Tuesday, April 29, 2014

Conclusiones de un Soltero Pre-Tinder

 
 
Me llama la atención esta nueva aplicación llamada Tinder, una especie de red social para conseguir pareja. No he leído mucho sobre ella pero aparentemente agregas gente según su foto y luego esa persona decide con un dedo si te acepta o no para comenzar a chatear. Curioso, yo estaba bajo la impresión que eso se llamaba Facebook. Su lema es: "Cómo la vida real, pero mejor". No quiero sonar antagonista a la experiencia pero eso durante toda la adolescencia se llamó masturbación.
 

La verdad es que utilizar una aplicación para conseguir a alguien en la vida todavía es nuevo para mí pero a estas alturas del partido donde nadie sale por el hampa o la protesta es mejor tener una pareja virtual tipo un Tamagochi que no tener a nadie. Lo que me preocupa es que la gente me lo recomiende de la siguiente manera: “Métete, está metido todo el mundo”.
 

Ese es el problema, cuando de conseguir a alguien se trata uno no puedo ir a donde está todo el mundo (menos si eres calvo), sino que tienes que adentrarte a la Tierra de Nadie. Si se consiguiera un interés romántico donde está todo el mundo, yo me hubiera casado a los 23.
 

Lo que sí me parece una nota es que por fin se excluye la posibilidad de ser presentado por medio de tus amigos. Yo he descubierto que la gente que más te quiere tiene un gusto nefasto. “Ven, que te tengo un blind date sensacional, es lo máximo y te va a encantar”. Y suaz, uno se emociona porque el curriculo suena chévere y cuando se abre esa puerta lo que sale es lo opuesto a lo que te dijeron. “Pero si era sicoanalista, vale” te dice tu amiga. Si bueno, que se sicoanalice la cara.
 

La aplicación también sirve para darte cuenta de cómo escribe, lo cual no te darías cuenta en una presentación oficial a la humanidad a menos de que esa persona sea alguien que te escriba un récipe médico. Si se abre el chat y es todo un vomito de “K kool konocerte :) :)" ahí ya sabes que podrías salir potencialmente con Miley Cyrus. Que un prospecto potencial escriba bien es la cosa más sexy que ahí.
 

Lo que no sé es si por el hecho de estar chateando todo quede ahí. Con la flojera de salir, yo considero que una conversación de más de veinte minutos ya es un date. Cuando era chamo yo tenía uno de esos chats por carta. Barbora de la República Checa era lo que se conoce en inglés como mi pen pal. El colegio nos conectó a todos con un colegio checo y todos los viernes le teníamos que escribir una carta. Yo a Barbora le conté hasta mi descontento con mi dedo porque no brillaba como E.T. Y aunque Barbora respondió “¡Yo también!” (o como sea que se dice eso en checo porque a mí me pusieron a la única niña que no escribía bien en inglés) jamás concretamos un encuentro para comparar dedos. Pero ese es mi punto, ¿qué pasa si hay alguien allá afuera con el dedo igualito al de E.T. y uno no lo conoce porque ya se lo cree por la foto del chat? ¿Qué pasa si se pierde todo tipo de ilusión de conocerse?
 

Lo que me dicen es que no es así, no todo queda en el chat. TN, una amiga mía, conoció en persona a un tipo por Tinder el otro día. Fueron a bailar tango y me dice que les fue de maravilla, cero temor de asesino en serie como yo le dije porque siempre me ha parecido que Al Pacino hubiera matado a la tipa del tango en Perfume de Mujer si la película hubiera sido una miniserie. Entonces es una cuestión de suerte, ganas de salir de la rutina y habilidad para bailar tango. Cierto o no, ahí está la aplicación e imagino que pronto me meteré para ver qué tal. Aunque desde ya me veo poniéndola:
 

Toto: Oye, ¿y si hacemos un muñeco?
 

Prospecto: Prospecto has left the chat.


Friday, April 25, 2014

El Fogoso Mensaje de Texto Que No Es Para Ti

 
 
-No sé qué hacer.
 

Son siete los mensajes de texto que me enseña en su celular. Cada uno contiene una carga erótica digna de enamorado empedernido. En pocas letras hay palabras de todo lo que le va a hacer, cuánto la va a amar y en dónde la va a tender para hacerla suya. Mensajes de madrugada cuando no se está junto a ella lo cual provocan que el encuentro próximo sea aún más fogoso.
 

El problema es que el celular donde se encuentran estos mensajes le pertenece a mi mamá. Quien los envía es Domingo, el arregla-todo de mi casa (léase cambiar bombillos, regar matas y correr a hacer cuánto mandado le ordene la Comae Josefa quien todavía no se ha enterado de que la esclavitud en Venezuela se abolió en 1816).
 

La solución al misterio de los mensajes románticos es obvia. Mi familia es tan metiche que nosotros sabemos perfectamente cómo se llaman los allegados de quienes muy amablemente nos prestan servicios. Eso lo aprendimos de la Comae Josefa quien cuando se exalta y va a decir una grosería le pide permiso a su difunta madre. Ejemplo: “Por mi madre Dora Guerrero pero el coño de su madre el muérgano que me quitó la novela para encadenarse”. Hace tiempo que Dora Guerrero es la santa patrona de mi casa.
 

Por metiches es que sabemos que Domingo tiene amores con una señora mayor que se llama igual que mi mamá. Como los mensajes son enviados de madrugada y yo tengo experiencia en mensajes de texto enviados de madrugada con conclusiones drásticas al día siguiente, le digo que simplemente Domingo andaba en una pea cachonda y marcó el nombre de su adorada para decirle lo mucho que la quería, sin darse cuenta que la persona que los recibiría sería su patrona.
 

Ahora, la diatriba de mi señora madre no es que le hayan mandando mensajes de esa naturaleza (“A esta edad, mi amor, son casi que hasta bienvenidos”, me dice). La cuestión es que no sabe si decirle a Domingo que le mandó los mensajes eróticos por equivocación o hacerse la loca.
 

-Yo digo que te hagas la loca –le contesto a ella en el almuerzo -. A mí me viene una jefa a decirme que se leyó mi pensamiento quesúo y yo no vuelvo más nunca a laborar.
 

-Pero es que me da lástima.
 

-Claro que te tiene que dar lástima, a nadie le gusta que lo agarren escribiendo borracho.
 

-No, no es eso. Es que si no le digo nada, va a pensar que su novia no lo quiere.
 

Mi mamá tiene un buen punto. Si no le dice nada, Domingo va a pensar que la novia no quiere nada con él. En cambio si le dice algo, Domingo se va a ir a enterrar la cabeza como los avestruces y después llevar a la novia al Registro Civil a cambiarse el nombre.
 
 
Esto de los mensajes no correspondidos es un tema de esta era. Todos hemos recibido un mensajito tipo: “Mi reina, te busco tipo siete”. Eso me da una lástima increíble cuando me llegan. Si yo fuera la reina me encantaría que me buscaran tipo siete. Yo siempre contesto. No les pongo que tienen el número equivocado. Simplemente le escribo: “Listo, Papi. A las siete estoy lista. TQQJ”. SIEMPRE me mandan un corazoncito de vuelta. Yo lo veo como un servicio público. Que nadie diga que yo no mantengo viva las relaciones de la gente anónima. 
 

Los mensajes que sí tengo que contestar honestamente son los trágicos. “Abuelita, voy llegando de La Guaira pero no te voy a poder buscar sino a las cinco”. Ahí paro un peo. “Bien bonito como me tratas. ¿Y ahora qué se supone que yo haga?” Es verdad, si yo fuera de la tercera edad exigiría que me buscaran a mi hora. El casino ilegal o Farmatodo puede ser de 24 horas pero de repente esa doña es tempranera.
 

Ahora, lo peor son los mensajes equivocados donde se ve claramente que la otra persona le dio un número erróneo para salirse de ese paquetón. Algo tipo “Epa, soy Luis el de la discoteca de anoche. Un placer conocerte, hablamos”. Pobre Luis. Porque decirle que está equivocado y que está hablando conmigo es quitarle todo tipo de esperanza de aquella catira despampanante con la cual se tomó tres rones en la barra de la disco. Enterarse de que no hay posibilidad de un segundo encuentro porque la tipa le jugó la carta del número malo es perder la fe en la noche y los encuentros fortuitos. Luis debe volver a la caza. A veces me provoca escribirle diciéndole que si quiere lo acompaño. Por lo menos cuando vea a otra catira que anote su número voy yo después a pedirle a ella que me corrobore su teléfono a ver si le miente al desafortunado Luis.
 

Pero por lo pronto nuestro tema es con Domingo. Josefa dice que por su madre Dora Guerrero no le digamos hoy porque ella tiene que mandarlo a comprar el Kino y después seguro no vuelve. Ya veremos qué pasa pero de mi parte le pienso decir que eso es un error común. Luego le recomendaré que quizás sea bueno comenzar a decirle "Gorda" a su novia y grabarlo así en el celular. Mi mamá dice que eso es una pésima idea porque de repente va a pensar que la "Gorda" es ella, pero eso es ya mi madre enrollándose con los kilos de más. Anónimo o no, todo el mundo merece una respuesta. Sobre todo los que todavía se escriben cosas pensando en el amor.- 

Wednesday, April 23, 2014

La Vida Póstuma de un Libro Despedido Por Su Autor



“Anoche soñé que volvía a Manderley”. Me intrigan las razones por las cuales se escriben los libros. Lewis Carroll mandó un conejo por un hueco para entretener a Alicia, Isabel Allende comenzó una carta para su padre que terminó siendo La Casa de Los Espiritus y J.K. Rowling, desesperada y sin real, anotó los primeros trazos de Harry Potter y la Piedra Filosofal en una servilleta.


Yo creo que atreverse a escribir un libro es darse el tupé de jugar a ser Dios. El autor hace que amanezca y oscurezca en su novela. “La botella de Black Label parecía normal y fuera de lugar, como el único hombre de esmoquin en un baile de disfraces” es una frase de Graham Greene que te pone en contexto; el protagonista de Viajes Con Mi Tía detesta los disfraces. Solo un autor puede hacer eso. Es él quien emprende la aventura de conectar acciones para que la protagonista se asome al balcón, el pirata ensanche la espada o el marciano ataque la Tierra.


En la mente del escritor se desarrolla una gran obra de teatro que une memorias con secretos no confesados y realidades con inventos. Lentamente se teje una trama en la cual pareciera que los protagonistas simplemente le dictan las palabras a tal punto que el escritor no puede distinguir si algún diálogo se le ocurrió a él o si lo oyó en otra parte. “Cuando estás enamorado a veces no es necesario hacer nada para saber que sí lo estás”, escribe Boris Izaguirre en Villa Diamante. ¿Dónde escuchó algo parecido la primera vez?


Así va el autor, crea un mundo inexistente hasta que llega el terrible o necesario momento donde, entre lágrimas o en venganza, se despide de su libro con “Amaba al Gran Hermano” como termina Orwell su 1984 o lo deja como un tal vez volveré. Con Gatsby ya ahogado en la piscina, Fitzgerald termina su novela escribiendo: “Y así seguimos, adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado”.


De ahí en adelante ya ese libro no es del autor. Le pertenece a aquel lector que tenga la audacia de abrirlo. Sobre su mejor novela El Padrino, Mario Puzo dijo una vez: “Desearía haberla escrito mejor”. Eso es la desgracia de crear un mundo ficticio, tarde o temprano querrá el escritor volver a ser Dios para arreglarlo. Pero no tiene arreglo porque vive en las mentes de otros.


Es el público quien juzga a los personajes, los condena o los vanagloria. Holly Golightly es una puta y aun así sentimos pena por ella. Hércules Poirot es un sabiondo que termina siendo el asesino y todavía queremos una aventura más con él. En eso nada tiene que jugar el autor. Puede traer nuevas descripciones como lo hizo J.K. Rowling cuando años después sacó a Albus Dumbledore del closet y confesó que su gran amor fue Gellert Grindewald. Pero hay historias que terminan porque deben. Margaret Mitchell siempre dijo que jamás supo si Scarlett volvía con Rhett. La audiencia piensa de otra manera.


Lo que sí comienza para un libro ya publicado es su propia aventura. Una en la cual se posa sobre estanterías, se deja olvidado en bancos o pasa de mano en mano. Cada ejemplar tiene una vida propia y un destino  que puede ser el rayado, el manoseo o el casto pecado de nunca ser sacado de su envoltura. El libro viaja con su compañero, duerme en mesas de noche, recibe a regañadientes un doblez sobre sus hojas y con gusto un fino marca libros. Es disfrutado, detestado, bostezado o criticado. Y una vez terminado comienza una nueva aventura, esperando que otro, o quizás su dueño original, vuelvan a escaparse entre sus letras.


Para un escritor las aventuras de sus libros son inimaginables. El cómo, dónde, cuándo y por qué, alguien abrió ese libro en especifico es algo incontestable. ¿Fue ese el último libro que le leyó un hijo a su padre antes de morir? ¿Fue el primero que se leyó una madre en estado? ¿En qué barco navegaba el productor de la película cuando se decidió por fin abrir el libro del cual todos hablan? Peor aún, ¿dónde murió el libro? ¿En cual basurero, poceta o caja mohosa fueron a parar esos trozos de papel con letras impresas que un día fue tan solo una idea para alguien que se sentó a unir oraciones y que hoy constituyen su legado?


¿Cómo mueren los libros? Si acaso mueren del todo.-

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