Friday, August 25, 2017

No hay lugar como el hogar


Leo con alegría que encontraron a dos chamos que se habían perdido en el Ávila. Pasaron seis días solos sin que se supiera sobre su paradero y ver el helicóptero que día tras día sobrevoló la montaña en su búsqueda suponía una angustia para todos. Gracias a Dios ya están sanos y salvos en casa y me imagino que alistándose para echar el cuento mil veces a toda fiesta que vayan de cómo llegaron a perderse de esa manera. 

Perderse es algo que todos queremos hacer en un momento. Sea alejarse de la rutina, de una pareja o del trabajo, casi siempre pensamos en escapar, así sea por un día, sin que nadie sepa dónde estamos. Todos somos los primeros quince minutos del Mago de Oz, siempre deseando ir más allá del arcoíris y encontrar algo que nos vuelva a reconciliar con la vida o de repente nos deje dormir esa siesta de siete horas que tanto anhelamos. 

Para muchos, eso es un wishful thinking. Yo culpo a Internet. Anclados como estamos todos al “última vez visto” en el WhatsApp, perderse es más difícil de lo que uno piensa. Tú montas una foto en Instagram en Luxemburgo, y el amigo venezolano que vive allá (de repente uno te tiene amigos exóticos pues), te escribe: “¿Por qué no me has llamaooooo?” Y no busques “interiores Calvin Klein” en Google si no quieres que tus Facebook ads sean una plétora de bolas cubiertas que no son las tuyas. 

Lo que sucede es que lo que uno llama perderse es alejarse por un tiempo. Perderse es no encontrar el regreso a casa mientras que lo que uno quiere lograr con el escape es una versión buena del libro Comer, Rezar, Amar. Me leí hace un tiempo la historia de un hombre que estacionó su carro en un bosque en Maine en los Estados Unidos y comenzó a caminar y caminar hasta no encontrar un camino. Y así vivió por 27 años, completamente alejado de la sociedad. Un ermitaño que encontraba cachivaches olvidados y con ellos se hacía un campamento. Cuando tenía hambre, encontraba comida entrando a casas de veraneo vacías. Como la gente comenzó a reportar los robos, la policía se dio a la tarea de encontrarlo. Pero había otros que entendían al hombre y de hecho le dejaban comida afuera por si acaso pasaba por sus casas. El hombre luego contó que no lo hizo por un retiro espiritual ni por una promesa. Simplemente quería estar solo. Como Forrest Gump pero sin la flojera de tener que salir a correr. 

Alejandro mi hermano se perdió una vez a los nueve años en una montaña cuando estaba en el campamento de verano. Al saberse perdido, se consiguió unos turistas mexicanos en el camino quienes lo llevaron a un hotel donde llamó al campamento para que lo vinieran a buscar y le logró sacar al concierge una cena gratis mientras esperaba. Cuando echa este cuento, siempre le pregunto: “¿Pero no sentiste miedo?” y me responde: “¿Miedo? I got a free cheeseburger! ¿Tú sabes lo que es comer comida de campamento y que de repente te comas algo decente?” Lo que yo llamo supervivencia a lo Beverly Hills. 

Creo que yo tendría un absoluto miedo de confirmar que ando perdido. No me gusta estar solo. Excepto cuando estoy en el baño, pues. La soledad y el silencio me aturden así que Dios me libre que alguna vez me pierda en una montaña porque juro que me consigo al primer Bambi que encuentre y le enseño a hablar para que me eche un cuento. Seguro me casaría con los rescatistas en agradecimiento. 

Por eso celebro el rescate de estos chamos en el Cerro Ávila. Todos merecemos ser encontrados cuando nos perdemos. Porque como dijo Dorothy Gale al juntar los talones de sus zapatillas de rubí: “No hay lugar como el hogar”. Y yo de esto sé porque me llamo Toto. Aunque me parezcan cursi las zapatillas de rubí. Lo mío es más que si zafiros.-

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