colocar a la princesa en una cama llena de popurrí de lavanda para que por lo menos no oliera mal con el transcurso de los años. Iba a visitarla todos los días, echándole los chismes del reino, mientras le limpiaba la baba que salía de sus labios, con el remoto deseo que despertara. Pero la princesa Kerlys solo roncaba.

Al cabo de un tiempo, el Rey hizo lo sensato. Se casó nuevamente,  tuvo tripochas e invitó únicamente al hada Maléfica para que fuera madrina de las tres. En el bautizo, Maléfica, pasada de tragos, se congració con el Rey y accedió a subir a la habitación de la princesa Kerlys para deshacer el conjuro. En el camino se atragantó con dos papitas de leche, muriendo ahogada frente a la puerta del cuarto.

Al poco tiempo el Rey perdió su trono como consecuencia de la llegada de una bestia que luego resultaría ser un príncipe encantado. Los chambelanes de la corte intentaron por todos los medios que besara a la joven princesa para cumplir la leyenda del despertar con un beso de amor, pues necesitaban el cuarto con urgencia para meter un Jacuzzi. Pero el aliento de la mujer era tal, que hasta la bestia le parecía desagradable, por lo que hizo cubrir su habitación con una hiedra de rosas para perfumar el ambiente, el cual con el tiempo se convirtió en un infierno de espinas.

Pasaron cien años sin que un príncipe besara a la princesa durmiente. Como ni Maléfica ni el hada habían decretado qué sucedía después de los cien años, Kerlys Aurora despertó. Su cuerpo no había madurado, permanecía igual de bella que cuando tenía dieciséis, asunto que la contentó hasta que se vio las manos y pensó que debía hacer una cita para que le cortaran las uñas. Luego, se enjugó las lagañas, se limpió las costras de baba pegadas a su boca, estiró sus brazos y vio como el cuarto donde dormía estaba cundido de espinas.

Sintió hambre e intentó levantarse de la cama para buscar algo de comer. Pero cien años en la misma posición no activan a nadie, por lo cual se tendió nuevamente sobre el popurrí podrido, cambió de posición, se puso una almohada bajo el cuello y decidió seguir soñando, bajo un antifaz con pestañas pintadas con lentejuelas.

Y así murió una princesa a la que le dio flojera vivir. Todo porque a un hada no la invitaron a su bautizo y a las demás no se les ocurrió concederle el don de la pro actividad.-

-FIN-

2 comments:

Engelbert said...

Excelente historia mi pana! Recien ahora me encuentro con tu blog y puedo constatar tu chispa y tu talento. Felicidades! Claramente eres parte de la generacion de relevo de los libre pensadores de nuestro pais, los cuales o se estan yendo o nunca nacieron en el. Keep up the good work! Awesome writing!

amarres de amor said...

buena historia, me ha gustado mucho, buen post. saludos

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