Friday, January 31, 2014

Yo Veo Premios Por La Egoista de Meryl Streep


Me confieso fanático de las entregas de premios. El solo ver que una persona recibe una distinción de parte de otra, ya sea un trofeo, una medalla, o un vale para una merengada en Migas, me emociona. Vivimos en un mundo tan lleno de malas noticias que cuando alguien sube a un podio a aceptar su triunfo yo aplaudo. A menos que le den un premio a Taylor Swift. Ahí solo bostezo.

No he logrado encontrar el punto exacto en la historia cuando los humanos comenzamos a darles premios a otros. Mi apuesta es que surgieron por accidente. Seguro un cavernícola entró en una cueva con un conejo despellejado al hombro y se encontró con que su esposa había dado a luz a un nuevo cavernicolito. Lo que el hombre pensaba iba a ser su almuerzo la mujer lo tomó como su nueva pañalera de conejo.

Ha debido surgir así, por accidente, pues el homo sapiens es egoísta por naturaleza. Y el que dice que no es el pobre pendejo que se pasa toda la noche muerto de hambre porque le da pena agarrarse el último tequeño de la bandeja. Pero no se ve bien decir que somos egoístas por lo cual mi otra teoría para entregar premios es que a los egoístas encubiertos nos encanta un bonche. Así que organizar una ceremonia de premios era el próximo paso.

Me molesta la falsa humildad de un actor cuando en una ceremonia de premios se levanta a recibir su Golden Globe y dice: “Guao, en serio no me lo esperaba”. Hombre, no niegues tu egoísmo. ¡Claro que te lo esperabas! Has esperado este momento desde que lo practicabas con una botella de champú frente al espejo. Lo que no te esperabas es que iba a haber tanto alcohol en la ceremonia de premios.

La teoría del bonche es válida hasta para las ceremonias de premios donde no hay alcohol. Tomemos los Oscar. Lo que quizás comenzó como una fiesta atómica en casa de los Fairbanks en los años veinte, probablemente se convirtió en: “¿Se acuerdan el año pasado en casa de los Fairbanks cuando la señora se volvió como loca y comenzó a repartir esculturas? ¡Vámonos otra vez para su casa a ver si lo repite!” Por eso es que ya no hay caña en la entrega de los Oscar. Hubo que poner orden en la pea para prevenir el saqueo de los egoístas.

¿Y por qué me deleito por una entrega de premios cuando la premisa está basada en que surgieron para ocultar nuestro egoísmo? Pues por la egoísta de Meryl Streep. ¡Sacrilegio, muchacho! ¿Cómo vas a decir que nuestra Santa Meryl Gregoria de Las Mercedes Streep es una egoísta? Porque lo es.

Con 18 nominaciones al Oscar, Meryl Streep ha ganado tres veces y perdido en quince. ¿Puede ser mejor actriz perdiendo, por Dios? Cuando pierde, Meryl sonríe como la cuarta finalista del Miss Universo soñaría en hacerlo. Aunque se merezca el premio, jamás sabremos si a La Streep le provocaría subir al escenario a caerle a arañazos a la que le arrebató el Oscar. Y por eso es egoísta. Porque nos priva de un momento Trending Topic al enseñarnos cómo debe comportarse un perdedor.

 ¡Y cómo quisiéramos los egoístas que hubiera una trifulca entre actrices en vivo! “¡Mío, ese premio era mío!” O que Alemania le tumbara la Copa del Mundo a Brasil. Das trophae ist mein!“ O que la primera finalista le arrebatara la corona a la Miss Mundo. “Dame acá… ¡Suelta! ¡Suelta! ¿Pero mijita cuánta laca te pusiste tú en esa cabeza?”

¿Admitiríamos públicamente que nos gozamos su comportamiento? No. Gracias a Meryl Streep los egoístas tenemos que ser moralistas con el fair play. Hasta el día que en verdad se entarime y ahí gritaremos: “¡Es una de nosotros! “Y solo ahí sabremos que nos habremos expuesto los egoístas que dan premios para aparentar no serlo.-

Wednesday, January 29, 2014

Venezolano, Maleteado y Sin Hogar



Gravedad, el más reciente largometraje del mexicano Alfonso Cuarón, cuenta la historia de una astronauta, interpretada por Sandra Bullock, que trabaja por sobrevivir luego de que un accidente la deja flotando en el espacio a 600 kilómetros de la Tierra. Muy similar a Dorothy Gale en El Mago de Oz Bullock lo único que quiere hacer es llegar a casa.

No solo en películas se cumple esta premisa. Regresar al hogar es una fórmula que ha funcionado desde los tiempos de Ulises. En novelas como Lo Que El Viento Se Llevó, a Scarlett O’Hara la dejan por malcriada “yankeeburguesa” y se regresa a su finca. En comiquitas como Candy Candy, la protagonista renuncia a sus prácticas de zorra y se devuelve al Hogar de Pony.

Otros no corren con la misma suerte de regresar. Ya sea por exilio, destierro o porque sencillamente el hogar no existe. En épocas estalinistas, por ejemplo, se eliminaron fronteras para fusionar los pesos étnicos de manera controlada. Para cuando Kruschev ordenó la destalinización, los pobladores originarios volvieron a sus tierras. Ahí se dieron cuenta de que su ciudad natal no solo era diferente, incluso se hablaba otro idioma.

Ahora, ¿qué pasa cuando el hogar sí existe y nadie quiere volver a él? ¿Qué pasa cuando la puerta de entrada está igual de abierta que la de salida pero por una entran los sin maleta y por otra salen los maleteados?

Son términos contradictorios. Mientras Venezuela se ha convertido en el nuevo hogar de chinos y haitianos, los que la hicieron suya por décadas, tanto los nacidos como los venidos en épocas recientes, hacen sus maletas, que no de cocaína sino de sueños frustrados, en búsqueda de algo que según los cuentos y las películas, debería estar aquí.

Sin embargo, Venezuela despide a una clase media con cifras alarmantes. Según un estudio, más de 12.000 científicos venezolanos viven afuera. En otro, se afirma que entre 1999 y 2012, más de 8.000 venezolanos solicitaron asilo en los Estados Unidos. El fenómeno se observa hasta en la clientela que solicita traducciones legales para tramitar sus visas de residencia en el exterior. Si bien antes eran hijos de familias de clase media alta, hoy lo son familias completas de la nueva clase media. La de PDVSA.

Regresar, por ahora, no parece ser una opción. ¿Cómo serlo? ¿Quién se devuelve a un hogar con una inflación del 50%? ¿Quién retorna a una tierra donde el promedio mundial es de 11 homicidios por cada 100.000 habitantes y el de Venezuela es de 45? ¿Quién quiere vivir en un país donde la búsqueda de la suprema felicidad está en decretar días de lealtad al ex Comandante vejado por la “burguesía fascista parasitaria y minoritaria”?

Aparentemente los chinos. Basta montarse en un vuelo Air France de regreso al hogar para darse cuenta de que el único no asiático a bordo es el que de veritas se crió entre arepas y estampitas de la Coromoto. Cada año que pasa, los venezolanos le dicen adiós a los árboles de mamón y pasan a flotar en el espacio como Sandra Bullock. La diferencia es que ella regresó a su hogar 24 horas después. La data confirma que el venezolano maleteado no va a ser tan rápido en regresar al suyo. Patria querida.

Tuesday, January 28, 2014

Los Hombres También Se Niegan A Vestir Santos


 
Juan Pablo Galavís, 32, arribó en limosina a una mansión en Los Ángeles, California. Rubio y con porte de futbolista, que lo fue profesionalmente, conoció allí  a Desirée Hartsock, una bella trigueña estadounidense. Al saludarla, le regaló un chocolate Toronto “de mi país” y le enseñó a cómo pronunciar su nombre. El bombón no se derritió tanto como sí lo hizo Desirée por el acento latino de Juan Pablo. El primer venezolano en participar en el reality show The Bachelorette había llegado para competir junto a otros 24 galanes por la mano de esta bella mujer.

Doce episodios después, entre los cuales jugó fútbol, se besó dentro de un iglú, y mostró fotos de su hija Camila, Juan Pablo quedó eliminado de la competencia. Poco importó que Desirée no eligiera al otrora residente de Barquisimeto como marido. La cándida simpatía de Juan Pablo lo catapultó hacia los corazones de la fanaticada, llevando a la cadena estadounidense ABC a ofrecerle ser el primer protagonista latino en The Bachelor, la versión masculina del programa, para la temporada 2014.  

Vivimos en una sociedad obsesionada con la erradicación de la soltería. Que lo diga la propia ABC, productora de The Bachelor quien ha cautivado a audiencias mundiales por diecisiete temporadas, en las que un hombre guapo como Juan Pablo acude a citas con 25 mujeres en locaciones paradisíacas con el objeto de encontrar a su futura esposa. El mensaje del show es que ser soltero es sexy, pero estar casado es mucho mejor.

La falta de pareja es una causa de preocupación social porque se cree que la soltería es un hándicap. Que lo diga nuestro verdadero bachelor, Henrique Capríles. El Gobernador de Miranda podrá viajar por todo el país, insistir en la impugnación que le quitó una elección y ser bandera en la campaña de las pasadas elecciones municipales. Pero el tema de su soltería sigue estando en el tapete. Un hombre solitario de cierta edad siempre es percibido como raro.

Sin embargo, y a pesar de programas casamenteros como The Bachelor, la data prueba todo lo contrario. Por lo menos en Venezuela, ser soltero está más de moda que nunca. Las estadísticas del Censo Nacional (2011) revelan que en menos de diez años los hombres casados descendieron de 30,5% a 24,8%. Y si bien la tasa de parejas unidas en concubinato creció, no es menos cierto que el 42,5% de los hombres mayores de edad en Venezuela están solos en este momento. El raro entonces, no es ni Henrique Capriles ni Juan Pablo Galavis. El raro es el ahora muy casado Nicolás.

Pero sin importar lo que digan los números, nadie dice “felicidades por tu soltería” sino “ya vendrá”. Para el soltero Juan Pablo eso se está cumpliendo con el estreno de su temporada de The Bachelor este mes. ¿Tendrá éxito en acabar con su soltería frente a una audiencia promedio semanal de 7 millones de personas? Probablemente no. En las 17 ediciones que lleva el programa, el 88% de sus protagonistas terminaron igual de solos que cuando comenzaron. Los hombres también visten santos aunque muchos lo nieguen. A fin de cuentas no solo las mujeres pegaron barajitas en el álbum Amor Es… alguna vez.

Monday, January 27, 2014

La Pirámide de Juan Barreto vs. Las Torres de Stalin


Cuando la Revolución Bolivariana termine, una de las cosas por las cuales nos vamos a tener que preocupar es por la recuperación del buen gusto arquitectónico. Suena tonto, cuando la verdad es que hay cien cosas más importantes, pero cuando la seriedad retorne al poder, tendremos que aceptar que nos convertimos en una sociedad que no sabe nada sobre la construcción de obras históricamente importantes.

De esto me doy cuenta en un viaje a Rusia en donde he visitado Moscú y San Petersburgo. Allí me impresiono tanto por el Salón Ámbar, una impresionante cámara decorada totalmente por paneles formados por miles de astillas de ámbar en el palacio Tsárskove Seló, como por los rascacielos construidos durante la era de Stalin. Estos últimos comprenden siete torres parecidas a una torta de bodas las cuales fueron erigidas para venderle al mundo la idea del poderío soviético.

Ver estas edificaciones me da una envidia tremenda. Tanto los palacios como las torres permanecen de pie y no puedo sino preguntarme: ¿Cómo es posible que  edificaciones que históricamente se contradicen, hayan subsistido unas al lado de otra? ¿Cómo puede el Kremlin conservar todas las carrozas reales de la misma manera en que el Metro estalinista resguarda sus obras que glorifican al obrero?

Los soviéticos comprendieron una cosa, lo artísticamente importante se preservaba. Cierto, cientos de catedrales fueron derribadas por no comulgar con los objetivos revolucionarios. Pero a las más importantes, les dieron otro uso, ya fuera para que sirvieran como una pista de patinaje o como un museo del ateismo.

Cuando la Unión Soviética colapsó, Rusia comenzó la reconstrucción. Aprendieron a convivir con todas las etapas históricas que los identifican. Las siete torres de Stalin hoy en día sirven como un ministerio, una universidad, apartamentos privados y un muy imperialista Hotel Radisson. Ningún período se rechaza. Simplemente existe y convive porque eso conforma parte de la historia de Rusia (aunque irónicamente, lo menos publicitado y lo más difícil de visitar sea el cuerpo embalsamado de Vladimir Lenin).

Todo eso me lleva a preguntarme en mi recorrido: ¿Qué rescatáramos nosotros cuando la Revolución sea un recuerdo? ¿El Salón Néstor Kirchner en Miraflores? ¿La Virgen con metralleta del Colectivo La Piedrita? La falta de buen gusto ha visto al madurismo erigir edificios con la firma del Comandante que aunque cumplen la misma función propagandística de las torres de Stalin, no son más que ranchos verticales. El Museo de Arquitectura es para taparse los ojos, el Mausoleo de Bolívar para negarlo y la pirámide rosada de Juan Barreto para rascarse la cabeza.

No hay nada importante construido en Venezuela hoy en día que permita dar referencia del poderío bolivariano en el futuro, mucho menos sobre su estética. Mi gran temor es que la Revolución subsista por más tiempo y las pocas edificaciones de buen gusto que todavía permanecen de pie no sean más que un recuerdo destrozado por quienes vieron en Moscú un aliado comercial y no un modelo de conservación arquitectónica a seguir.

Sunday, January 26, 2014

La Comae Josefa y El Postre Inolvidable


Una de las cosas que más me encantan de la Comae Josefa es que es demasiado predecible con las comidas en mi casa. Si uno llega de viaje ella te “sorprende” con un lomito y papas fritas. Si uno cumple años te hace pasta con salsa de brócoli y si decides inventar una cena en casa te hace pollo al curry. No hay ni que mencionarle nada, uno simplemente dice: "Llego mañana, cumplo mañana o vienen cien mañana" y ya eso está en el horno. Ahora, lo más predecible es con sus postres. Esos los hace cuando ¿Quién Tiene La Razón? pasa un capítulo repetido.

Hace mil años llegué de casa de mi amiga Manuela Zárate a contarle que en su casa hacían los mejores brownies del mundo porque salían chiclosos y claritos. Josefa se picó. Tanto que entre el paso de Pasionaria a Mundo de Fieras ideó una receta con leche condensada, haciendo que sus brownies le causen un coma diabético a cualquiera. Una bandeja de brownies en mi casa dura lo que tarda en llevarlos de la cocina al comedor.

No le pasa así con los pies. Aunque no se lo digo, jamás ha podido dominar el batido del pie y la masa siempre le queda tan dura que hay que agarrarlo con las manos para comérselo. Uno lanza un pie de Josefa cual frisbee y no se parte, lo juro. He hecho la prueba. Pero, ¿cómo decirle a una cocinera que hay platos que no le quedan bien? Se larga de regreso a Colombia en menos de tres minutos. Eso es como decirle a una madre primeriza que su bebé tiene el mismo bigote que Nicolás Maduro. No se hace. Aunque provoca.

La semana pasada pasó un episodio en mi casa que se lo tenemos escondido. (Si alguien llega a mi casa no se lo pueden contar pero a mí me parece sensacional echarlo aquí). Mi abuela llegó de viaje encontrándose con su apartamento inundado por lo cual decidimos invitarla a cenar. Enterándose de que la Nonna flotaba por el apartamento, Josefa decidió esmerarse en la cocina. Sacó la receta del cumpleaños (pasta con salsa de brócoli), “porque Don Totín esa tragedia acuática hay que compensarla casi que con velas, mijo” y se puso a cocinar. “Lo único que no tengo resuelto es el postre”, me dijo. “Ay ¿qué le gustará a la señora?”

No le presté mucha atención porque me supuse que haría brownies. Pero Josefa entró a la despensa y encontró algo que la ilusionó. Era un tarro de algo que nunca había hecho pero ,según me comentó después, le había entusiasmado porque lo había visto en el Gourmet Channel (por lo general ella ve Portadas pero a veces la cacho poniéndose exquisita). Josefa decidió ahí en la despensa prepararnos un pie de arándanos.

La cena fluyó con normalidad. Mi abuela estaba encantada de que esa noche no iba a comer con alitas flotadoras en los brazos. Los platos iban y venían con la pasta que de verdad le queda a Josefa sensacional. Terminados de comer, Josefa entró al comedor y puso el pie de arándanos recién salido del horno en el ceibó, listo para picar. Mi papá y yo nos veíamos en silencio, estupefactos que la Comae Josefa se hubiera salido de la rutina con un postre diferente. Pero por alguna razón no nos provocó en ese momento, por lo cual mi abuela fue la única que pidió le sirvieran un gran pedazo. 

Josefa vio a mi abuela probar su primer bocado y se fue airosa hacia la cocina. Nada le puede dar más orgullo a una cocinera que un comensal se trague esa primera cucharada. A mi papá y a mí nos vio con cara de “los agarro después por no querer probar mi pie de primeros”.

Continuamos echando cuentos en la mesa con normalidad mientras mi abuela se comía su pie en silencio. De repente mi mamá comentó: “Oye, ¿no les huele como a cebolla?” Todos comenzamos a oler. La verdad es que sí, el tufo a cebolla era imperante en la mesa. Mi abuela continuaba comiendo su pie, aunque notabábamos que con cada bocado se encorvaba y arqueaba un poco.

Alguien siguió hablando pero el olor era latente en la mesa. Era raro por lo cual comenzamos a ver de dónde podía emanar, hasta que mi abuela, quien no se queja ni de su sombra, susurró: “No lo quiero decir porque me da pena con Josefa pero es el pie, ¡es el pie!”

Todos en la mesa probamos el pie para comprobar lo dicho por ella. Josefa se equivocó. No eran arándanos. Había hecho un pie de cebollas moradas caramelizadas.

Temiendo una fuga intempestiva hacia Colombia (con esto de la escasez estamos convencidos de que Josefa puede hacer maletas en tres minutos…. Cargarlas es otra cosa), decidimos hacer lo correcto. Alguien salió de la casa a vaciar el pie en el basurero, dejando solo unas migajas para aparentar. Cuando Josefa llegó hacia la mesa, el platón del postre estaba vacío.

“No puede ser, por mi madre Dora Guerrero, ¡que se lo han comido todo!”

En Friends, Monica, Ross y Joey no actuaron tan bien cuando Rachel le puso carne al trifle italiano como lo hizo mi familia con el pie de Josefa.

“Toto, sentía como si fuera el pie de shit que le sirvieron a la tipa en The Help”, me susurró mi papá.

Es verdad pensé, lo único es que mientras en The Help lo hicieron en venganza, Josefa lo hizo con amor. Un poco ácido ese amor, pero por lo menos dentro de todos sus platos predecibles, ¡por fin nos regaló un postre inolvidable!

P.D. El que sea asiduo de mi casa: No contarle esto a Josefa nunca. En serio  es capáz de lanzarme una de The Help antes de salir pitada a Colombia de la rabia si se llega a enterar de lo que hizo.

Wednesday, January 15, 2014

Me Niego a Ser Estafado


De regreso a Caracas compré en el aeropuerto un libro llamado La Ladrona de Libros de Markus Zusak. Uno de esos libros tan pero tan buenos que cuando las aeromozas en el avión me preguntaron qué quería beber ya iba por el capítulo siete. Y cuando me inquirieron si quería pollo o pasta las mandé a callar porque me habían interrumpido el clímax del capítulo veintitrés.

El libro se remonta a la Alemania Nazi donde La Muerte es la encargada de narrar la historia de Liesel Meminger. Dada en adopción, pasa a manos de unos padres no afectos al Nazismo quienes la enseñan a leer y a guardar secretos (el más grande de ellos un judío escondido en el sótano). Su gusto por la lectura la lleva a robar libros desde las hogueras de libros quemados erigidas para conmemorar el cumpleaños de Adolfo Hitler hasta la biblioteca de la esposa del Alcalde de la ciudad.

Me encantan los libros así, sobre todo porque la Muerte prueba ser un personaje delicioso. Alguien que advierta al principio de un texto: “He aquí un hecho, vas a morir” no puede ser lo contrario. La Muerte sencillamente hace su trabajo (admite en el libro que en la Alemania Nazi estuvo más ocupada que nunca) pero ofrece reflexiones importantes:

“Quise decirle muchas cosas a la ladrona de libros (…) Quise preguntarle cómo un mismo hecho puede ser espléndido y terrible a la vez, y una misma palabra, dura y sublime. Sin embargo, no abrí la boca. Solo conseguí hablar para confiarle a Liesel Meminger la única verdad que hago mía. Se lo dije a la ladrona de libros y ahora te lo digo a ti. Los humanos me acechan.

Al llegar a mi casa y ya con el libro terminado reposando sobre mi biblioteca me dispuse a hacer lo que hago cuando me gusta algo en demasía: recomendárselo a mis amigos. Uno de ellos me dijo que el libro acababa de ser llevado al cine y naturalmente no descansé hasta ver la película desde mi computadora (cosa que detesto pero estoy consciente de que esa película no va a llegar al cine venezolano sino en tres años).

La película es buena y los personajes y la puesta en escena son tal cual me los imaginé, pero me pasó un poco como Annie Wilkes en la película Misery. Hay una escena allí donde ella le cuenta a Paul Sheldon (su autor favorito a quien tiene secuestrado en su casa lo siguiente):


Eso fue lo que me pasó con La Ladrona de Libros. No es que voy a ir a secuestrar al director y meterle en mi casa como hizo Annie Wilkes con Paul Sheldon, pero detesté leerme el libro y luego ver la película porque me sentí estafado. Hay tantas cosas maravillosas en el texto que no aparecen en la película o que las resumen en aras de la brevedad que lo que me provocaba era rebobinar el tiempo, irme al set de grabación y gritar: “¡Ese no es el libro que se robó ahí! ¡No nos engañen!”

Tengo un problemita lo sé.

Ese es el asunto con las estafas. Te ofrecen un producto bueno pero tú sabes que hay algo mejor. Es como poner mostaza Heinz en un recipiente de mostaza Grey Poupon, como lo hizo Sylvia Drescher en un episodio de The Nanny. Crees que engañas pero en realidad no estás dando la enchilada completa. Por eso he pensado que a veces es mejor ver la película y después leer el libro. Yo todavía no supero El Conde de Montecristo en película. Un impacto visual, una blasfemia de edición de historia.

El barco en el que me monté durante las vacaciones me llevó a Jamaica. Y yo me imaginaba Jamaica como una isla de Margarita espectacular pero hardcore. Lo máximo que me llevaron fue a un downtown lleno de tiendas con los mismos llaveros y banderas de Bob Marley que se pueden comprar en Paseo Las Américas.

No me pasó en las islas Caimán. Como yo no sé nada sobre las islas Caimán salvo que siempre mandan a una pobre al Miss Universo que no clasifica y que cualquier documento de empresa que se respete se constituye bajo las leyes de esa isla, me quedé sorprendido y me gustó bastante. De repente es eso, lo que no conoces no te estafa, hasta que lo conoces demasiado y te puedes dar el lujo de decidir si te gusta o no.

Es lo mismo con las potenciales amistades. Cuando te dicen, por ejemplo, “lo tienes que conocer porque él tiene todos los reales del mundo”. Eso es una estafa directa. A menos que esa persona me firme un cheque al darme la mano, no tengo ningún interés en saber si es millonario o no. La gente se auto-estafa con los reales y lo peor es que venden a personas con brochure cuando la verdad la única descripción válida es si el millonario (o el pobre) es chévere o no.

Quizás sea cuestión de tomarse las estafas con soda pero cuando hay algo bueno uno no puede conformarse. En el país hay ladrones de todo tipo menos de libros y la estafa es que nos dicen: “Pero hay patria”. Pero yo sé, tú sabes y Annie Wilkes sabe, lo que es patria y esto no es. Insólitamente una de las noticias del día de hoy es: “Recomiendan no transitar ni accidentarse por autopistas de noche”. Ya va, ya va, ya va… ¡nadie escoge accidentarse en una autopista! Nadie dice: “¡Oh, que hombrillo más oscuro y tenebroso, déjame fundir el carro aquí!”

No me conformo con estafas. Las acepto porque a veces no hay nada que hacer pero me inquietan. Esto lo aprendí de La Zubi. Hace tiempo conté un cuento de ella en público una vez que me pareció comiquísimo. Ella tuvo un novio que la dejó por otra y al verlos en una fiesta se acercó y les derramó un whisky encima. Cuando terminé de contarlo, a todo el mundo le pareció lo máximo pero La Zubi no lo encontró divertido. “Vamos”, le dije, “es tremendo cuento y pasó hace mil años. Por lo menos ríete”. “Es que no me da risa”, me contestó, “porque tú estás diciendo que yo tomo whisky, cosa que detesto. Yo no les derramé un whisky encima, les lancé un ron”.

Monday, January 13, 2014

El Año del Pesi-Optimsmo


El calendario chino tiene sus ratas, dragones, leones y cualquier otra cosa que pueda ser pintada en una pieza de Mahjong. El 31 de enero, por ejemplo, comienza en China el año del caballo. No sé dónde demonios cabe un corcel en las calles de Pekín pues a juzgar por fotos ahí no cabe ni un dije de Mi Pequeño Pony. Pero los chinos son los chinos y no me puedo quejar de una gente que fabricó la misma silla donde estoy sentado y el mismo teclado en el cual escribo estas letras. Si los chinos quieren un caballo y no lo tienen, lo inventan y nos lo venden.

Esta mañana mientras me tomaba un café me puse a pensar en cómo veo yo los años. Hay gente que me dice que ellos lo ven lineal, como que uno sigue caminando. Pero eso me parece demasiado Forrest Gump de su parte. Hay otros que lo ven como un círculo completo, pero eso en mi cabeza es un Slinky. Los más optimistas son los que ven al nuevo año como un borrón y cuenta nueva. Por lo general, son las mismas personas que terminaron una relación fatídica en diciembre.

Yo no tengo visión espacial para imaginarme el año en círculos, triángulos o subi-bajas. Yo catalogo mis años en humores.

Me gusta pensar que éste es el Año del Pesimismo. Lo cual concuerda perfectamente con el año del caballo de los chinos porque así galopa y se acaba  más rápido. Es que me parece que esto es el 2013 resucitado. Como si el 20 de diciembre el 2013 se hubiera puesto en “Buffering 93%” para que disfrutáramos de las vacaciones pero todavía nos falta ese otro siete por ciento del 2013 por vivir.

A muestra de un botón, en Venezuela el Presidente Pajarito sigue, ahora matan hasta a las reinas, los anaqueles en los mercados están más blancos que un sostén de monja y todavía no hay pasajes. Llamar al 2014 el Año del Pesimismo es lo más optimista del mundo.

Por eso he decidido que no voy a pensar que éste sí es mi año como lo hago siempre. No, eso sería un optimismo irresponsable. Más bien voy a ser un pesi-optimista. El pesimismo en mi pesi-optimismo es por lo siguiente: cuando se acabe el 20134 y vea todo lo que pasó este año, podré decir con toda responsabilidad: “Sabía que iba a ser malo”. Lo de optimista en mi pesi-optimismo lo pongo porque esto es año del Mundial de Fútbol y esa verga es en Brasil. Si el Mundial de Fútbol y las garotas no me alegran tengo que sacar una afeitadora y ponerme a ver videos en YouTube sobre cómo rebanarme elegantemente una muñeca.

Creo que mi misión este año para convertirme en un verdadero pesi-optimista va por no arruinarles la experiencia a los demás. Es como cuando uno habla con gente que vive en Miami que te dicen que ellos más nunca van a regresar Venezuela porque se imaginan que bajarse en un supermercado requiere de un tractor blindado, siete escopetas y arrancar el espejo retrovisor para ponerlo en el carrito de compras por si acaso una vieja les quiere tumbar la leche.

Eso sí es pesimismo puro. Y yo le arruino la vida a los mayameros al contarles que la vida en Caracas no es así. Les echo a perder su imaginación diciéndoles que son unos exagerados. No hace falta un tractor para ir al supermercado. También se puede blindar un Corolla. Pero ellos se amargan porque prefieren creer que aquí se vive peor que en Chechenia. Si aquí en Caracas la vida fuera perfecta, ¿qué excusa tendrían ellos para no volver? Ninguna. Chechenia: 1 Caracas: 0.

Y por lo general soy muy buen embajador de mi país cuando estoy afuera pero como este año de pesi-optimismo no hay pasajes porque estamos acorralados gracias a los raspacupos (mis saludos), pues no me queda sino ser pesi-optimista con los que están aquí (convencer a un expatriado por Skype nunca funciona porque en el mejor momento de la pelea, la conexión falla y el video siempre se queda pegado). Y los que viven aquí son PEORES que los que viven afuera con su pesimismo.

Por eso en el 20134 me pienso convertir en ese tipo de gente a la que todo le parece una tragedia. Como cuando un hijo le dice a su mamá que va a salir y ella le responde: “¡¿A esta hora?!” No importa que sea un lunes a las nueve de la mañana, a ella eso le parece dantesco. Como yo lo veo, mientras más trágico sea en mi pesi-optimismo me voy a meter en menos problemas con las madres, abuelas y cualquiera que arme un zafarrancho porque no le parece lo que hagan los demás.

Voy a ser también una persona que le presta atención a la persona megáfono. Esta es la gente que entra a un banco y de una forma un peo. “Claro, claro, por eso es que estamos como estamos, porque aquí hay tres ventanas y solo opera una... Por supuesto que están en la hora de almuerzo, por supuesto… Claro, claro TENÍA que ser lunes bancario. Como aquí nadie quiere trabajar…” Ser una persona  que concuerda con lo que dice la persona megáfono me va a ahorrar el tener que callarlos en bajito. Un pesi-optimista de cepa jamás calla en bajito. Solo asiente. Si fuera de Alabama diría: "Aleluya".

También quiero ser una persona que dice “por eso estamos como estamos”. Y mucho. Y en mi otra vida quiero ser de Alabama solo para decirle "Aleluya" a toooodo.

También me voy a convertir en una persona que tiene el PEOR cuento de la sala. Me pasó en el 2013 que mucha gente es así. Fuera con un secuestro, un cuento en el mercado o una cajera que lo trató mal, todo es una competencia por saber quién cruzó tres estados para conseguir azúcar. Mi misión es ser la persona que no cruzó tres estados, atravesó la frontera. Yo creo que este es el año donde hay que subirle la barra al pesimismo exagerado.

Y me voy a transformar en este tipo de persona porque he descubierto que siendo optimista no sirve de nada, porque la gente más feliz es la que fue infeliz todo el año. Es la que llega al 31 de diciembre y recapitula todas sus tragedias –con megáfono y de manera exagerada– pero igual se va de viaje al día siguiente con una cava de cebiche de Fresh Fish para darle a todo el que se quiera sentar con él en la playa para hablar de MÁS tragedias. Un pesi-optimista esperanzado, que se rodea de gente que dice que todo está mal y con cada mes que pasa se da cuenta de que pronto viene todo otro año que promete ser mejor.

De repente así soy verdaderamente feliz. Pesimista pero con óptimo. De momento ese es el caballo al cual le voy. #pa'lantemarik

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