Wednesday, July 2, 2014

¿Importa la Edad en estos Tiempos Modernos?


Mi papá siempre cuenta sobre unas tías solteras de él que eran bellísimas. Tan bellas que al cumplir sesenta años y se descubrieron unas arrugas se suicidaron. A mí me parece un caso de cachaperismo incestuoso escondido más que un tema de vanidad, pero mi papá dice que yo no debo hablar de esas cosas (como no me dijo “escribir” pues lo uso como apertura a esta entrada).

Digo esto porque yo rara vez pienso en las edades. Cierto, hubo una época en la que me moría por tener dieciocho y otra por tener treinta. Los treinta me han gustado más pues siento que yo toda la vida he debido tener esa edad. Por años fui un adulto atrapado en una edad que no iba acorde con mi personalidad. Cuando tenga cincuenta me imagino que cambiaré de parecer y diré que tener cincuenta es lo más sexy del mundo. O me suicidaré y comprobaré que lo de las tías no era un acto de vanidad, sino que es una tara familiar. Sí es así, por favor vayan a mi misa.

Como toda década, es shocking darse cuenta del camino recorrido. Llamé a mi mamá a Paris el día que cumplió sesenta años. “¡Soy una mujer de sesenta! En treinta me muero”, me gritaba por teléfono. Yo le respondí: “Eres una mujer de sesenta con un marido que parece tu novio comiendo quesos en la Rue de la Paix. Deja el fatalismo que las tías suicidas no son familia directa  tuya”. Eso le gustó. Ella es de las que admite su edad y siempre la completa con la frase: “la misma edad que tuviera Chávez”. Eso le da más punch a su causa porque significa que ella ganó. Pero cuando se cumple una década siempre está un momento de reflexión para pensar si tienes todo lo que has querido o si te falta algo por hacer.

A mí me gusta la gente que admite que esconde su edad. Yo soy diez días mayor que Roche Bonche mi amiga y por alguna razón siempre tengo 34 y ella 28. Me encantan las abuelas que no dejan que sus nietos vean su cédula para no admitir su edad. También me fascina la gente atemporal que no tiene edad y quiero llegar a ser la gente que no importa su edad, siempre tienen el mejor cuento sobre algo que le pasó a una edad particular.

Ahora, no todo el mundo es como yo. Hay gente que le aterra admitir su edad porque sienten que con eso el muro de fortaleza que se han creado, ya sea con su trabajo, su talento o su persona, se derrumba con tan solo la admisión de su fecha de nacimiento. Por eso para mí me resulta curioso cuando tocamos el tema de las edades entre amigos, porque como yo no pregunto edades, siempre que me entero no puedo esconder mi asombro y dejar de preguntar: “¿En serio tú tienes cuarenta y nueve?”

Me pasó en una tertulia de Buchanan’s que organicé en mi casa, donde el tema de la edad surgió por un faux pas mío. Como el objetivo de cada reunión es darle el brindis más especial de todos a cada uno de mis invitados, reuní a un grupo al que admiro porque tienen buena conversación. Eso es un arte que hay que agradecer. Hay personas que sin importar su oficio -aquí habían cineastas, locutores, periodistas, caricaturistas, fotógrafos, diseñadores y arquitectos- son interesantes para conversar sobre lo que sea.

Mientras alzaba mi copa brindándole una palabras a cada uno de ellos, les recordaba un cuento que habíamos tenido juntos donde la conversación había sido particularmente digna de un libro. Uno a uno fui hasta que llegué a Concha Acústica (sobrenombre seleccionado porque sus cuentos deberían ser contadas en la Concha Acústica de Bello Monte para darle eco). Ella es una de mis personas favoritas en el mundo porque es feliz tanto en la Tasca de Juancho como en misa. Al terminar de brindar por ella le dije: “y sobre todas las cosas, brindo por la Concha Acústica porque hoy cumple cuarenta años y es increíble como ha vivido cuarenta décadas que ameritan una biografía completa”.

Yo no sé si alguien se acuerda de esto: Cuando Tom Hanks ganó un Oscar como Mejor Actor por Philadelphia, agradeció a un profesor en su ciudad natal por ser la inspiración detrás del personaje gay que interpretaba. Nadie en esa ciudad sabía que el profesor era gay y sin saberlo, Tom Hanks lo sacó del closet. Luego se haría una película llamada In & Out con Kevin Kline sobre este episodio. A juzgar por la cara de mi homenajeada, el caso de Tom Hanks con su profesor fue peanuts al lado de esta revelación de edad.

Concha no se molestó conmigo, tiene demasiada personalidad para eso, pero como me contó luego del brindis: “Es que fue impactante porque era la primera vez que oía mi edad en público”: Yo le respondí: “Bueno si había un momento para decirlo era aquí entre amigos, y ya por lo menos salimos de eso”. Eso suscitó una conversa en el grupo donde cada quien reveló su edad y ahí me di cuenta de que uno de los más chamos en todo este grupo de amigos, con quien he estado por años y me encantan, era yo. Y por chamo lo que quiero decir es que era uno de los dos que tenía menos de 35 años.

Eso jamás lo había pensado porque, como dije, para mí todo el mundo tiene mi edad y yo no soy de los que voy a dejar de salir con una persona porque no nació en la misma década que yo. Pero no puedo evitar de pensar: ¿a medida que se cumplen más años, molesta la admisión de la edad? ¿Es la edad el chiste más grande que nos jugó Dios a los modernos?

Mi abuelo Branger siempre fue la persona más joven que yo he conocido en mi vida. Su manera de llevar una conversación con cualquiera, fuera sobre vino, los Borbones o un reproductor de música, era increíble. Salvo la vez en la que llegó un odontólogo narciso a su casa con una correa con las iniciales de Dolce & Gabbana y él no se contuvo y le preguntó si las iniciales DG significaban “Dentista Graduado”, jamás lo vi opinar sobre lo anticuado que él se consideraba, ni lamentarse por cumplir años que lo alejaban del club y lo confinaban a su escritorio.

 “Lo que lamento es no poder tomar cómo quisiera”, solía decir, “pero por la edad solo se debe preocupar el whisky”. Mi abuelo siempre se consideró moderno, un hombre de su edad y de esta época durante todas las épocas (de hecho opinó una vez que el problema de las tías suicidas era que jamás lo habían llamado a él para hacerles el favorcito en la cama).

Creo que esa va a ser mi actitud durante toda mi vida. Hay edades estándares para casarse, mudarse, hacer un postgrado y tener un Golden Retriever, pero ¿quién tiene edad para ser estándar? Yo no sé si seré el cuarentón soltero que se lanza en parapente y tiene un rancho en Caruao donde pinta mujeres tatuadas, el cincuentón maratonista con dos hijos perfectos y un periquito, o el sesentón calvo que escribe porque no tiene más nada que hacer. Lo que sí sé es que por la edad no me preocupo. Todo a su ritmo, todo a su tiempo, solo arrepintiéndome por las conversaciones que aún no he tenido con la gente con la cual vale la pena conversar.

Sí, es un coñazo volverse viejo, y no todo el mundo tiene que estar tan cómodo con su edad. Pero lamentarse por una arruga al extremo del suicidio, o porque llegar a los cuarenta es la confirmación de que no has hecho nada cuando en realidad has hecho de todo no vale la pena. A fin de cuentas, la edad es solo un número en la cédula de identidad. Las experiencias, ya son otra cosa que en nada tiene que ver con cuántos años tengas tú. Y esas sí que valen la pena saber cuáles son.-

1 comment:

Anonymous said...



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