Monday, August 28, 2017

Esta Semana en el Crucero de las Dolencias


Yo pasando rastrillo vestido de sifrino en crucero: la más clara advertencia de que eso no era lo mío 

Mis papás me pidieron que les cuidara su casa durante el fin de semana mientras ellos se iban a la playa y como no tenía más nada que hacer (ya que en cualquier casa de señora todo es inmaculado) me dio por pasarle un rastrillo al jardín. Sí, yo también me siento triste por mí. No tengo amigos. Fueron tres bolsas de basura de hojas lo cual me dio –en mi cabeza lamentablemente- el título de “Tronco de Hijo” y en mi mano derecha una “Tronco de Ampolla”.  

Le echo la culpa al rastrillo por darme la herida más sifrina del mundo. Jamás había recogido hojas, es verdad, pero que la tarea me haya dejado una ampolla enorme y dolorosa como suvenir es el colmo. Es como si el cuerpo supiera que lo puse a hacer tareas de jardinero y le diera asco (insertar aquí la emoción verde de la película Inside Out). No lo culpo. Probablemente mi cuerpo pensó que aceptar ser wachiman en una casa donde los closets huelen a vetiver y las sabanas a “limpio nivel Mamá” involucraba echarse en un sofá a ver la tarde caer y salí yo con la intensidad de ver las hojas caer adentro de una bolsa amarilla de basura. 

La ampolla me duele porque está justo en el puente que conecta el pulgar con el dedo índice. Saludar a otros ha sido un calvario por el dolor que me causa el apretón de manos y si no mejora en dos días considero lanzarme la genial frase que decía el Rey Juan en la película Robin Hood de Disney: "No apretéis la mano real". Quedo como un estúpido engreído claro, pero por lo menos la ampolla no sufre y yo prefiero perder un amigo que una mano. 

La ampolla es el último acontecimiento en una serie de eventos que le han venido ocurriendo a mi cuerpo. Nadie te lo advierte pero he descubierto que con la edad, cada semana ocurre un suceso corporal distinto. Solo este año mis dolencias han protagonizado su propio culebrón semanal sobre el gran escenario que es mi cuerpo, algo que no salía en los términos y condiciones cuando me mudé a vivir dentro de mí hace una chorrera de años. 

(Ahora que lo leo, escribir “gran escenario” para referirme a mi cuerpo suena a que hago Cross Fit y que uso tangas como un Míster Venezuela lo cual no es cierto, así que dejémoslo en escenario a secas. Una tablita montada encima de dos ladrillitos, por decirlo mejor. Con una lipa). 

Lo cierto es que el cuerpo me ha jugado unos malos ratos y cada semana se anuncia un nuevo malestar en la agenda de actividades del crucero de las dolencias. Una día es un dolor en un hombro; luego es una pepa justo en el borde del labio superior que no se cubre ni con el bigote de Marcel Granier; y si no es la gripe, es la alergia y si no es acidez es carraspera. El dolor de espalda me agregó en Facebook en enero, las levantadas por las noches para hacer pis son más frecuentes que un selfie de Kim Kardashian en Instagram y no sé cómo pasó esto, pero ¡yo antes podía ver de lejos y de cerca! 

Y estos son los dolores confesables. En otros he tenido que ir al médico a buscar ayuda porque ya aprendí –¡gracias madurez!- que Google no es un doctor y que no todo se soluciona cantando “Let it Go”. Mis visitas al médico no son muy frecuentes, tampoco es que ando enfermo tipo El Paciente Inglés, pero ya me he dado cuenta de que con la edad los médicos pasan a ser más un contacto telefónico marcado como favorito que una tarjeta que sabías estaba en el último rincón de tu mesa de noche. 

Mi mayor problema son los dientes. Me estreso mucho y con el cigarrillo que no he dejado, las encías se me inflaman en momentos pico. Como vivimos en un país de momentos pico cada media hora, mi boca ha llegado a ser Mordor (ojo en este momento está Mi Pequeño Pony. Lo digo por si alguien me quiere besar, pues). Mi dentista ya no me atiende con un “Hola, Toto”. Mi dentista me atiende con: “Entonces la Fiscal se escapó con el dossier de denuncias bajo el brazo en lancha y tú andas estresado porque seguro no se llevó una bolsita Ziplock para el dossier y eso se va a mojar, ¿verdad? Vente el martes que te atiendo”. 

Mi dentista es lo máximo. Ella me entiende hasta en mis dramas. No lo niego, es una relación. Sin sexo y sin convivencia porque ¡asco! ¡Es mi dentista! ¡Eso es como una gente grande! Pero yo siento que la amo. Uno sabe que ha encontrado a su alma gemela médica cuando te sientas en el consultorio y puedes nombrar a cada uno de los hijos que salen en los portarretratos. 

Update: Una tía mía lee esto último y me escribe al celular: "Cuando puedas nombrar a todos los nietos que salen en los portarretratos de un consultorio médico avísame. Eso significa que ya estás listo para considerar la poligamia".

Lo bueno es que la ampolla de la mano sana satisfactoriamente. Gracias Neosporen. Hoy no me duele nada lo cual me sorprende aunque estoy a la expectativa como un hipocondriaco en época de dengue. Mentira, no hay nada más rico que sentirse sano y ojalá el cuerpo viniera con un tablero tipo carro para avisarte de lo que te tienes que ocupar. En mi caso, por lo visto, es no volverme a ocupar de las hojas de un jardín, lo cual me viene como anillo al dedo porque ya las hojas regresaron y qué flojera volverlas a recoger. ¿Quién sabía que los arboles botaban tanta hoja?

No comments:

También te puede interesar:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...