Wednesday, June 4, 2014

Una Hora Loca en Barquisimeto (Con Stalkers y Todo)

 
 
Este fin de semana estuve en Barquisimeto invitado por la Librería el Clip para presentar mi libro “La Hora Loca”. Con todas las protestas de este año en Venezuela la verdad es que el libro se ha vendido solo (¡ya casi llego a las 4000 copias vendidas!) y no había tenido oportunidad de hablar sobre él frente a una audiencia. Cuando me llamaron de la librería para preguntarme si estaba interesado no dejé pasar la oportunidad, agarré mis maletas y me fui hacia el estado Lara.

Hay una cosa que me impresiona sobre los barquisimetanos y es lo amables que son. Yo no sé si es el color del cielo, que el calorcito es constante o que en verdad los caraqueños somos una cuerda de antipáticos sin tiempo para nada. Con orgullo debo decir que en Barquisimeto me adoptaron como si yo fuera un primo perdido de la capital, donde inclusive tengo hasta stalkers. Pero sobre eso contaré más adelante.

La Librería El Clip está ubicada en el Centro Comercial Los Leones y este año cumple cuarenta años. Hace meses cuando me escribieron para pedirme libros, le pregunté a mis amigos guaros sobre la librería. “Es de toda la vida”, me respondieron. Mandé las cajas inmediatamente. A mí me encanta la gente de toda la vida.

Cerca de las cinco de la tarde del día de mi presentación, me vestí en el hotel con una pinta que creía era digna de un autor serio. Mi cara salía en dos periódicos de la ciudad así que por lo menos debía aparentar ser respetable. Eso todo se perdió cuando llegué a la librería y constaté que el público que me esperaba era tan dicharachero como mi libro. Esto lo digo de la mejor manera posible. Llegar jurando que vas a tener que dar una disertación sobre narrativa y que el público te espere con sombreros de cotillón en la cabeza,  me hizo darme cuenta al instante que en Barquisiemto también hablan el idioma “Toto”.
 

Ver a cuarenta personas con sombreros de cotillón, sentados en sillas al compás de música típica de hora loca, me relajó completamente. Ahí me di cuenta de que íbamos a pasar una tarde sensacional. Mientras Betzaide, la amabilísima dueña de la librería, le contaba a la audiencia sobre mí, yo veía a la gente. A algunos se les veía que se habían leído mi libro, otros que ni idea pero igual vinieron y otros que pasaron por la librería y como vieron que se repartía cotillón les pareció el perfecto lugar para pasar la tarde. Un lugar donde se repartan serpentinas siempre es un buen spot para estar.

A mí me pusieron una corona sobre la cabeza, cosa que me puso nervioso de inmediato, hasta que alguien gritó: “Toto, quítate la corona que lo más bello de ti es tu calva”. De haber una tienda de anillos al lado de la librería, hubiera salido a comprar uno de compromiso y pedir matrimonio en ese instante. Ahí fue que entendí que cuando uno presenta algo que es suyo, siempre tiene que ser uno mismo, así sea con su helipuerto al aire.

Comencé haciendo lo que yo catalogo como una especie de standup (mi primera vez debo decir) sobre el concepto de las horas locas en Venezuela y después les leí el cuento de mi mamá y los mazapanes de Mechita Baldó en el aeropuerto. Si Mechita Baldó quiere irse a Barquisimeto mañana, seguramente va a vender sopotocientos mazapanes porque la gente se rió full. Luego leí el cuento “¿Y Qué Hacemos con La Cajita?” y terminé con el cuento del chivo contado por Miss Alice que terminó por sacar la casa por la ventana.
 

Gocé leyendo mis cuentos. Nunca los había leído en público y la verdad es que me gusta el ritmo que tienen para ser leídos en voz alta. Consideré en ese momento grabar un audio libro hasta que recordé que yo no me soporto la voz ni en mi contestadora.

Lo mejor de la experiencia fueron las preguntas, sobre todo de gente que se ha leído el libro o es visitante asidua de este tea party. Ponerle cara a esas personas que sé me han escrito ya sea por el Twitter o por comentarios en el blog es cheverísimo. Lo que sí fue todo un momento rock star fue cuando una chica levantó la mano y me dijo: “Hola, yo y mi amiga somos unas ‘Yo Te Leo’ que vinimos desde Portuguesa para verte”. Ahí yo hice plop!

Ese fue el momento más Mick Jagger que he tenido en mi vida. A mí no me viene a ver ni mi tía que vive en La Lagunita y que me pasen este tipo de cosas es una sensación increíble. Yo no tengo manera de explicar cómo es que los cuentos de un sifrino que escribe historias de La Castellana hacia el Ávila puedan tener resonancia en otras partes del país. Quizás sea una cuestión de que todos estamos en esto de buscar el buen humor. O de repente es que mi calva es burda de sexy, no sé.

Al terminar la presentación firmé libros y me tomé fotos con todos los asistentes aunque mi momento más cómico fue una pareja que vino con mi libro ya firmado. La esposa me dijo: “Vengo a ver si de verdad ésta es tu firma porque yo tengo una apuesta desde enero que mi esposo me conejeó y lo firmó él”. Se lo volví a firmar: “Verificado por la Comisión Anti Cuaima”. El esposo me dio un high five.

Ya de regreso a mi hotel me fui hacia un balcón oscuro a fumarme un cigarro y quitarme el ego que producen este tipo de eventos antes de subir a cambiarme porque tenía un matrimonio allá esa noche. Pero el ego no se fue, pues en medio de mi cigarro dos figuras oscuras se acercaron para decirme: “Quieto. No te vamos a hacer nada”.

Joder, me asaltaron en Barquisimeto.

Cinco segundos después las figuras oscuras se pusieron en un lugar donde podía verle las caras. Eran las niñas más bellas y simpáticas imaginables. Me dijeron: “Somos tus fans, no pudimos ir a la presentación así que te vinimos a stalkear a tu hotel porque queremos una foto contigo”. Les agradecí por mi segundo momento Mick Jagger del día, advirtiéndoles que nadie, jamás y nunca, por más admiradora que sea, debe presentarse con una frase como: “Quieto. No te vamos a hacer nada”. Y menos en este país.

Me senté en la piscina con estas dos locas a conversar sobre su trabajo. Son unas mujeres sensacionales que tienen una compañía llamada Foto Captura donde, además de stalkearme, se dedican a fotografiar fiestas infantiles. Fue cómico porque yo empezaba mis cuentos y ellas terminaban mis frases. Yo decía: “Oye, me fui de viaje recientemente y conocí a un fotógrafo…” y ellas decían: “Sí, en Escocia lo sabemos”. O, “bueno saben que en mi casa trabaja una señora divertidísima que dice que las piñatas son…”, y ellas me interrumpían con: “¡Claro! La Comae Josefa. ¿Cómo está?” Por no dejar, les pregunté si sabían el código de seguridad de mi tarjeta de crédito. No se lo sabían. Respiré aliviado.
 
Aquí junto al Club de Stalkers de Toto. División Lara

Ya tarde en la noche, encorbatado y gozando de un matrimonio entre amigos donde a nadie le importa mi libro (porque para eso están los amigos), me puse a pensar en que la gran lección que me llevo de Barquisimeto es que el buen humor es una necesidad en este país como lo es el aceite. Todos queremos tener treinta minutos al día para reírnos de nosotros mismos, de nuestras costumbres y de todo lo que nos hace ser como somos.

Vivimos constantemente en una fila, diciendo “¡qué bolas!” con cada noticia que sale de la boca del Gobierno y rezando para que un día la normalidad llegue a ser la norma y no la excepción. Ese día llegará. Mientras tanto, Barquisimeto me comprobó que cualquier puede ponerse un sombrero y tener una hora loca. Sin importar de donde venga, la verdad es que el venezolano lo único que busca más que la paz, es reír con alegría.

Y yo estoy plenamente contento con que así sea.

¡Gracias Barquisimeto y todos los que fueron a la presentación!

1 comment:

Alejandrina Sosa Marante said...

Chico, menos mal que no habia una joyeria al lado de la libreria, porque ni la bella calva te hubiese salvado de mi negativa, si llegabas a pedirme matrimonio con un anillo que si de oro amarillo o rosado.

Mi novio por lo menos ya sabe que tiene que ser de oro blanco. Y mira tú, también es calvo.


Genial verte.

Un beso,


Nina, la de Everybody-talks-about-my-blog shirt.

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