Thursday, August 31, 2017

Farewell Diana: a 20 años del fin del primer reality show


Todavía recuerdo llegar a mi casa aquella noche del 31 de agosto de 1997 y correr hacia la terraza para encontrarme con mi mamá. “Prende la televisión. Parece que Diana estuvo en un accidente en París”, le dije. Mi mamá acató la orden. No tuvo ni que preguntar quién era el personaje. Diana de Gales había sido de mi casa desde que en 1981 se convirtió en la máxima protagonista del primer reality show de la historia al aceptar casarse con Carlos de Inglaterra. Yo era muy chamo para recordar ese momento, pero siempre se habló de Diana en mi familia como si fuera una prima lejana así que  asumí que ella era uno de nosotros. Que Gales quede lejos jamás le importó a una familia latina. 

Desde que tengo uso de razón y hasta que se volvió una renta comprarla por el cambio a Bolívares, siempre hubo una revista ¡Hola! en mi casa. Crecimos con ella. Se pasaba de mano en mano y se disecaba en la mesa, luego de discutir los acontecimientos políticos del día que leíamos en los periódicos, algo que mis papás siempre insistieron hiciéramos. La llegada del tema de la ¡Hola! constituía el momento farándula del día. Y Diana ocupó más portadas que nadie, por lo cual hablar de ella era inevitable. 

Y aun así, me impresiona darme cuenta de que en realidad, y por mucho tiempo, Diana fue una persona bidimensional. Era un mundo sin YouTube, donde la fotografía era el único medio para hacernos una descripción de Diana Spencer, el personaje de esta historia. La conocimos a principios de los años ochenta como la Diana inocente, aquella muchacha recién prometida al heredero del trono de Inglaterra, que accedió a tomarse una foto mientras cargaba a dos niños que tenía su cuidado, sin saber que su larga falda a contraluz revelaba el contorno de sus piernas. La dejamos a finales de los noventa como la Diana madura, sentada con un traje de baño aguamarina que mostraba su cuerpo bronceado y tonificado al borde del trampolín de un yate junto a su nuevo novio, Dodi Al-Fayed. En la primera, una tímida noble y en la otra una princesa liberada. 

En el ínterin, una plétora de imágenes nos dio una somera idea de quien era ella y con deleite la seguimos en la montaña rusa que fue su vida. Diana aprendió a vivir bajo el escrutinio y los flashes de cámaras ávidas de capturar momentos icónicos y el mundo se enganchó con ella. 

Desde que salió vestida como el merengue de un pie de limón para casarse con Carlos y accedió a darse el primer beso público de una pareja real británica en el balcón del Palacio de Buckingham, el mundo se dio cuenta de que no se estaba ante la presencia de una princesa ordinaria. Las princesas embarazadas no se quedan dormidas en eventos públicos; ni tampoco dan vueltas en la pista de baile de la Casa Blanca con John Travolta. Las princesas no visten de jean ni se quitan los guantes para tenderle la mano a un paciente de VIH/Sida. 

Y sin embargo, Diana hizo todo eso. Su matrimonio, sus hijos, sus obras de caridad y su inmersión juvenil en la cultura pop la convirtió en la mujer más fotografiada del mundo, hasta que llegó a entender que con la fotografía podía hacer eco de cualquier mensaje que quisiera transmitir. Incluso su descontento con un matrimonio que la confinó a una monarquía hedionda a té, tweed y naftalina. 

Los rumores de conflicto entre la pareja habían circulado por años y un viaje de Diana a la India, sentada sola frente al Taj Mahal –monumento mundial al amor de pareja- evocaba señales de alarma. Sin embargo, fue una foto de una Diana aburrida sentada al lado de un apático Carlos en un viaje a Corea del Sur en 1992, lo que terminaría de confirmar que esto no era un matrimonio en problemas. Esto era el entierro de un cuento de hadas fallido.   


Fueron las fotografías de ese viaje las que contribuyeron a que la Reina Isabel II apodase al año 1992 como el "Annus Horribilis”. Pronto después, le solicitaría a la pareja que se separaran por el bien de sus hijos y del futuro de la monarquía. 

A partir de ahí surgió la Diana Súper Estrella. CNN reportaba sobre ella con la misma intensidad que cubría la guerra en Bosnia y gracias a la biografía publicada por Andrew Morton y secretamente autorizada por la princesa en su momento, así como la entrevista a la BBC donde Diana admitía su bulimia, sus infidelidades y su fiel creencia de que jamás sería reina, el mundo terminó de consolidarla como una heroína moderna. Diana la Princesa del Pueblo, la reina de corazones, había dejado ver que al final hasta una princesa solo quiere ser comprendida. 

Diana iba encaminada a grandes cosas tras su divorcio con Carlos en 1996. La venta de sus vestidos en Christie’s para caridad le dio más exposición a su labor con la Cruz Roja y su lucha por la erradicación de las minas antipersonales no fue asunto de tabloides como The Sun sino de portadas en el New York Times. 1997 era su año y ella lo sabía. Diana había pasado de ser una persona bidimensional a ser una persona de carne y hueso. Y el mundo la amó más por ello. 

Por eso corrí a avisarle a mi mamá que Diana había estado en un accidente de tránsito en París aquella noche del 31 de agosto. Pusimos CNN y vimos que el cintillo decía: “Princess Diana injured” y no dejamos de ver la noticia hasta que cambiaron las letras para decir lo que todos nos temíamos: “Princess Diana dead”. El primer reality show que había conocido el mundo, sin saber que luego existiría tal término, se llevaba a su real protagonista para siempre en el final de temporada. Diana de Gales tenía 36 años.- 


Wednesday, August 30, 2017

¿Qué más le falta a este reality show caraqueño? ¡Ah sí un temblor!

 Una de mis obras favoritas del artista Luis Molina-PantinEn la portada de esta revista se reseñaba la predicción de una vidente sobre un posible terremoto en Caracas. Lo sensacional es la fecha de impresión: enero de 1967. ¿Qué pasó el 29 de julio de ese año?  ¡Exacto! ¿No se le paran los pelos? 

Como si hiciera falta más drama a este reality show llamado "Venezuela goes Jumanji", esta mañana a las 10:01 se sintió un temblor de 4.5 en la escala de Richter en la ciudad de Caracas. Le siguieron cuatro réplicas de menor intensidad durante toda la hora siguiente, así que podemos concluir con toda seguridad que a nosotros el horario comprendido entre las 10:01 y las 11:01 del 30 de agosto de 2017 sencillamente no se nos dio.

Yo me encontraba haciéndole una traducción de notas certificadas a una de mis “Yo Te Leo”. Estaba en la mitad de googlear la dirección de su colegio porque en la hoja original no se leía muy bien cuando comencé a escuchar un ruido tremendo. La lavadora estaba prendida y la verdad es que no anda de buen humor estos últimos días, pero ni ella en su peor momento podía hacer el ruido que yo escuché. El sonido era como si hubieran metido unas rocas en una licuadora. Nadie mete unas rocas en una licuadora a menos que sea a) estúpido; b) Los Picapiedras haciendo un Roca-Tini (chiste malo); c) un estúpido haciendo un Roca-Tini porque ese trago suena tonto hasta que alguien le haga una variación con vodka, lo suba a Instagram y reciba cinco mil Likes.

¿Dónde estaba? Ah sí, en pleno temblor. ¡Susto! Total es que cuando sentí que el piso se movía, dejé lo que hacía y corrí escaleras abajo. En el descanso me encontré a la gorda de mi perra que ni se inmutó durante el temblor. Lo de ella eran ronquidos y ahora que lo pienso solo le faltaban un par de pepinos en los ojos y cuatro manicuristas chinas en cada pata. Yo decidí salvarme. La perra que se joda por floja.

La Gorda Durmiente
Afuera de la casa, esperé a que todo se calmara. Uno no está instruido en temblores salvo en: 1) el fatalismo paterno que no pasa un año sin contarte cómo fue el terremoto del año 1967 en Caracas; 2) lo aprendido en el colegio sobre cómo ponerte debajo de un pupitre; y 3) lo desaprendido en la vida cuando te das cuenta de que la adultez no viene con pupitres y debes recurrir a otros métodos de salvación. 

El temblor pasó rápido, gracias a Dios, y por lo que leo no hubo ningún daño serio qué reportar. La Tierra simplemente se tiró cuatro peítos y listo. Pero no deja de ser un acontecimiento el ver a las lámparas de tu casa irse de lado y lado como dos comadres borrachas y sentir que el piso se anda dando un masaje. Lo que también hay que dar gracias es que uno no estaba viendo porno en la computadora. Y si lo estabas viendo, hay que agradecer que puedes regresar a la computadora a borrar el historial. Qué fuerte debe ser que te manden a desalojar tu casa y cuando entre un bombero vea semejante show en la pantalla. Suena inmaduro, pero uno es hombre. #unopiensaenesascosas. 

Además del mareo posterior, me causó impresión que las líneas telefónicas se cayeran pero no así la señal de Internet. Nunca hay Internet en mi casa y que haya sobrevivido el temblor es como una ironía. Hay una frase que me encanta que dice: “Si ocurre un holocausto nuclear, las únicas que sobrevivirán serán las cucarachas y Cher”. Yo le agregaría: “las cucarachas, Cher y aparentemente la señal de CANTV de Toto (pero solo si hay un temblor)”. 

No hace menos de dos semanas fui al cine y me gustó que en Noti-Color  hubiese un micro sobre qué hacer durante un terremoto. A los que no viven aquí: ¿pueden creer que Noti-Color todavía existe? Reconozco que es medio funesto entrar al cine y que te transmitan eso, sobre todo si vas a ver una tragedia aventurera como Dunkerque, pero me parece bien que se nos eduque sobre el tema porque necesitamos informarnos. Más aún cuando FUNVISIS el órgano encargado de investigar los sismos en Venezuela, fue el último en enterarse por Twitter de que aquí la Tierra se había lanzado una clase de Zumba con la canción “Es Hora de Hacer Temblar las Paredes”. Así somos. Por eso es que no pienso ver el remake de la película Jumanji cuando la estrenen. Hace añales que andamos metidos en ese fulano juego. Y ahora con temblor incluido, menos.- 

Tuesday, August 29, 2017

El Ratón Pérez no llega esta noche porque anda en China

Créditos Foto: Muy Historia

Ayer escribía en el crucero de las dolencias sobre mis dientes y hoy me entero de que mi sobrina perdió sus dos dientes frontales. Tiene una chorrera de años y se le cayeron porque se le desbarató la plancha mientras la limpiaba en el lavamanos… Mentira, Lucía es una pichurra de siete y está en edad para que se le caigan los dientes de leche. Pero sería genial echar el cuento de que uno tiene una sobrina vieja chuchumeca con mala higiene para verle la cara de impresión  a la gente. 

Lo cierto es que Lucía anda como una arquería de fútbol y una emoción por la llegada del Ratón Pérez. El ratón no ha llegado. Mi hermana no tuvo tiempo de ir al cajero el día que se le cayeron y le dijo que el Ratón Pérez no iba a llegar esa noche porque andaba en China… Sí, en China. Aparentemente el Ratón Pérez tiene negocios inmobiliarios allá. O quizás está en su luna de miel. 

En todo caso, a mi hermana hay que aplaudirle sus técnicas de educación. Es la única madre que conozco que de manera descarada le miente a una niña sobre otra mentira como lo es la llegada de un personaje ficticio. Bueno, como conté en mi libro La Hora Loca, ella y yo compartimos una madre que una mañana de Navidad se disfrazó de la Virgen María para avisarnos que San Nicolás no había llegado todavía y que debíamos volver a dormir, así que la historia se repite. 

Por lo menos el diente existe. El otro día me echaron un cuento de una mamá que estaba acostada en su cama con un dolor de vientre macabro. Antes de dormir, su hija entró al cuarto para anunciarle que se le había caído otra muela. “Qué bien, mi amor”, le dijo la mamá adolorida mientras fingía felicidad. Tras inspeccionar el nuevo hueco en la boca de su hija, le dijo: “Si quieres déjame la muela aquí en la mesa de noche para que el Ratón Pérez se la lleve esta noche”. 

Eso fue un error. Resulta que al lado de donde la hija puso su muelita había una pastilla suelta para el dolor de vientre. Tarde en la noche y con las luces apagadas, la madre extendió su brazo para agarrar la pastilla. Se la bajó con un poco de agua hasta que se fue en vómito y angustia cuando se dio cuenta de que no se había tragado la pastilla ¡sino la muela!

Yo nunca tuve una historia trágica con el Ratón Pérez. Sí recuerdo una vez que me dieron un billete de 500 Bolívares (de los viejos, viejitos) y me emocioné tanto agarrándolo entre las manos que lo rompí sin querer por la mitad. No me dieron otro. Se lo agradezco a mis padres. Me preparó para el pelabolismo actual. Otros niños en cambio fueron más precavidos. Un amigo mío cachó a su papá mientras metía la mano debajo de la almohada para sacar el diente. Viéndole el dinero en la otra mano le gritó: “¿Y qué haces tú con los reales que me dejó el Ratón. O sea Papá, ¿tú me estás robando?” 

Eso es lo bonito de la inocencia infantil. Vives con una compañía de teatro que crea personajes por algo tan humano como perder un diente de leche. Ahora, y no quiero ponerme Delcy con esto, pero ¿quién fue el papá que comenzó a aplaudirle la caída de los dientes a su hijo con dinero? Eso suena tan Donald Trump que me parece increíble que al resto nos haya parecido una idea fantástica. Si consideramos que cada niño tiene 20 dientes, ¡el Ratón Pérez es una renta! 

Lo otro que no entiendo es por qué a nosotros nos tocó el Ratón Pérez y a los gringos el Hada de los Dientes. ¿Qué demonios pasó con ese reclutamiento? ¿A nosotros un roedor y a los Estados Unidos una Tumbelina con tutú y escarcha? Ahí hubo un problema de marketing. Aunque gracias a Dios existe el Hada porque si no, uno de mis cuentos favoritos que leí en Reader’s Digest no se hubiera dado. 

El cuento es el siguiente: una niñita va en el carro con su mamá y le comenta que su vecina le contó que el Hada de los Dientes es su mamá. La señora respira profundo y se prepara para contarle la verdad cuando la hija continúa y le dice emocionada: “¿Tú sabes lo que significa eso Mamá? ¡Vivimos en la misma calle que el Hada de los Dientes!” 

Sortaria ella. Según mi sobrina, el Ratón seguro está haciendo aduana en China.- 

Monday, August 28, 2017

Esta Semana en el Crucero de las Dolencias


Yo pasando rastrillo vestido de sifrino en crucero: la más clara advertencia de que eso no era lo mío 

Mis papás me pidieron que les cuidara su casa durante el fin de semana mientras ellos se iban a la playa y como no tenía más nada que hacer (ya que en cualquier casa de señora todo es inmaculado) me dio por pasarle un rastrillo al jardín. Sí, yo también me siento triste por mí. No tengo amigos. Fueron tres bolsas de basura de hojas lo cual me dio –en mi cabeza lamentablemente- el título de “Tronco de Hijo” y en mi mano derecha una “Tronco de Ampolla”.  

Le echo la culpa al rastrillo por darme la herida más sifrina del mundo. Jamás había recogido hojas, es verdad, pero que la tarea me haya dejado una ampolla enorme y dolorosa como suvenir es el colmo. Es como si el cuerpo supiera que lo puse a hacer tareas de jardinero y le diera asco (insertar aquí la emoción verde de la película Inside Out). No lo culpo. Probablemente mi cuerpo pensó que aceptar ser wachiman en una casa donde los closets huelen a vetiver y las sabanas a “limpio nivel Mamá” involucraba echarse en un sofá a ver la tarde caer y salí yo con la intensidad de ver las hojas caer adentro de una bolsa amarilla de basura. 

La ampolla me duele porque está justo en el puente que conecta el pulgar con el dedo índice. Saludar a otros ha sido un calvario por el dolor que me causa el apretón de manos y si no mejora en dos días considero lanzarme la genial frase que decía el Rey Juan en la película Robin Hood de Disney: "No apretéis la mano real". Quedo como un estúpido engreído claro, pero por lo menos la ampolla no sufre y yo prefiero perder un amigo que una mano. 

La ampolla es el último acontecimiento en una serie de eventos que le han venido ocurriendo a mi cuerpo. Nadie te lo advierte pero he descubierto que con la edad, cada semana ocurre un suceso corporal distinto. Solo este año mis dolencias han protagonizado su propio culebrón semanal sobre el gran escenario que es mi cuerpo, algo que no salía en los términos y condiciones cuando me mudé a vivir dentro de mí hace una chorrera de años. 

(Ahora que lo leo, escribir “gran escenario” para referirme a mi cuerpo suena a que hago Cross Fit y que uso tangas como un Míster Venezuela lo cual no es cierto, así que dejémoslo en escenario a secas. Una tablita montada encima de dos ladrillitos, por decirlo mejor. Con una lipa). 

Lo cierto es que el cuerpo me ha jugado unos malos ratos y cada semana se anuncia un nuevo malestar en la agenda de actividades del crucero de las dolencias. Una día es un dolor en un hombro; luego es una pepa justo en el borde del labio superior que no se cubre ni con el bigote de Marcel Granier; y si no es la gripe, es la alergia y si no es acidez es carraspera. El dolor de espalda me agregó en Facebook en enero, las levantadas por las noches para hacer pis son más frecuentes que un selfie de Kim Kardashian en Instagram y no sé cómo pasó esto, pero ¡yo antes podía ver de lejos y de cerca! 

Y estos son los dolores confesables. En otros he tenido que ir al médico a buscar ayuda porque ya aprendí –¡gracias madurez!- que Google no es un doctor y que no todo se soluciona cantando “Let it Go”. Mis visitas al médico no son muy frecuentes, tampoco es que ando enfermo tipo El Paciente Inglés, pero ya me he dado cuenta de que con la edad los médicos pasan a ser más un contacto telefónico marcado como favorito que una tarjeta que sabías estaba en el último rincón de tu mesa de noche. 

Mi mayor problema son los dientes. Me estreso mucho y con el cigarrillo que no he dejado, las encías se me inflaman en momentos pico. Como vivimos en un país de momentos pico cada media hora, mi boca ha llegado a ser Mordor (ojo en este momento está Mi Pequeño Pony. Lo digo por si alguien me quiere besar, pues). Mi dentista ya no me atiende con un “Hola, Toto”. Mi dentista me atiende con: “Entonces la Fiscal se escapó con el dossier de denuncias bajo el brazo en lancha y tú andas estresado porque seguro no se llevó una bolsita Ziplock para el dossier y eso se va a mojar, ¿verdad? Vente el martes que te atiendo”. 

Mi dentista es lo máximo. Ella me entiende hasta en mis dramas. No lo niego, es una relación. Sin sexo y sin convivencia porque ¡asco! ¡Es mi dentista! ¡Eso es como una gente grande! Pero yo siento que la amo. Uno sabe que ha encontrado a su alma gemela médica cuando te sientas en el consultorio y puedes nombrar a cada uno de los hijos que salen en los portarretratos. 

Update: Una tía mía lee esto último y me escribe al celular: "Cuando puedas nombrar a todos los nietos que salen en los portarretratos de un consultorio médico avísame. Eso significa que ya estás listo para considerar la poligamia".

Lo bueno es que la ampolla de la mano sana satisfactoriamente. Gracias Neosporen. Hoy no me duele nada lo cual me sorprende aunque estoy a la expectativa como un hipocondriaco en época de dengue. Mentira, no hay nada más rico que sentirse sano y ojalá el cuerpo viniera con un tablero tipo carro para avisarte de lo que te tienes que ocupar. En mi caso, por lo visto, es no volverme a ocupar de las hojas de un jardín, lo cual me viene como anillo al dedo porque ya las hojas regresaron y qué flojera volverlas a recoger. ¿Quién sabía que los arboles botaban tanta hoja?

Saturday, August 26, 2017

Censura Nada Mágica en la Sobremesa: Una Oda a Marianella


Hace seis años Marianella Salazar me conoció en una cena. Era una de esas cenas donde  estaban Boris Izaguirre y Titina Penzini y yo la verdad era una cucaracha en baile de gallina porque no conocía a nadie. Pero igual eché mis cuentos y la gente se rió y hablé de política y la gente opinó. Total, yo no tenía nada que perder ahí. 

A Marianella le gustó eso de mí y en un acto de total locura me invitó a sentarme con ella todos los martes en su programa radial en La Nueva Mágica FM para echar mis "Cuentos de Sobremesa" al aire. Ahí he estado junto a ella todo este tiempo, listo para hablar sin tapujos ni censura sobre los temas que creemos les inquietan a todos. 

Me gusta que en su programa se puede hablar de tópicos que van contracorriente y cuando no estamos de acuerdo con alguna decisión gubernamental lo decimos sin importar la orientación política. De esta manera, siempre he tenido la libertad plena de darle duro a Delcy y a Jorge pero también a Henry y a Julio porque en mi cabeza un país libre consiste en exigirle cuentas a TODOS sus gobernantes sin importar su o nuestra tendencia política. 

Con Marianella también he descubierto el placer de entretener en la radio y hacerla reír con mis comentarios sigue siendo uno de mis mayores placeres. Con ella he aprendido a querer y saberme todas las historias de su maravilloso equipo de producción y creo que después de seis años oyéndola, puedo imitar la cuña de Aldana Laser Center sin mirar un papel. 

La noticia del cierre de La Nueva Mágica por decisión de Conatel es mi primer despido. Así lo considero. La dictadura me despidió a mí del derecho a comunicar, a opinar y sobre todo a entretener a los que nos escuchaban. No niego que es un balde de agua fría pero muy, muy adentro es un grato placer ser despedido por el temor a la inteligencia. Nos cerraron el micrófono pero no el cerebro y eso hay que recordarlo siempre.

Neruda dijo una vez: "Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera". Lo mismo le digo a la dictadura: Nos pueden callar a todos pero eso no cambia el hecho de que el Emperador salió a la calle desnudo. 

A mi Marianella querida: infinitas gracias por todo lo que has hecho por mí. Eres Mágica.- TA. 

Friday, August 25, 2017

No hay lugar como el hogar


Leo con alegría que encontraron a dos chamos que se habían perdido en el Ávila. Pasaron seis días solos sin que se supiera sobre su paradero y ver el helicóptero que día tras día sobrevoló la montaña en su búsqueda suponía una angustia para todos. Gracias a Dios ya están sanos y salvos en casa y me imagino que alistándose para echar el cuento mil veces a toda fiesta que vayan de cómo llegaron a perderse de esa manera. 

Perderse es algo que todos queremos hacer en un momento. Sea alejarse de la rutina, de una pareja o del trabajo, casi siempre pensamos en escapar, así sea por un día, sin que nadie sepa dónde estamos. Todos somos los primeros quince minutos del Mago de Oz, siempre deseando ir más allá del arcoíris y encontrar algo que nos vuelva a reconciliar con la vida o de repente nos deje dormir esa siesta de siete horas que tanto anhelamos. 

Para muchos, eso es un wishful thinking. Yo culpo a Internet. Anclados como estamos todos al “última vez visto” en el WhatsApp, perderse es más difícil de lo que uno piensa. Tú montas una foto en Instagram en Luxemburgo, y el amigo venezolano que vive allá (de repente uno te tiene amigos exóticos pues), te escribe: “¿Por qué no me has llamaooooo?” Y no busques “interiores Calvin Klein” en Google si no quieres que tus Facebook ads sean una plétora de bolas cubiertas que no son las tuyas. 

Lo que sucede es que lo que uno llama perderse es alejarse por un tiempo. Perderse es no encontrar el regreso a casa mientras que lo que uno quiere lograr con el escape es una versión buena del libro Comer, Rezar, Amar. Me leí hace un tiempo la historia de un hombre que estacionó su carro en un bosque en Maine en los Estados Unidos y comenzó a caminar y caminar hasta no encontrar un camino. Y así vivió por 27 años, completamente alejado de la sociedad. Un ermitaño que encontraba cachivaches olvidados y con ellos se hacía un campamento. Cuando tenía hambre, encontraba comida entrando a casas de veraneo vacías. Como la gente comenzó a reportar los robos, la policía se dio a la tarea de encontrarlo. Pero había otros que entendían al hombre y de hecho le dejaban comida afuera por si acaso pasaba por sus casas. El hombre luego contó que no lo hizo por un retiro espiritual ni por una promesa. Simplemente quería estar solo. Como Forrest Gump pero sin la flojera de tener que salir a correr. 

Alejandro mi hermano se perdió una vez a los nueve años en una montaña cuando estaba en el campamento de verano. Al saberse perdido, se consiguió unos turistas mexicanos en el camino quienes lo llevaron a un hotel donde llamó al campamento para que lo vinieran a buscar y le logró sacar al concierge una cena gratis mientras esperaba. Cuando echa este cuento, siempre le pregunto: “¿Pero no sentiste miedo?” y me responde: “¿Miedo? I got a free cheeseburger! ¿Tú sabes lo que es comer comida de campamento y que de repente te comas algo decente?” Lo que yo llamo supervivencia a lo Beverly Hills. 

Creo que yo tendría un absoluto miedo de confirmar que ando perdido. No me gusta estar solo. Excepto cuando estoy en el baño, pues. La soledad y el silencio me aturden así que Dios me libre que alguna vez me pierda en una montaña porque juro que me consigo al primer Bambi que encuentre y le enseño a hablar para que me eche un cuento. Seguro me casaría con los rescatistas en agradecimiento. 

Por eso celebro el rescate de estos chamos en el Cerro Ávila. Todos merecemos ser encontrados cuando nos perdemos. Porque como dijo Dorothy Gale al juntar los talones de sus zapatillas de rubí: “No hay lugar como el hogar”. Y yo de esto sé porque me llamo Toto. Aunque me parezcan cursi las zapatillas de rubí. Lo mío es más que si zafiros.-

Thursday, August 24, 2017

El Plan Gianluca para Gastarme 750 Millones Antes de Morir


Un ticket del Powerball, la mayor lotería en los Estados Unidos, pegó los seis números que se necesitaban para lograr el jackpot y se ha ganado más de $750 millones, siendo el segundo mayor premio sacado en la historia de las loterías. Las probabilidades de que un ticket tenga los seis números es de 292.2 millones a 1, lo cual significa que eres tú versus el resto de la población estadounidense. Nadie ha reclamado el premio todavía, pero el ganador puede escoger entre un pago anual por 29 años hasta llegar a los 750 millones de dólares o una suma pagadera automáticamente más pequeña de $443.3 millones menos los impuestos federales y estadales. 

Esa chorrera de real y yo que no me he ganado ni un pollito en una verbena. 

Siempre he leído que lo peor que le puede pasar a una persona es ganarse la lotería porque se vuelven locos con la gastadera y en un par de años está en bancarrota. Pero no es para menos. Si tu salario no te da sino para hacer mercado con cupones y de repente te ganas un premio que te da para convertirte en el dueño del auto mercado y de la empresa que fabrica los cupones, pues se te vuelan los tapones. De la noche a la mañana tú pasas a ser un ciudadano común a convertirte en la envidia de un rapero.

Confieso que para mí todavía es un asombro tener un millón de algo. Hoy en día un millón de Bolívares son $59 al cambio negro y eso no es nada, pero te lo tienes que pensar a la hora de sacar la calculadora. ¿Puse todos los ceros ahí? Ya va, ¿esto son mil millones de los viejos? ¿Mil millones? ¿Entonces soy un millonario? No mi rey, eres un pela bolas igual que el resto. Termina de pagar la tarjeta de crédito es lo que es y ríndete. 

Por eso no culpo al estadounidense que se sube la franela para que su lipa agarre sol mientras se toma una cerveza frente al tráiler donde vive por ganarse la lotería y convertirse en el sueño mojado de toda prepago. Yo sería peor que él. Yo sería Gianluca Vacchi. Richard Burton tenía una frase deliciosa sobre Elizabeth Taylor en sus años dorados cuando eran la pareja más rica del mundo: “Yo le enseñé a Liz lo que era la cerveza y ella me enseñó lo que era Bulgari”. Eso sería yo, un nuevo rico comprando clase. 

Todo el mundo dice que uno debe ser generoso e invertir su dinero en obras caritativas. Y que bien por ellos pero esos limpios no se ganaron los 750 millones de dólares que me gané yo. Lo que yo haría sería darle un puñado a mi amigo más inteligente para que me los coloque por ahí como leo que hacen los millonarios, me mantenga un seguro de salud óptimo, me compre un mini planeta al que nadie le pare porque a mí me gustan los mini planetas a los que nadie le para, e invierta en agua porque leí que el tipo de la película “The Big Short” está apostando que el agua se va acabar. Todo eso me garantizaría un futuro estable mientras emprendo mi Plan Gianluca para Gastarme 750 Millones Antes de Morir. 

Ese sería mi portafolio. Eso y una suite en el castillo de La Cenicienta en Walt Disney World. Sé que podría tenerla en el Castillo Neuschwanstein en Baviera, pero allá no hay hadas y a mí me gustaría que me despertase Campanita. 

De resto no quisiera tener ni casas, ni yates ni aviones. Eso cuesta mantenerlo y es un fastidio ser Gianluca y que me digan que el avión está malo y no puedo volar hoy a Menorca. Así que yo sería más caritativo que Oprah y le regalaría a cada uno de mis mejores amigos una casa, un yate y un avión.


Yo sí compraría a mis amigos. Igualito estarían hablando mal de mí diciéndoles a los demás que “él era un limpio y ahora se jura la gran vaina” porque eso es lo que hacemos todos los pobres cuando alguien conocido se enchufa. Así que si van a hablar mal de mí que lo hagan en su casa de paquete, su yate de lujo y su avión privado, disponibles para mí cuando quiera. De esta manera no tendría que andar contratando gente para que me arregle las cosas. Sé que estaría contratando a mis amigos para que actúen como mis conserjes pero bueno, serían unos conserjes privilegiados. ¿Qué conserje tiene un yate? Los amigos de Toto.

También me compraría un país chiquitico. Solo para tenerlo tacita y echármelas en la ONU. Pero eso me quitaría tiempo de viajar así que mejor me compro Venezuela y se lo doy a Antonio Ledezma. Él sabría mantenerlo genial. 

Siento que todo esto me está saliendo demasiado nuevo rico así que le echo un poquito de cultura al declarar que me gustaría visitar todos los lugares señalados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Es más, me convertiría en el guía del tour de quinceañeras y me las llevaría en el avión que me prestaría uno de mis amigos para que se vinieran conmigo. ¿Pero eso no suena como de viejo verde? No. Les estaría haciendo un favor en la vida. Sus papás pagan una chorrera de real para que se vayan a conocer Europa por 30 días y lo único que hacen es aprender a tomar ron Malibu. Aquí tomarían Dom Pérignon. 

También donaría de forma anónima a gente que siento necesita una ayudaita. Pero no a María Bolívar, sino a gente de verdad en aprietos. Les dejaría un sobrecito pegado al parabrisas en el carro y luego me escondería para ver su reacción cuando lo abren. Ahora que lo pienso, hay gente que necesita el dinero y que no tiene carro así que bueno, les regalaría un carro también para que puedan sacar el sobrecito del parabrisas. 

Yo no sé si con todo esto me gaste los 750 millones de dólares. Creo que sí, pero todo lo que no use lo donaría a una gran biblioteca mundial antes de que caiga enfermo y me muera de viejito. Cuando muera, seguro me van a salir mil personas, incluyendo a mi papá, diciendo que ellos son fruto de un romance que tuve con una masajista en Tahití y ahí se va a armar la sampablera. Así que CERO real para mi papá y mis descendientes. El Plan Gianluca para Gastarme 750 Millones Antes de Morir no los incluye. A fin de cuentas, a mis amigos les regalé un yate, a las quinceañeras un viaje, y al resto de la población un país regentado por Antonio Ledezma. Si ustedes no supieron qué hacer con eso, allá ustedes. Yo contribuí. 

Pero espero que alguien vaya a mi entierro porque la escena en El Gran Gatsby donde nadie va al funeral me pareció tristísima. Así que bueno, un millón al que llegue de primero al entierro. Y dos millones al ladrón que lo robe saliendo porque qué bolas tienes tú de ir a mi entierro solo por real.- 

Wednesday, August 23, 2017

Vivir en Caracas es para Gente que Toma Coca Cola Normal


Cuando viajo fuera de Venezuela la pregunta más frecuente que me hacen es que cuando me largo. Siempre contesto: “¡Pero si acabo de llegar!” Toda mi vida he estado de acuerdo con aquella frase que dice que un huésped es como el queso que comienza a oler después de unos días y quizás mis anfitriones ya andan hartos de mí. Pero esa no es la intención de la pregunta, por supuesto. Ya estoy acostumbrado a que a donde quiera que vaya se me pregunte que cuando me largo de Venezuela. 

He llegado a la conclusión de que una mentira blanca siempre ha sido la mejor respuesta. Siempre contesto: “Tengo pensado irme a España el año que viene”. No es verdad y no estoy totalmente seguro de que la gente se lo crea, pero por lo menos les alivia la respuesta. Verán, decir que no tengo planes inmediatos para salir de mi casa no solo causa alarma, sino también preocupación, asombro y descontento. No está de moda decir que uno se queda porque aquí es donde vive. 

Yo comparo todo esto con la llegada de la Coca Cola Light a nuestras vidas. Cuando llegó el refresco sin azúcar no se llamaba así. Se le conocía simplemente como “Coca Cola de dieta”. Fue un fenómeno porque la gente en la onda fit (y el gordito consciente) todavía podían darse el gustazo de un refresco mientras contaba sus calorías. El marketing se aprovechó de ello, le cambió el nombre a algo más sexy como “Light” y se encargó de que la lata se montara cual Tongolele en el sitial de honor y destronara a la Coca Cola de toda la vida. 

¿Qué sucedió? Que a quienes tomábamos Coca Cola nos comenzaron a fastidiar la vida. Los mesoneros se vieron obligados a preguntarnos: “Light o normal?” y nosotros a contestar que queríamos la “normal”, la de la gente gordita pues. El fenómeno de lo “light” fue tal que a nadie se le ocurrió que lo normal era llevar la Coca Cola con sabor original a la mesa y lo extraordinario era el dietético. Tal fue el éxito, que un día sencillamente dejaron de preguntar y simplemente asumieron que toda persona adulta siempre, siempre, siempre se tomaría una Coca Cola Light. 

Nota: Si alguien no ha tomado refresco en su vida y no entiende esta referencia, sustituya “Coca Cola” por “gluten”. Es lo mismo. 

Así ha ocurrido con el Plan B de la emigración en Venezuela. Ya que todo el mundo se fue, se asume que los que se quedan se van en algún momento. Cuando todas las noticias que salen de acá son fatídicas, lo anormal es quedarse. Por eso mi analogía con la Coca Cola light. ¿En qué momento lo normal se convirtió en lo extraordinario? 

Ahora, ¿por qué miento? ¿Por qué creo que es mejor decir que me voy a España? Pues, porque no es fácil explicar que uno se quede inmóvil en un mundo que no es light. Cierto, vivo muerto de miedo, no sé cuándo será mi próximo asalto, voy al mercado a comprar mayonesa y no Mavesa y ya perdí la cuenta de a cuantos restaurantes no puedo ir porque no puedo costeármelos. La señal de Internet es una sugerencia, la luz va y viene y hoy el filtro de la nevera se dañó y sale agua amarilla. Mi cuenta bancaria es un chiste, mis proyecciones de vida dejaron de ser de seis meses y pasaron a ser de seis horas, y estoy más que seguro de que si a mí me dan la banda presidencial, yo haría cien veces mejor el trabajo de Nicolás Maduro. 

¿Es horrible vivir en Caracas? Depende. No es fácil ver tu ciudad en llamas, ni manejar por un lugar donde hace apenas un par de horas asesinaron a un estudiante. No da gusto tener que salir a la calle a protestar y devolverte porque te bombardearon. Es triste sentirse aturdido por un silencio nocturno en una ciudad que siempre se caracterizó por ser bulliciosa. Pero no quiere decir que sea anormal vivir aquí. De hecho, es más normal de lo que se piensa. En toda guerra la gente nace, se gradúa y se casa. Caracas no ha dejado ni dejará de existir porque el chavismo la mató. 

Un día normal en mi vida no tiene nada de extraordinario. Todas las mañanas me despierto y me hago un café. Miro al Ávila y a las guacamayas volar. A los periquitos les pongo cambur en el balcón, el cual no se comen porque debe ser que yo soy un nuevo inquilino y todavía no me tienen confianza. Observo los pocos carros que transitan y me pregunto cuál de ellos anda en una de carpool karaoke y cual otro está de mal humor. Me baño, me visto y me siento en mi oficina a escribir o cuando tengo radio, me voy a la radio. Almuerzo, duermo siesta. Pienso que debería subir el cerro, pero recuerdo que soy un flojo. Escribo un poco más, pienso en un chiste para Instagram, hablo con mis amigos en WhatsApp, me tomo una copa de vino blanco y veo la tarde caer. Si no me lo pienso mucho, salgo a un restaurante y si es viernes me voy a mi bar favorito. Me tomo mis traguitos y regreso a casa a dormir. 

Y eso es lo que no me entienden afuera. Existe una normalidad tacita dentro del caos que suscitó todas las protestas y dentro de la escasez y la anti política. La gente sale. “No, Toto déjate de vainas, en Caracas no sale nadie”, me pueden decir. Es cierto, pero primero hay que definir “salir”. Si por salir significa hacer lo que yo hacía antes que me podía pasar por tres discotecas, terminar en un antro flamenco y después salir a la playa, mira pues no. Y tampoco estoy interesado en hacerlo. Se llama temor al ratón producido por la vejez. Algo que seguramente comparto con mucha gente de mi edad que vive afuera. Ahora, si por salir significa sentarse en un café a comerse un cachito o ir al cine a distraerse, mira sí. La gente así sale. Algo que también comparto con mucha gente de mi edad que vive afuera... mentira, afuera no hay buenos cachitos. 

Claro, a todo eso hay que añadirle el pandemonio del bachaqueo, la ruta de la seda para buscar medicinas, la histeria que causa una cadena nacional cuando estás oyendo tu programa de radio favorito y el descenso a Mordor que significa entrar a Twitter. Eso es vivir en Caracas. Aquí se juega a ser normales, pero en realidad estamos todos locos. Y explicar eso es tan difícil como decirle a alguien que la Coca Cola Light no es lo mismo que la Coca Cola normal. Por más que te refuten diciendo que sabe igualito, uno sabe que eso no es verdad.

Pero bueno, así que España ¿no? 

Tuesday, August 22, 2017

El Toto Eclipse of the Heart


Ayer cumplí 38 años. También hubo un eclipse. Los astrólogos me amaron. Había uno que quería bañarme en formol y estudiarme, pero le dije que no porque ya yo me había bañado en la mañana. Aparentemente es un fenómeno y a la persona que cumple años el mismo día de un eclipse le pasan cosas interesantes. Ya han pasado 24 horas y hasta ahora no me ha ocurrido nada significativo. Mentira, me comí tres chocolates de leche. Quizás eso no sea un momento guao pero de repente hay una gordita a dieta que le parecería lo máximo comerse tres chocolates de leche. 

Confieso que este último mes me han pasado cosas que podrían etiquetarse como cerradas de capítulos. Viajé a Miami recientemente a celebrar mis 20 años de graduado del colegio. La celebración habría sido en Venezuela con la salvedad de que al menos 20 de los 54 que nos graduamos en esa promoción viven en Florida y era o celebrarlo allá o abrir una botella de vino y celebrarlo por Skype. No es fácil perder a tus amigos. Estoy en un chat con 18 amigos y antier se fue el penúltimo de Venezuela. Ahora solo quedo yo. Soy oficialmente Wall-E. 

El reencuentro estuvo bueno. Hay algo de los amigos del colegio que no lo tienen los demás grupos de amistades. Yo creo que fue tanto el sudor acumulado en los recreos que nos unió como una especie de pacto de sangre. O pacto de sudor en este caso. Lo cierto es que con ellos pasan cinco minutos y todos volvemos a tener una camisa escolar. Claro, la camisa está un poco más ajustada porque estamos todos acabados. Pero las personalidades son exactas a cómo éramos hace 20 años. La de moral dudosa sigue buscando hombre, el que todos sabíamos que iba a ser millonario está considerando comprarse un avión y yo, bueno yo sigo siendo un inseguro con necesidad de aceptación. 

Después de ahí, volé a Portland, Maine a asistir a los 100 años del campamento de verano donde fui por más de 15 años. ¿15 años, Toto? ¿Quien es lo suficientemente pegado como para meterse en un bosque a hacer pipí en los árboles? Pues yo. Algo de ese lugar me atrajo lo suficiente como para que piense todos los días en volver y por fin pude hacerlo. Mis sueños están ubicados ahí, casi todas mis contraseñas estuvieron relacionadas en algún momento con el campamento y sentía que tenía que regresar. Al pisarlo de nuevo me puse a llorar. Muy trágico, lo sé y lo hice en privado porque tampoco es que es un drama de Raúl Amundaray. Pero volver a un lugar al que llamé mi casa por tanto tiempo y encontrarlo exacto a cómo lo dejé fue una sensación increíble. Pasar un fin de semana rodeado de amigos que ni Facebook adivinaría que tienen una conexión es una de las cosas más sensacionales que me han pasado. 

Así que lo podemos llamar un cierre de capítulos. La vida es tan cursi que decidió hacerme una limpieza de historial para esta nueva etapa que apenas comienza. No creo mucho en eclipses y con los astrólogos solo estoy de acuerdo cuando me dicen que los nacidos el 21 de agosto tienen un problema con la autoridad. Eso es totalmente verdad. A mí siempre me ha gustado esto de ser un espíritu libre. Encadenado al Wi-Fi claro pero libre al fin. 

No sé por qué razón pero siento que me viene una mudanza pronto. De casa, de vida, o de lo que sea pero cuando uno sabe que algo le va a pasar, pues generalmente ocurre. Es como un TOTO Eclipse of the Heart, lo que sientoYo mientras tanto hago mi maleta. Si no me pasa nada más interesante que los tres chocolates que me comí esta mañana, pues deshago la maleta y ya. Pero hay una aventura por ahí. Espero poder contar nuevas historias en este nuevo capítulo de mi vida. Y si no es así, ¡pues que venga pronto un nuevo eclipse porque guillo!- 

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